La piel que habito

Antes de volver

Vera

El final de mi proyecto llega antes de lo que quiero. Durante la última semana, todo parece ocurrir demasiado deprisa: reuniones, documentos, revisiones y despedidas que se acumulan mientras intento cerrar cada asunto antes de regresar a Estocolmo. Mi agenda vuelve a llenarse de cosas que tengo que resolver y, cuanto más se acerca el momento de hacer las maletas, más difícil me resulta ignorar lo que significa volver.

Voy a dejar Tokio. Voy a dejar este lugar y, aunque sé que no estoy dejando atrás todo lo que he vivido aquí, hay una parte de mí que siente que también voy a dejar a Alessandro. Seguiremos hablando, eso lo sabemos y lo hemos dicho más de una vez, pero hay una diferencia enorme entre hablar con alguien que está a unas calles de distancia y hacerlo cuando se encuentra al otro lado del mundo. Durante estas semanas he podido verlo, caminar con él, compartir comidas, silencios y conversaciones que terminaban mucho después de lo previsto. Ahora todo eso tendrá que cambiar, y todavía no sé cómo voy a sentirme cuando ya no pueda simplemente escribirle y quedar con él unas horas después.

La última noche antes de terminar oficialmente mi trabajo, Alessandro viene a buscarme.

—¿Has terminado?

—Por hoy.

—Entonces ven.

—¿Adónde?

—No preguntes.

Lo sigo.

Caminamos durante un rato hasta llegar a un lugar desde donde podemos ver la ciudad iluminada.

Me apoyo en la barandilla.

—Voy a echar esto de menos.

—¿Tokio?

—También.

Me mira.

—¿También?

Sonrío.

—No seas arrogante.

—No estoy siendo arrogante.

—Lo estás pensando.

Se ríe.

Después se queda en silencio.

—¿Cuándo vuelves?

—En dos días.

Asiente sin decir nada más. Lo miro durante unos segundos y no puedo evitar acercarme un poco más a él. Hay algo en su expresión que me resulta demasiado familiar, como si estuviera intentando esconder lo mismo que yo siento.

—No tienes que poner esa cara.

—¿Qué cara?

—Como si estuvieras intentando memorizarme.

—Quizá lo estoy haciendo.

La frase me atraviesa.

—Alessandro...

—¿Qué?

—No sé qué va a pasar cuando vuelva.

—Yo tampoco.

—Y me da miedo.

Me mira con atención.

—A mí también.

No esperaba que lo admitiera tan fácilmente.

—Entonces estamos igual.

—Sí.

Me toma de la mano mientras dice:

—Pero no quiero que el miedo decida por nosotros.

Lo miro.

—¿Y qué quieres?

—Quiero seguir conociéndote.

—¿Aunque estés en Tokio y yo en Estocolmo?

—Sí.

—¿Aunque tu proyecto te lleve a Italia?

—Sí.

—¿Aunque mi vida sea complicada?

—Vera.

—¿Qué?

—No necesito que sea fácil.

Bajo la mirada.

—Eso dices ahora.

—Lo diré también después.

No sé si realmente puede cumplir esa promesa, pero quiero creerle. Esa noche nos despedimos sin hacer grandes declaraciones ni intentar ponerle un nombre a todo lo que estamos sintiendo; simplemente nos abrazamos durante más tiempo de lo habitual, como si ninguno quisiera ser el primero en separarse. Cuando finalmente vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y me quedo unos segundos apoyada contra ella, pensando en todo lo que ha ocurrido durante estas semanas. Sé que algo está empezando entre nosotros y, precisamente por eso, tengo miedo de perderlo.




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