Vera
Regresar a Estocolmo resulta extraño. Reconozco las calles, el estudio, mi habitación, los libros que dejé sobre la mesa e incluso el sonido de mi propia rutina; todo está exactamente donde lo dejé y, sin embargo, yo no soy exactamente la misma. Tokio sigue apareciendo en pequeños detalles: en una canción que escucho por casualidad, en una fotografía que encuentro entre las que tomé durante el viaje, en el olor del café y, sobre todo, en el teléfono. Alessandro y yo seguimos hablando. A veces durante horas, como si la distancia no existiera, y otras apenas intercambiamos unos cuantos mensajes porque ambos estamos ocupados y nuestras obligaciones nos arrastran en direcciones diferentes. Pero él sigue ahí, formando parte de mis días de una manera que todavía me sorprende.
Una noche me llama mientras estoy sentada en el sofá.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Eso significa que estás leyendo.
—Quizá.
—¿Qué libro?
Se lo enseño por videollamada.
—No lo conozco.
—Normal. No lees suficientes libros.
—No empieces.
Me río.
Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa.
Después él pregunta:
—¿Te arrepientes?
—¿De qué?
—De haber vuelto.
La pregunta me sorprende.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Bien.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Te arrepientes de que me haya ido?
Guarda silencio.
—Sí.
Sonrío.
—Gracias por ser tan dramático.
—No estoy siendo dramático.
—Un poco.
—Mucho.
Nos reímos, pero después de colgar me quedo unos segundos mirando la pantalla. Lo echo de menos, más de lo que quiero admitir y, quizá, más de lo que debería después de haber pasado tan poco tiempo juntos. Intento convencerme de que es normal, de que solo echo de menos Tokio, nuestras conversaciones y esa sensación de tener a alguien cerca después de unas semanas tan intensas, pero sé que no es solo eso.
Los días pasan y vuelvo a sumergirme en mi trabajo. Estocolmo vuelve a llenarse de reuniones, planos y proyectos, mientras intento recuperar el ritmo que tenía antes de viajar. Clara aparece varias veces para arrastrarme a comer, a caminar o simplemente a recordarme que existe una vida fuera del estudio. Una tarde me propone acompañarla a un viaje corto relacionado con un trabajo que tiene que revisar. No me apetece demasiado al principio, pero termino aceptando. Necesito despejarme, cambiar de escenario durante unos días y dejar que mi cabeza descanse un poco.
El viaje es sencillo. Durante parte del día cada una se ocupa de sus obligaciones y, cuando terminamos, aprovechamos para conocer la ciudad, caminar sin rumbo y descubrir algunos lugares que no aparecen en las guías. Una de esas tardes, mientras estamos recorriendo una zona bastante concurrida, nos encontramos con alguien que conozco desde hace años: el hermano de Clara. Lo conozco prácticamente desde que éramos adolescentes. Hemos compartido vacaciones, celebraciones familiares, reuniones interminables y demasiadas historias como para poder contarlas todas. Entre nosotros siempre ha existido una confianza especial, de esas que nacen con los años y que hacen que no sea necesario medir cada gesto ni cada palabra.
Cuando me ve, abre los brazos y viene directamente hacia mí.
—No puedo creer que seas tú.
Me río mientras él me abraza con fuerza.
—Yo tampoco. ¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
Clara nos mira y niega con la cabeza, divertida.
—Perfecto. Ya sois vosotros dos otra vez. Ahora sí que no voy a conseguir que me hagáis caso.
Me río y vuelvo a mirar a su hermano. Hacía mucho que no lo veía, pero la sensación es exactamente la misma que antes, como si no hubiera pasado el tiempo.
—No puedo creer que seas tú.
—Sigues abrazando demasiado.
—Y tú sigues quejándote demasiado.
Clara se ríe y terminamos los tres caminando juntos. Durante el resto de la tarde hablamos, recordamos historias antiguas y nos reímos de cosas que solo nosotros entendemos. Con él todo resulta tan natural como siempre; hay una confianza construida durante años, una de esas relaciones en las que puedes empujarle el hombro, abrazarlo al saludar o burlarte de cualquier cosa sin pensar en cómo puede interpretarlo alguien que no conoce vuestra historia.
No pienso en Alessandro. No porque no me importe, sino precisamente porque estoy tranquila. Sé que está en mi vida, aunque esté lejos y, después de las últimas semanas, ya no siento la necesidad de tenerlo constantemente presente para saber lo que significa para mí. Estoy disfrutando del momento, de la compañía de Clara y de reencontrarme con alguien que forma parte de una etapa muy antigua de mi vida.