Alessandro
No debería haber ido.
Eso es lo primero que pienso cuando la veo. Mi viaje está relacionado únicamente con el proyecto: una reunión que se ha retrasado, una visita a un estudio y un par de días de trabajo antes de regresar. Nada de esto tiene que ver con Vera. No he venido a buscarla ni sabía siquiera que estaba en la ciudad. Hasta que la encuentro. O quizá sería más correcto decir que ella me encuentra a mí sin saberlo.
Estoy saliendo de una reunión cuando la veo al otro lado de la calle. Vera. Me quedo quieto y, durante un instante, todo lo demás deja de importar. Pienso en acercarme, en llamarla por su nombre y sorprenderla, en ver esa sonrisa que tantas veces he buscado en la pantalla de mi teléfono. Incluso doy medio paso en su dirección, pero entonces aparece él.
Es un hombre.
Se acerca a Vera con una familiaridad que me desconcierta. Ella sonríe de una manera que conozco demasiado bien y, cuando él la abraza, ella le devuelve el gesto sin la menor duda. Clara está allí también, pero apenas reparo en ella. Mi atención se queda atrapada en ellos dos. Intento entender quién es, qué significa esa cercanía y por qué nunca he oído hablar de él.
Quizá no debería importarme. Pero me importa. Mucho más de lo que quiero admitir.
Los observo durante unos segundos más, diciéndome que probablemente existe una explicación sencilla para todo aquello. Entonces él dice algo que no alcanzo a escuchar y Vera se ríe. Después le coloca una mano sobre el hombro con una naturalidad que me hace sentir un nudo en el estómago. Ella no se aparta. Al contrario, continúa hablando con él como si estuviera completamente cómoda a su lado.
Siento algo hundirse dentro de mí.
No tengo derecho a sentirme así. Vera y yo nunca hemos hablado de una relación, nunca hemos establecido qué somos ni qué esperamos el uno del otro. Estamos separados por miles de kilómetros y cada uno tiene su propia vida. No puedo exigirle explicaciones, ni mucho menos comportarme como si tuviera algún derecho sobre ella.
Y, aun así, me duele.
Me duele de una manera que no esperaba, precisamente porque empiezo a comprender cuánto me importa. Durante semanas me he acostumbrado a tenerla presente en mis días, a esperar sus mensajes, a escuchar su voz antes de dormir y a imaginar cuándo volveremos a vernos. Pensaba que la distancia era lo más difícil. Ahora descubro que quizá lo más difícil es no saber qué lugar ocupo en su vida.
Saco el teléfono.
Podría escribirle. Podría acercarme y preguntarle directamente quién es ese hombre. Podría confiar en ella y darle la oportunidad de explicármelo antes de sacar conclusiones.
Pero no lo hago.
Abro nuestra conversación y escribo:
Estoy aquí.
Me quedo mirando esas dos palabras durante unos segundos.
Después las borro.
No quiero preguntarle quién es. No quiero escuchar una respuesta que pueda hacerme daño y, sobre todo, no quiero descubrir que he sido yo quien ha imaginado algo que nunca existió. Quizá ese hombre sea alguien importante para ella. Quizá lo que estoy viendo sea exactamente lo que parece.
Guardo el teléfono en el bolsillo y me alejo antes de que pueda verme.
Durante el resto del día intento concentrarme en el trabajo, pero las imágenes vuelven una y otra vez. La sonrisa de Vera. El abrazo. La mano de él sobre su hombro. Intento convencerme de que no significa nada, pero cuanto más lo pienso, más difícil resulta.
Esa noche, cuando estoy de vuelta en el hotel, el teléfono vibra.
Es ella.
Vera: ¿Cómo ha ido tu día?
Me quedo mirando el mensaje durante un largo rato. Podría responder como siempre. Podría preguntarle cómo está, contarle algo de mi reunión y seguir fingiendo que no ha pasado nada.
Pero algo dentro de mí se ha cerrado.
Escribo una respuesta.
La borro.
Vuelvo a escribir y finalmente envío algo mucho más breve de lo habitual.
Alessandro: Bien. Mucho trabajo.
La respuesta llega casi inmediatamente.
Vera: ¿Todo bien?
Miro la pantalla sin saber qué decirle.
Así que escribo:
Alessandro: Sí. Estoy cansado. Hablamos mañana.
Dejo el teléfono sobre la mesa.
Y, por primera vez desde que Vera volvió a Estocolmo, soy yo quien decide poner distancia entre los dos.
Vera: Vale, descansa.
Alessandro: Lo haré.
Dejo el teléfono sobre la mesa y me quedo mirando la pantalla apagada. Sé que estoy siendo injusto. Lo sé porque Vera no ha hecho nada para que desconfíe de ella y, aun así, no consigo sacar de mi cabeza la imagen que vi aquella tarde. Durante los días siguientes empiezo a apartarme poco a poco. No desaparezco, porque hacerlo sería demasiado evidente y probablemente terminaría obligándome a explicar algo que ni siquiera sé cómo explicar. Simplemente dejo de buscarla. Dejo de llamarla, dejo de iniciar nuestras conversaciones y, cuando ella me escribe, respondo con mensajes cada vez más breves, como si mantener cierta distancia pudiera ayudarme a ordenar lo que estoy sintiendo.