La piel que habito

Lo que ha cambiado

Vera

Al principio intento convencerme de que no pasa nada. Alessandro tiene mucho trabajo, su proyecto está entrando en una etapa importante y yo también he vuelto a una rutina que apenas me deja tiempo para respirar. Es lógico que nuestras conversaciones ya no sean tan largas como cuando estábamos en Tokio, cuando podíamos vernos casi todos los días y cualquier excusa servía para terminar juntos durante horas. Me repito eso cada vez que miro el teléfono y descubro que han pasado varias horas sin recibir un mensaje suyo, pero hay algo dentro de mí que no termina de creerlo. No es solamente que escriba menos. Es la forma en la que lo hace. Antes sus mensajes llegaban sin que tuviera que buscarlos, aparecían por la mañana, durante una pausa de trabajo o por la noche, cuando alguno de los dos encontraba una excusa para prolongar la conversación. Ahora tengo la sensación de que cada respuesta llega porque yo he iniciado el contacto.

Y eso empieza a dolerme más de lo que quiero admitir.

Estoy en el estudio revisando unos documentos cuando vuelvo a mirar el teléfono. No hay nada. Lo dejo a un lado y trato de concentrarme, pero unos minutos después vuelvo a cogerlo. Sé que estoy esperando algo que quizá no debería esperar. No tenemos una relación definida, no hemos prometido nada y él nunca me ha dicho que tenga que estar disponible para mí a todas horas. Lo sé. Soy perfectamente consciente de ello. Pero también sé lo que había entre nosotros antes de que regresara a Estocolmo. Sé cómo me miraba, cómo buscaba mi mano cuando caminábamos, cómo podía pasar una noche entera hablando conmigo sin que pareciera cansarse. Sé lo que me dijo cuando tuve miedo y, sobre todo, recuerdo aquella palabra que todavía permanece en algún lugar de mi cabeza.

Quédate.

Quizá por eso ahora me cuesta tanto entender por qué siento que es él quien se está marchando.

Esa noche finalmente recibo un mensaje.

Alessandro: ¿Cómo ha ido el día?

Lo miro durante unos segundos antes de responder.

Vera: Bien. Mucho trabajo. ¿Y tú?

Tarda casi veinte minutos.

Alessandro: También.

Nada más.

Me quedo mirando la pantalla.

Antes habría hecho una broma. Habría buscado cualquier cosa para mantener la conversación. Esta vez no sé qué decir. Escribo varias respuestas y las borro antes de decidirme por algo sencillo.

Vera: Me alegro.

No responde.

Dejo el teléfono sobre la mesa y me levanto.

Intento convencerme de que no debería importarme tanto, pero la verdad es que sí me importa. Me importa porque he empezado a quererlo y porque, aunque todavía me cuesta decirlo en voz alta, he dejado entrar a Alessandro en una parte de mi vida que durante mucho tiempo mantuve cerrada. No puedo fingir que es una persona más.

Al día siguiente decido llamarlo. Me quedo unos segundos mirando su nombre en la pantalla antes de pulsar el botón de llamada, preguntándome si quizá estoy exagerando y si debería simplemente dejar que las cosas sigan su curso. Pero necesito saber qué está pasando. El teléfono suena varias veces y finalmente deja de sonar sin que responda.

Espero un rato antes de volver a intentarlo. Esta vez contesta después de unos segundos.

—Hola.

Su voz suena igual que siempre, pero algo en mí percibe la distancia.

—Hola.

—¿Todo bien?

—Sí. Quería saber cómo estabas.

—Bien.

Hay un silencio incómodo.

—Alessandro...

—¿Sí?

—¿Pasa algo?

Tarda unos segundos en responder.

—No.

—¿Seguro?

—Estoy trabajando demasiado, eso es todo.

Cierro los ojos.

—Vale.

—Vera.

—¿Qué?

—No quiero que pienses cosas que no son.

—Entonces ayúdame a entender qué son.

Silencio.

Durante unos segundos parece que va a decir algo, pero finalmente responde:

—Solo estoy cansado.

No sé si creerle.

Y quizá lo peor es que tampoco sé si quiero insistir.

—Está bien —digo finalmente—. Descansa.

—Tú también.

Colgamos y me quedo unos segundos mirando el teléfono, sin saber exactamente qué acaba de pasar. No sé qué está ocurriendo ni en qué momento algo entre nosotros ha cambiado de esta manera, pero lo siento con demasiada claridad como para ignorarlo. Durante los días siguientes intento darle espacio. No quiero convertirme en alguien que exige explicaciones antes de tiempo ni hacerle sentir que tiene que hablar conmigo si todavía no está preparado. Así que me concentro en mi trabajo, salgo con Clara e intento recuperar algunas de las rutinas que tenía antes de viajar a Tokio, aunque cada vez que aparece el nombre de Alessandro en mi pantalla siento esa mezcla extraña de alivio y miedo que no consigo explicar.




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