La piel que habito

La distancia

Alessandro

Sé que estoy haciendo las cosas mal. Lo sé cada vez que veo su nombre aparecer en mi teléfono y decido esperar antes de responder, como si retrasar unos minutos una conversación pudiera hacer más fácil lo que estoy evitando. Lo sé cuándo escucho su voz y tengo que fingir que todo está bien, cuando me pregunta cómo estoy y respondo con cualquier excusa para no tener que explicar lo que realmente pasa. Y lo sé especialmente cuando termina una llamada y me quedo mirando la pantalla, preguntándome por qué no he tenido el valor de decirle lo que vi, lo que pensé y lo que sentí.

Pero todavía no puedo hacerlo. No porque no quiera hablar con ella, sino porque todavía no sé cómo enfrentar lo que sentí aquella tarde. Una parte de mí sigue intentando convencerse de que no tengo derecho a estar celoso, mientras otra teme que, si pregunto y descubro que ese hombre significa para Vera algo más de lo que quiero imaginar, no voy a saber cómo manejar la respuesta.

Desde aquel día no consigo quitarme de la cabeza la imagen de Vera con aquel hombre. Intento encontrar explicaciones. Intento decirme que probablemente existe una razón. Que quizá son amigos, compañeros de trabajo o simplemente personas que se conocen. Pero cada vez que intento convencerme de ello vuelvo a recordar la forma en la que él la abrazó y cómo ella sonrió al verlo.

No debería sentir celos. Vera y yo ni siquiera hemos hablado de qué somos y, en teoría, ese pensamiento debería tranquilizarme. No lo hace. Porque lo que siento por ella ya no depende de una definición ni de una conversación pendiente sobre nuestra relación. La quiero, y quizá precisamente por eso tengo miedo. Miedo de haber llegado tarde, de haber entendido demasiado tarde lo importante que se ha vuelto para mí y de descubrir que, mientras yo intentaba averiguar qué lugar ocupaba en su vida, alguien más ya tenía ese lugar.

Una tarde estoy trabajando cuando recibo uno de sus mensajes.

Vera: ¿Podemos hablar?

Me quedo mirando la pantalla. Podría llamarla. Podría decirle que sí y explicarle todo de una vez. Podría preguntarle quién era aquel hombre y dejar de imaginar respuestas que quizá ni siquiera se acercan a la realidad. Pero no lo hago.

Alessandro: Hoy estoy complicado.

Veo aparecer los tres puntos.

Vera: Mañana entonces.

Tardo unos segundos antes de responder.

Alessandro: Ya veremos.

En cuanto envío el mensaje me arrepiento. Sé que la estoy lastimando y, aun así, no encuentro la manera de detenerme. No quiero preguntarle quién era aquel hombre porque, si la respuesta confirma lo que temo, tendré que aceptar que quizá llegué demasiado tarde. Y si no lo confirma, tendré que reconocer que desconfié de ella sin ninguna razón y que fui yo quien convirtió una escena que no entendía en una historia que solo existía en mi cabeza.

Las dos posibilidades me asustan.

Esa noche mi padre me llama. Hablamos unos minutos sobre el proyecto, sobre el trabajo y sobre un viaje que tendrá que hacer próximamente, hasta que, como siempre, consigue notar que hay algo que estoy intentando esconder.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Otra vez esa respuesta.

Sonrío.

—Estoy trabajando.

—Eso tampoco es una respuesta.

Me quedo en silencio. No hace falta que diga nada más porque mi padre ya conoce ese silencio.

—¿Es ella?

Levanto la mirada.

—¿Quién?

—La mujer de la que me hablaste.

No respondo.

Mi padre suspira al otro lado del teléfono.

—Si te importa, habla con ella.

—No es tan sencillo.

—Siempre dices eso cuando tienes miedo.

La frase se queda conmigo mucho después de terminar la llamada. Me quedo sentado frente al escritorio, mirando los planos que tengo delante sin conseguir concentrarme en ninguno. Quizá tiene razón. Quizá estoy haciendo exactamente lo que prometí no hacer.

Cuando Vera me dijo que tenía miedo, yo le dije que no iba a decidir por ella qué podía soportar. Le dije que no necesitaba tener una solución para quedarme a su lado y que, si algo me asustaba, hablaría con ella. Ahora estoy haciendo todo lo contrario. Estoy tomando distancia porque tengo miedo de escuchar una respuesta que todavía ni siquiera he tenido el valor de preguntar.

Pero al día siguiente, cuando llega un nuevo mensaje suyo, sigo sin encontrar el valor.

Vera: ¿Puedo verte?

Esta vez no respondo inmediatamente. Miro el mensaje durante mucho tiempo, con el pulgar detenido sobre la pantalla. Sé que probablemente solo quiere entender qué me ocurre. Sé que debería darle la oportunidad de hacerlo. Incluso pienso en llamarla, pero el miedo vuelve a ganar.

Finalmente escribo:

Alessandro: Esta semana es complicada.




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