La piel que habito

Lo que vi

Vera

Después de varios días intentando entenderlo, dejo de esperar que Alessandro sea quien dé el primer paso.

Si quiere alejarse, al menos necesito saber por qué.

Así que, una tarde, después de terminar antes de lo previsto en el estudio, decido ir a buscarlo. Sé dónde trabaja porque me ha hablado muchas veces de su proyecto y porque en Tokio llegué a acompañarlo alguna vez. No le aviso. No quiero que tenga tiempo de preparar una respuesta ni quiero convertir aquello en una conversación más a través del teléfono. Quiero verlo. Quiero preguntarle directamente qué está pasando.

Cuando llego al edificio, me quedo unos segundos frente a la entrada. De repente siento que quizá no debería estar allí. Me pregunto si estoy cometiendo un error, si estoy siendo demasiado insistente, si quizá él necesita espacio. Pero después recuerdo los últimos días y la sensación de estar perdiéndolo sin siquiera saber por qué.

Entro.

La recepción está tranquila cuando llego al estudio. Pregunto por Alessandro y me indican que está en una de las salas de reuniones. Les doy las gracias y comienzo a caminar hacia allí con el corazón acelerado. Durante todo el trayecto intento pensar en lo que voy a decirle, en cómo preguntarle qué está pasando sin que parezca un reproche, pero cuanto más me acerco, menos palabras encuentro. Solo sé que necesito hablar con él y entender por qué, de repente, parece haber levantado una pared entre nosotros.

Estoy a pocos metros de la puerta cuando escucho una voz femenina al otro lado del cristal.

Me detengo.

No debería mirar. Lo sé. Si he venido hasta aquí es para hablar con Alessandro, no para sacar conclusiones desde fuera de una habitación. Pero antes de que pueda convencerme de seguir caminando, mis ojos buscan el interior de la sala.

Y lo veo.

Alessandro está de pie junto a una mesa, hablando con una mujer. Ella sostiene una carpeta y parece explicarle algo mientras señala unos documentos. Él se inclina para observarlos con atención y, cuando ella se acerca para mostrarle una página, sus hombros casi llegan a tocarse. Entonces ella dice algo que no alcanzo a escuchar, sonríe y le coloca una mano en el brazo.

Alessandro también sonríe.

Me quedo quieta.

No sé quién es esa mujer. No sé qué relación tienen ni qué significa exactamente lo que estoy viendo. Podría haber una explicación completamente inocente y, en cualquier otra circunstancia, probablemente me habría quedado allí unos segundos más antes de entrar y preguntar. Pero después de los últimos días, después de sus mensajes cada vez más cortos, de las llamadas que han desaparecido y de todas las veces que he intentado acercarme sin conseguirlo, mi cabeza completa las piezas por su cuenta.

La distancia.

Los mensajes breves.

Las excusas.

El cansancio.

Todo parece encajar de repente.

Siento un nudo en el pecho.

Me repito que no debería sacar conclusiones. Podría entrar. Podría esperar a que termine la conversación y preguntarle quién es. Podría hacer exactamente lo que llevo días diciéndome que necesito hacer: hablar con él.

Pero no lo hago.

Porque hay algo que me duele todavía más que imaginar que Alessandro puede estar con otra persona. Me duele pensar que quizá yo era la única que estaba creyendo que lo nuestro podía convertirse en algo más. Que mientras yo intentaba entender por qué se alejaba, él quizá ya había decidido seguir adelante.

Doy un paso atrás.

Después otro.

Me alejo antes de que pueda verme.

Cuando salgo del edificio, el aire frío me golpea la cara y me obliga a respirar profundamente. Camino sin saber exactamente dónde voy, intentando contener las lágrimas que empiezan a acumularse en mis ojos. No quiero llorar allí, en medio de la calle, ni permitir que una escena que ni siquiera comprendo termine rompiéndome de esa manera.

Encuentro un banco y me siento.

Saco el teléfono casi por impulso. Su conversación sigue abierta. Su nombre aparece en la pantalla y, durante unos segundos, mi dedo se queda suspendido sobre el teclado. Podría escribirle. Podría preguntarle directamente quién era ella. Podría darle la oportunidad de explicármelo.

Pero no lo hago.

Bloqueo la pantalla.

No quiero saberlo.

O quizá sí quiero saberlo, pero no quiero escuchar de su boca que esa mujer es importante.

Durante el camino de regreso intento convencerme de que no tengo derecho a sentirme así. Alessandro nunca me prometió nada. Nunca me dijo que quería una relación ni me pidió que esperara por él. Fuimos dos personas que se encontraron en Tokio y que, durante un tiempo, descubrieron que podían hacer que el otro se sintiera bien. Nos dejamos entrar en nuestras vidas, nos besamos, hablamos durante horas y nos prometimos estar presentes a pesar de la distancia, pero quizá eso era todo.

Quizá fui yo quien empezó a imaginar un futuro que él nunca había imaginado conmigo.




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