Vera
Cuando veo a Alessandro esperándome frente al estudio, lo primero que siento es una mezcla de alivio y enfado. Durante días he imaginado cientos de conversaciones posibles, he pensado en todas las cosas que podría decirle y en todas las respuestas que quizá tendría que escuchar, pero ninguna empieza con él apareciendo frente a mí sin avisar. Me detengo a unos metros y lo observo. Parece nervioso, algo que no estoy acostumbrada a ver en él.
—Tenemos que hablar —dice finalmente.
Lo miro durante unos segundos antes de asentir.
—Sí.
Caminamos hasta un lugar tranquilo, lejos del movimiento de la calle. Ninguno habla inmediatamente. Hay demasiadas cosas que decir y, al mismo tiempo, parece que ninguna encuentra el momento adecuado para salir. Finalmente Alessandro se detiene frente a mí y respira profundamente.
—Lo siento.
Bajo la mirada.
—¿Por qué?
—Por haberme alejado. Por cómo te he tratado estos últimos días. Sé que no ha estado bien.
Lo observo.
—¿Por qué te alejaste?
Duda unos segundos antes de responder.
—Porque te vi con un hombre.
Frunzo el ceño.
—¿Con quién?
—Con él. El hombre que estaba contigo cuando fui a la ciudad.
Tardo unos segundos en entender de quién habla. Después casi me río, aunque no tiene ninguna gracia.
—Era el hermano de Clara.
Alessandro cierra los ojos.
—Lo sé.
—¿Ahora?
—Sí.
Lo miro con incredulidad.
—¿Y por eso dejaste de hablarme?
—Sí.
—¿Durante todos estos días?
Asiente.
—Podrías haberme preguntado.
—Lo sé.
—Podrías haber confiado en mí.
—Lo sé.
La frustración que he estado conteniendo durante días vuelve de golpe. Siento que los ojos empiezan a llenárseme de lágrimas.
—¿Sabes lo que pensé cuando empezaste a alejarte?
Niega con la cabeza.
—Pensé que habías conocido a alguien.
Su expresión cambia inmediatamente.
—Vera...
—Y después fui a buscarte.
Se queda completamente quieto.
—Lo sé.
—Ah, ¿sí?
Asiente.
—Coincidí con Clara y me lo contó todo. Me explicó quién era el hombre que estaba contigo y entonces entendí que había cometido un error.
Me quedo mirándolo.
—Pero tú también estabas con una mujer.
—Sí. Era Laura, una arquitecta del equipo. Llevamos meses trabajando juntos y aquel día estábamos revisando unos cambios del proyecto. Nada más.
Bajo la mirada.
—Lo entiendo. Pero en ese momento no lo sabía y lo malinterpreté.
Nos quedamos en silencio.
Durante unos segundos ninguno puede evitar una pequeña sonrisa. No porque lo ocurrido tenga gracia, sino porque resulta absurdo que hayamos conseguido hacernos daño exactamente de la misma manera. Los dos vimos al otro con alguien más, ninguno preguntó y ambos decidimos alejarnos antes de arriesgarnos a escuchar una respuesta que podía dolernos.
—Los dos somos idiotas —digo finalmente.
Él suelta una risa suave.
—Sí. Bastante.
Me limpio una lágrima que termina escapándose.
—Pero no quiero volver a pasar por esto.
Su sonrisa desaparece.
—Yo tampoco.
—Si algo te molesta, me lo preguntas.
—Sí.
—Si tienes miedo, me lo dices.
—Sí.
—Y si crees que estoy con alguien...
—Te preguntaré.
Lo miro fijamente.
—Bien.
Se acerca un poco más.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Harás lo mismo?
Asiento.
—Sí.
Durante unos segundos simplemente nos miramos. Después él toma mi mano con cuidado, como si todavía necesitara comprobar que no voy a apartarme.
—Porque no quiero volver a alejarme de ti.
La frase me rompe algo por dentro.
—Yo tampoco quiero que te alejes.
Aprieta ligeramente mis dedos.