Vera
Las semanas siguientes no son perfectas, y me alegra que no lo sean. Porque por primera vez no siento que una relación tenga que ser perfecta para ser verdadera. Alessandro acepta finalmente el proyecto en Italia, aunque mantiene parte de su trabajo en Tokio, mientras yo continúo con mis proyectos desde Estocolmo y empiezo a organizar mis próximos viajes profesionales. La distancia sigue existiendo y algunos días pesa más de lo que nos gustaría, especialmente cuando terminamos una jornada agotadora y lo único que queremos es tener al otro cerca. Pero ahora sabemos hablar. Cuando alguno está cansado, lo dice; cuando necesitamos espacio, lo pedimos; cuando echamos de menos al otro, dejamos de fingir que no nos importa. Y cuando tenemos miedo, no desaparecemos.
Una noche estamos hablando por teléfono. Yo estoy sentada junto a la ventana de mi habitación, con una taza entre las manos, mientras él aparece en la pantalla desde el apartamento que tiene temporalmente en Italia. Llevamos un rato hablando de nuestros días, de trabajo y de cosas que probablemente olvidaríamos al día siguiente, pero que en ese momento parecen importantes simplemente porque podemos compartirlas. Lo observo durante unos segundos antes de preguntarle:
—¿Cuándo vuelves a Tokio?
—En unas semanas.
—¿Unas semanas?
—Sí.
Sonrío.
—Eso suena bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
—Mejor.
Me río.
Después guardamos silencio.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Estás pensando.
—Sí.
—Eso me preocupa.
—Estoy pensando en todo lo que ha pasado.
Su expresión se suaviza.
—¿Te arrepientes?
Niego con la cabeza.
—No.
—Yo tampoco.
Miro por la ventana.
Durante mucho tiempo pensé que para empezar una vida nueva tenía que dejar atrás todo lo que me había hecho daño. Ahora entiendo que no funciona así. Mi enfermedad sigue conmigo. Hay días en los que mi piel me recuerda que existen límites que no puedo ignorar y momentos en los que el miedo vuelve. Todavía tengo resultados que controlar, tratamientos que seguir y días en los que necesito parar. Pero eso ya no significa que mi vida tenga que detenerse.
Tampoco significa que tenga que esconder esa parte de mí para que alguien pueda quererme.
Alessandro lo sabe.
Y se queda.
—¿En qué piensas? —vuelve a preguntar.
Sonrío.
—En que hace unos meses no sabía que ibas a aparecer en mi vida.
—Yo tampoco.
—Y ahora estás en ella.
—Espero quedarme.
Lo miro.
—Eso ya me lo dijiste una vez.
—Y sigo cumpliéndolo.
Sonrío.
—Aunque estés en Italia.
—Aunque estés en Estocolmo.
—Aunque tengamos que viajar.
—Aunque discutamos.
—Aunque seas insoportable.
—Eso es inevitable.
Me río.
Después de colgar, me quedo unos minutos mirando la pantalla apagada.
No sé exactamente qué aspecto tendrá nuestro futuro. Quizá habrá momentos difíciles. Quizá habrá días en los que la distancia pese. Quizá nuestros trabajos nos obliguen a estar separados más tiempo del que queremos. Quizá mi salud vuelva a asustarme.
Pero ahora sé algo que antes no sabía.
No necesito tener todas las respuestas para seguir adelante.
Al día siguiente recibo un mensaje suyo.
Alessandro: Tengo una sorpresa.
Sonrío al leerlo.
Vera: No me gustan tus sorpresas.
Alessandro: Mentira.
Vera: ¿Qué has hecho?
Alessandro: Mira por la ventana.
Me levanto del sofá y camino hasta la ventana sin entender qué pretende. Aparto ligeramente la cortina y, durante unos segundos, no veo nada fuera de lo normal. Entonces lo encuentro.
Está allí.
Frente a mi edificio.
Alessandro.
Tiene una pequeña maleta en una mano y esa sonrisa que reconozco incluso desde lejos. Me quedo completamente quieta, incapaz de procesar que realmente esté allí. Hace apenas unos minutos hablábamos por teléfono desde dos países diferentes y ahora está frente a mi casa.
No pienso.