La piel que habito

Epílogo Donde todo comenzó

Vera

Nunca imaginé que volvería a estar aquí.

Han pasado años desde aquella tarde en la que entré en esta sala sin saber que estaba a punto de cambiar una parte de mi vida. Recuerdo perfectamente cómo me sentía entonces. Recuerdo la exposición, las mariposas, la sensación de estar rodeada de algo hermoso mientras por dentro me sentía completamente rota. Recuerdo haber pensado que algunas personas pasan por la vida intentando sobrevivir a cosas que nadie más puede ver, cargando con batallas que los demás jamás llegan a conocer.

Y recuerdo haber llorado sin hacer ruido.

Ahora estoy de pie en el mismo lugar.

Pero ya no soy aquella mujer.

Miro alrededor y reconozco algunos detalles. Las mismas paredes, la misma luz tenue, esa sensación de silencio que parece envolver cada obra. Algunas piezas han cambiado y la exposición ya no es exactamente la misma, pero hay una instalación que permanece. La misma imagen de una mariposa emergiendo de su transformación.

Me acerco despacio.

Durante unos segundos no puedo evitar sonreír.

—¿Te gusta?

La voz de Alessandro llega detrás de mí.

Me giro.

Está allí.

Con esa sonrisa que conozco tan bien y que, incluso después de tantos años, todavía consigue hacer que mi corazón se acelere un poco.

—Mucho.

—Me alegro.

Me acerco a él.

—¿Cómo has conseguido traerme aquí sin que sospechara nada?

—Tengo mis métodos.

—Eso suena sospechoso.

Se ríe.

—Confías demasiado poco en mí.

—Después de todo lo que hiciste con aquella sorpresa en mi ciudad, debería desconfiar.

—Y aun así viniste.

—Porque dijiste que era importante.

Su sonrisa cambia ligeramente.

—Lo es.

Hay algo diferente en su mirada.

Lo noto.

Me quedo observándolo unos segundos.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Alessandro.

Sonríe.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Intentar descubrir lo que estoy pensando.

—Porque normalmente funciona.

—Esta vez no.

Me río.

Volvemos a mirar la exposición.

Durante unos minutos caminamos en silencio. Alessandro se detiene frente a la misma obra que me hizo llorar aquella primera vez. La observa y después me mira a mí.

—¿Te acuerdas de ella?

—Claro que sí.

—¿Sabes que pensé en ti durante mucho tiempo cuando la vi?

Sonrío.

—¿Por qué?

—Porque aquella tarde te vi mirando esta mariposa como si significara algo que nadie más podía entender.

Bajo la mirada.

—Para mí significaba mucho.

—Lo sé.

Toma mi mano.

—Y creo que ahora significa algo diferente.

Lo miro.

—¿Qué?

No responde.

En cambio, se coloca frente a mí.

Entonces veo cómo mete una mano en el bolsillo de su chaqueta.

Mi corazón empieza a latir más rápido.

—Alessandro...

Se arrodilla.

Me quedo completamente inmóvil.

Por un instante no puedo respirar.

Él saca una pequeña caja y la abre.

Dentro hay un anillo.

Siento que los ojos se me llenan de lágrimas antes incluso de que diga una palabra.

—Vera —empieza—, la primera vez que te vi no sabía quién eras. No sabía todo lo que habías vivido, no sabía lo que te esperaba después de aquella tarde y tampoco sabía que ibas a convertirte en la persona más importante de mi vida.

Me llevo una mano a la boca.

Él sonríe.

—Después aprendí que eres mucho más fuerte de lo que crees, que puedes tener miedo y seguir adelante, que puedes caer y volver a levantarte. Aprendí que no necesito que tengas todas las respuestas y que tampoco quiero una vida perfecta contigo. Quiero una vida real. Con días buenos, días difíciles, viajes, proyectos, aeropuertos, discusiones, risas y todos los años que podamos conseguir juntos.

Las lágrimas empiezan a caer.

—Y hay algo que tengo claro desde hace mucho tiempo.

Hace una pequeña pausa.




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