Empieza a hiperventilar, el aire le falta, su mirada está perdida, sus pensamientos están enfocados en algo… es su culpa
Su culpa, su culpa, su culpa, su culpa…
No tardo tanto en sujetarlo y sacarlo del lugar. Ocupa oxígeno, aire. Él me agarra con fuerza sin soltarme, llegamos a una banca en un lugar poco concurrido, cerca del café.
—Adan, respira. Inhala, exhala, lento. Haz lo mismo que yo, inhala, exhala —empieza a copiarme lentamente, su respiración poco a poco se regula hasta que puede calmarse un poco—Adan, ¿estás bien? ¿Te sientes mejor?
—Es mi culpa. Si lo hubiera descubierto antes, ella no estaría muerta… es mi culpa —aunque ya estaba más calmado, su estado de ánimo empeora, las lágrimas salen sin parar y culparse no hace que mejore.
—No fue tu culpa, nada de esto es tu culpa, Adan. Lo sabes bien. No podrías haber sabido qué le estaba dando tu madre a tu hermana, era imposible que sospecharas —un abrazo se forma entre nosotros. Lo consuelo de todas las maneras posibles, su llanto me rompe el corazón, como cuando él se caía.
Debería dejar de pensar en él. Fue hace mucho tiempo.
—Yo no quiero ir a mi casa… ya no es mi casa, nunca más.
—Adan, no puedes estar por ahí deambulando solo.
—No quiero verla nunca más. Ella arruinó mi vida, siempre lo hace. Yo… yo me quiero quedar contigo, por favor, solo será hoy —sus ojos suplican.
—Sabes que no puedo. Sería poco ético de mi parte llevarte a la casa de un desconocido, ¿no crees? No puedes confiar tan rápido en las personas, Adan.
—No, quiero ir a casa. Tú… tú eres diferente, tú me entiendes, ¿verdad?
Eran tan parecidos que me hace recordar ese momento enterrado. No le doy importancia, no quiero dársela.
—Bien, pero solo hoy. Será un secreto entre los dos —él sonríe un poco, pero la tristeza es más fuerte que la felicidad—Tienes que decirle a tu madre que no llegarás esta noche.
—No, no quiero hablar con ella. No quiero ni siquiera escuchar su voz.
—Bueno, entonces espero que a medianoche me arresten por secuestro.
Su mirada parece calcular los resultados posibles y entonces solo asiente y llama a alguien, a su madre. La llamada dura unos cuantos minutos, solo intercambian unas cuantas palabras y cuelga.
—Listo.
—¿Eso fue todo? ¿Tu madre te dejó?
—Bueno, solo le tuve que decir que esta noche no regresaría y ya.
Mi mirada es de decepción. ¿Cómo una madre no se preocupa por su propio hijo de esa manera? Ni siquiera pregunta a dónde va, solo lo deja.
—Bien, entonces vamos a mi carro, lo dejé estacionado a unas calles de aquí —lo miro y le sonrío.
—Gracias, sé que me auto invité a tu casa y, como lo dijiste antes, somos casi desconocidos, pero en serio creo que en este momento eres la persona en la que más confío. Después de todo, eres el único que sí se preocupa verdaderamente por mí.
Solo le doy una mirada cálida y sigo el camino hasta mi auto.
El trayecto es corto, con solo una parada en una tienda. Compro todo tipo de chucherías, pues no sabía cuáles le gustarían. Pago y, una vez más, me dirijo al carro.
—¿En serio compraste tanto?
—Bueno, siempre dicen que es mejor lidiar con las cosas con azúcar.
—Eso es una adicción, ¿o no?
—Bueno, es mejor que otras cosas.
Solo baja la mirada y seguimos el recorrido. Hablamos un poco durante el camino y escuchamos algunas de las canciones que le gustaban.
Me aparco y subimos a mi departamento.
—Es un poco pequeño, pues no me quedaré mucho tiempo.
—¿Te irás?
—Sí, solo vine por unos asuntos.
—Por la muerte de mi hermana, ¿verdad? Ya la encontraste, ¿por qué te quedas?
—Bueno, Adan, ahora me parece que un niño entrometido ocupa un poco de mi ayuda.
—Ya tengo dieciocho años, ya no soy un niño.
—Seguro.
Abre la boca con una expresión de sorpresa exagerada y suelta una pequeña carcajada. Me siento un poco aliviado. No es la mejor forma de afrontar esto, tomarlo con humor, pero parece que funciona un poco.
La noche se pasa volando. Hablamos de algunos asuntos, Adan llora varias veces, algo que esperaba. Lo consuelo todas las veces y, después de una que otra charla sobre temas banales, decidimos ir a dormir.
Nuestra relación mejora significativamente esa noche.
Y puedo olvidar.
Despierto a las 4 a. m. por una llamada. Pienso que es de mi celular, pero cuando miro, Adan está temblando en el sillón, acurrucado sobre sus rodillas, colgando cada vez que el teléfono vuelve a sonar.
—¿Adan?— mi voz resuena por la pequeña habitación. Él solo me mira y permanece en silencio.