La Pieza

CAP II.III NORMAN Y ADAN

—¿Adan?— vuelvo a preguntar, ahora con un tono más fuerte, existe la posibilidad de que no haya escuchado.

—Lo siento… ¿te desperté?—dice al fin—Solo alguien haciendo bromas…

—Adan, ¿cuántas veces tengo que decir que sé cuándo mientes? Te puedo enlistar cada cosa que haces cuan—

Me interrumpe bruscamente. Sigue temblando, pero es diferente, no es por una simple broma, es algo más.

—No sé qué hacer… Él sigue llamando y ya le dije muchas veces que se detenga, pero no lo hace. ¿Por qué no pueden todos dejarme en paz?

Sus manos avientan el celular y llora sobre sus rodillas, buscando consuelo por sí solo.

—¿Quién es, Adan?, ¿quién no te deja en paz?—mi voz suena con autoridad, ya no quiero más mentiras.

—Mi… mi… mi profesor…

Un silencio se instala en la pequeña habitación. Lo miro confundido unos segundos, hasta que me siento a su lado.

—Adan, ¿qué te hizo?

—¡¡Nada!!—alza la voz—Solo no me deja en paz, él sigue fastidiando.

Lo miro a los ojos, entrando en un espacio de confianza con él. Lo dejo ordenar sus pensamientos, le doy tiempo, hasta que esté listo para hablar con calma.

Está listo.

—Adan, no soy tu madre. Te escucharé y no te juzgaré, sea lo que sea. Solo dime… ¿por qué tu profesor no te deja en paz?

Pasan segundos.
Minutos.

Incluso una hora de repetirle que confíe en mí, hasta que finalmente se quiebra.
O eso quiero creer.

—Él… él parece que me acosa. Sé que suena tonto o idiota, pero no sé qué hacer, en serio, lo juro, no estoy mintiendo. Él sigue llamándome por diferentes números y en la escuela no deja de verme con esa mirada perversa. Es tétrico. Cuando practico ajedrez, él siempre está ahí. Le dije a mi madre, pero ella no me creyó, piensa que solo busco atención y que estas cosas dañarían su reputación. Para ella, él es un ejemplo a seguir. Pero en serio, no puedo más. Me salto las clases para no verlo, pero siempre me lo encuentro y… y en serio no sé qué hacer.

Aunque ha dejado de temblar, su miedo sigue presente. Su manera de hablar, de actuar, todo lo refleja.

No es mentira… ¿o sí?

—Adan, te creo. Es horrible lo que has pasado, en serio. ¿Por qué no me lo dijiste antes?… No, te ayudaré, haré una investigación. Te prometo, Adan, que no lo volverás a ver en tu vida.

Lo abrazo con todas mis fuerzas. Estoy furioso por todo lo que ha tenido que pasar este pobre chico. Me siento impotente por no haber podido ayudarle antes.

—No tengo dinero.

—¿Qué?

—Bueno, la investigación debe costar, ¿o no?

Seguir con sus bromas después de todo… es fuerte.

—El costo será decirme el nombre del profesor y todo lo que sepas de él.

Hablamos un poco más hasta que se queda dormido. Lo cargo y lo pongo en la cama. No puedo dormir; mi mente planea qué haré con ese imbécil.

Ya son las 8 de la mañana. Acabo de dejar a Adan en su casa y me dirijo a su escuela, pues tengo que hablar con cierto profesor. Estoy orgulloso de Adan, cómo ha aguantado por tanto tiempo y decírmelo fue fuerte de su parte.

Pero el perdón es algo que ya me abandonó.

Adan me dijo que los viernes las clases con su maestro empiezan a las 7 a. m. y terminan a las 8 a. m., así que llego justo a tiempo, pues puedo observar desde afuera del aula cómo despide a sus alumnos.

—Bueno, chicos, cualquier duda comuníquenmela, estaré libre hasta las diez cincuenta.

Repugnantemente perfecto. Viste una camisa a cuadros, su pelo café es corto detrás de las orejas y usa unos lentes falsos, tal vez para dar una impresión adecuada. Su altura es promedio a simple vista, un profesor cualquiera. Pero, si se observa bien, todo en él es falso, hasta su tono de voz.

Toco la puerta.

—Adelante.

—Buenos días, profesor… Yonathan, ¿cierto?

—Sí, ¿en qué le puedo ayudar? ¿Es padre de alguno de los jóvenes? Porque, si es así, no lo parece.

Una broma que me genera un mal sabor de boca.

—Tiene razón—una sonrisa se fija en mi cara—No soy un padre, en realidad, se podría decir que soy un amigo.

—Oh, bueno, si es así, ¿en qué lo puedo ayudar? ¿Es por los exámenes finales?

—No, no es por eso.

—¿No?—su mirada es coqueta. Asqueroso.

—¿Usted tiene un alumno llamado Adan Smith?

Se sorprende, pero solo se limita a empezar a recoger las cosas de su escritorio.

Una pieza de ajedrez dorada y brillante yace sobre su mesa. No le presto atención.

Lo intento.

—Sí, ¿qué sucede con él? Ha faltado muchos días, ¿sabe por qué?

—Sí, sí lo sé. Y es porque, al parecer, hay una basura que ronda por esta escuela y no lo deja en paz. ¿Sabe quién es?

Se detiene y levanta la mirada, directo a mis ojos, con una sonrisa un poco nerviosa.

—Bueno, bueno… siento que me están incriminando por algo que no hice—suelta una ligera risa.

—Bueno, nunca lo mencioné a usted, pero si lo piensa así…

Me acerco con pasos firmes y largos hasta quedar frente a frente con él.

—Ya lo sé todo. No creas que te dejaré en paz. Eres una miseria y una porquería de ser humano. No sabes cuánto deseo que llegue el día en que te encierren.

—Disculpe, pero ahora le pediré que se retire. Por lo que veo, no tiene nada de evidencia y, por si no lo sabía, ese niño es el que siempre anda rogando por atención. Yo no hice nada. Si alguien tuviera que demandar, sería a él. Ahora sí, me disculpa.

Agarró sus cosas y salió con pasos apresurados.

Mi cara ardía de enojo, pero tenía razón: no había evidencia suficiente, evidencia para incriminarlo. Tendría que buscar muy bien.

Mis manos actuaron por sí solas.

Al salir de ese salón, sofocado, caminé y pude ver una sombra escondida que había escuchado algo que no debería. Sonreí y simplemente me fui.

*ADAN*

Las clases han terminado, mis pasos son lentos. Odiaba las caras de preocupación vacías y sus pésames falsos. Mi hermana está muerta y ahora, al parecer, todos son muy amigos de ella; era deplorable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.