Si estuvieras conmigo tan solo una última vez,
¿me dejarías explicarte?, ¿me dejarías expresarme?
Si las gotas de agua dejaran de caer,
si el sol se asomara en vez de volverse un atardecer,
¿podrías pensar en mí aunque en el cielo no esté?
¿Podrías perdonar a esta alma que no sabía qué hacer?
¿Podrías verme y hacerme sentir que me quieres otra vez?
Lo siento, diré esta vez.
El perdón se quedará en mi boca
hasta que el sol se haya desvanecido
para nunca más volver…
—911, ¿cuál es el problema?
—¡AYÚDENME! Mi… mi hijo, él no despierta… por favor, vengan rápido. Él… él está… está muy mal, por favor… no lo puedo perder… ¡¿por qué tardan tanto?!
—Entiendo, señora, necesitamos que se mantenga tranquila. ¿Su hijo todavía respira?, ¿tiene pulso?
—…
—¿Señora?
—No… no lo sé… solo vengan—los sollozos al otro lado del teléfono cada vez se hacen más fuertes.
—Okey…¿me podría decir su nombre?, ¿Dónde vive?
—Por un demonio, ¡SOLO VENGAN!
—De acuerdo. La ambulancia llegará en unos momentos, solo necesito que permanezca en la línea… debe mantener la calma.
Las palabras flotan en el aire. No hay respuesta alguna, solo lamento tras lamento.
El sonido de las sirenas se esparce por el lugar. La melancolía se puede sentir, absorbiendo todo a su paso. Nadie sabe qué ocurre, pero en un día sombrío como ese se puede esperar lo que sea.
Las personas se arrinconan.
¿Qué habrá pasado?, se murmura por todo el lugar. Las miradas entrometidas de los que se podrían llamar “vecinos” recorren la escena. Todos especulan cosas distintas, pues al parecer las tragedias rondan a esa familia, pero nunca esperan la dura verdad de tal escena.
La soledad y la desesperación te azotan. El cuerpo se hunde en un mar del que nunca se podrá escapar.
Después de todo, la perfección es algo que Dios no le permite ni a la persona más pura.
El sonido de mi teléfono me despierta de una terrible pesadilla. Al parecer, estas me frecuentan seguido. Mi cuerpo sigue cansado y sudoroso, pero aun así tomo el celular; necesito saber quién me llama tan temprano un sábado. Tal vez es Adan, pero ese pensamiento es fugaz al mirar la pantalla.
Un recuerdo que pienso olvidado, algo que no quiero recordar, intenta apoderarse de mí.
—¿Daniel?, ¿qué ocurre? —mis ojos siguen adormilados y mi voz suena cansada. Aun así, empiezo a incorporarme para levantarme y servirme un café.
—Norman… siento despertarte a esta hora.
—No importa, seguramente no tardaría mucho en levantarme.
—¿Otra pesadilla?
—Tal vez —se me escapa una pequeña risa—Bueno, ¿qué ibas a contarme? Si seguimos así, nunca podrás decirme el motivo por el cual me llamaste.
Mi estado de ánimo siempre mejora cuando hablo con él, de algún modo, me hace sentir cómodo.
El silencio se apodera del otro lado de la llamada.
—¿Daniel?, ¿sigues ahí?
—Norman, lo siento…
—¿Qué ocurre, Daniel?, ¿por qué me pides perdón? —la incertidumbre empieza a apoderarse de mí poco a poco, y con ella el miedo.
—¿Puedes venir? Estoy en la comisaría… sería mucho mejor si te lo dijera en persona.
—Rayos, Daniel, suéltalo, sabes que no me gusta el suspenso.
—Bien… —los segundos pasan y sigue sin haber respuesta alguna. Esto no me está gustando—Es sobre Adan… él—
—¿Qué pasó?, ¿le ocurrió algo? —solo puedo pensar en cualquier respuesta que venga de él.
—Norman, él… —una pausa se hace presente; no me gusta el camino que está tomando esto—Está muerto.
—Ah, Daniel, si me ibas a hacer una broma de mal gusto, ni siquiera te hubiera atendido el teléfono. Gracias por arruinar mi mañana.
Mi mente no responde.
—Norman…
Lo sé. Daniel no es el tipo de persona que haría esta clase de bromas, pero encerrarme es mucho mejor que enfrentar esas palabras… sus palabras.
—Es… ¿es una broma, cierto? Dime… ¿es verdad? —mi voz empieza a quebrarse; las lágrimas se apoderan de mí—¿Por qué…? Adan está muerto y no es una broma…
No lo es.
Lo sé.
Pero, de algún modo, deseo que no sea así.
—Norman, sé que esto no lo puedes creer. Después de todo, fuiste quien creó un vínculo más fuerte con él, pero no puedo perderte… no otra vez. Tienes que ser fuerte, te necesito estable…
—¿Está muerto? —mis lágrimas luchan por salir.
Esas lágrimas me atan como cadenas a una realidad que fingí ignorar, como todo a mi alrededor, desde que decidí escapar.
—Escúchame, tómate el día de hoy, descansa.
—¿Por qué, Daniel?
—Tienes que afrontarlo, Norman. Sabes que en este trabajo esto sucede muy a menudo, y esto no es diferente a lo que siempre hemos hecho.
—No… ¿por qué me necesitas? —esas palabras se me quedaron pegadas, me necesitaba, ¿pero para qué? Algo hizo clic—Lo asesinaron, ¿verdad?