La Pieza

CAP III.I ADAN

Mis manos temblaron y no sabía si era miedo o si solo creía no saberlo.

—Ah… no puedo ocultarte nada —en serio parecía no querer decirlo—Fue encontrado con indicios de un suicidio, pues… se encontraron piquetes en su antebrazo por una droga. Bueno, mejor dicho, anfetamina. Tendría sentido pensar que tuvo acceso, tal vez por su hermana, pero… algo no cuadra.

—Él no era suicida.

—Exacto. El tiempo que estuvimos con él no mostró un trastorno emocional tan grande como para querer hacerlo.

—Pero debes tener más pistas para pensar que no fue un suicidio, ¿verdad?

—Eres bastante perceptivo —pude imaginar su sonrisa formándose—Bueno, su garganta estaba inflamada, no sé por qué. Intenté revisar la escena, pero no vi nada a simple vista. Convencimos a la madre de autorizar una autopsia, en unos momentos tendremos los resultados.

—Bien, iré para allá. En el camino ve informandome todo del caso.

—Norman…

—No me voy a quedar aquí sin hacer nada, Daniel, así que mándame la poca información que recolectaron hoy.

—Bien.

Si tan solo la vida durara lo que dura un libro… yo nunca terminaría el final. O tal vez por él empezaría. Por eso mis libros acumulan polvo en la esquina, solo tienen la última página leída, pues la duda es mi mayor cordura. Debería dejar de hacerlo, empezar por el principio y terminarlo en la mitad. La duda persistiría en mi conciencia, pero el vacío —ese que se siente después de terminar un libro— nunca me encontraría.

No tardé mucho en llegar. Caminé lo más rápido posible hasta la oficina conjunta y entré.

—¿No han encontrado nada?

—Buenos días, Norman. Y no, pero no han de tardar.

—Bien.

Un silencio se apodera de la sala.

—¿Estás bien, Norman? ¿Seguro que puedes hacerlo?

—Sí, estoy bien. Solo creo que es mejor hacer esto que quedarme pensándolo…

—Si quieres hablar, dímelo.

Una sonrisa de agradecimiento se forma en mi rostro mientras me siento en mi escritorio.

—Volviendo al tema, tal vez debamos regresar a la escena. El problema es la señora Smith, no creo que nos deje. Después de todo, estuvo a punto de no permitir la autopsia.

—Sí lo hará.

—¿Cómo lo sabes? —su mirada se transforma en una interrogante.

—Solo lo sé.

Un toque suena en la puerta.

—Adelante.

—Disculpen, me manda la señora Susan. Dice que los necesita, si pudieran ir.

—Gracias… mmh, ¿cómo te llamas? —Daniel hace una mueca, buscando esa información.

—Oh, sí, lo siento. Soy Elena Torres, asistente forense.

—Bien, gracias, señorita Torres.

La conversación termina ahí. Tanto tiempo fuera, y ahora Susan tiene una asistente.
No tardamos en dirigirnos a la sala forense, pero antes de entrar alguien nos detiene con gritos adormecedores.

—¡FUE ASESINADO! ¡MI POBRE HIJO!

La mirada de alguien destruido, eso es ahora. Tan solo un cascarón vacío, sin ningún camino por elegir. El entendimiento se me escapa, después de todo, no soy el único que carga con esos sentimientos.

—Señora Smith—

Antes de siquiera terminar de dirigirme a ella, un fuerte golpe se apodera de mi mejilla.

—¡USTEDES LO MATARON!

Su mano se prepara para darme otro golpe, pero Daniel toma su brazo y, de manera cortés, la aparta.

La comprensión se esfuma tan rápido que ni yo mismo lo percibo.

—Señora Smith, espero que tenga cuidado con lo que dice o hace, pues no tiene derecho alguno a acusarnos de haber matado a su hijo, y mucho menos a agredir físicamente a una persona. Agradezca que mi compañero no levantará cargos en su contra.

Daniel habla con porte, aunque sus palabras parecen ir más lejos de lo necesario… o quizá lo de no levantar cargos sobra.

—¿Por qué? Eh… ustedes hicieron que se suicidara, de la misma manera que su hermana. Si tan solo no la hubieran encontrado—

—¿Encontrado? —mi voz se eleva—¿Está diciendo que le molesta que hayamos encontrado a su hija, cuando en primer lugar usted nos contrató para eso?

Mi mejilla sigue ardiendo por el golpe, y mis puños se cierran con fuerza. La ira comienza a apoderarse de mi cuerpo.

—Miren, espero que todo esto no salga a la luz. Mi hijo no consumía esa droga, y si llegan a existir siquiera rumores de que se suicidó por sobredosis, su carrera se terminará más rápido de lo que duró esta conversación.

Sin decir nada más, se da la vuelta y poco a poco se desvanece por el pasillo.
Por un momento pensé que sentía algo por su hijo… pero al parecer me equivoqué.

—Será mejor que entremos —dice Daniel. Solo se resigna a regalarme una sonrisa un poco forzada.

—Bien…

Al entrar, lo veo. Su cuerpo, blanquecino, como si estuviera hecho de porcelana. Tonos azulados descansan sobre su piel. Muy al fondo de mí, todavía imagino que su pecho se mueve, que todo es falso, que nada de esto ha pasado… pero no es así.

La sala es grande, iluminada por luces frías. La atmósfera es lúgubre. Al fondo, una mujer de unos cuarenta y tantos revisa informes acumulados sobre una mesa cercana. Se la ve cansada, como si este trabajo la estuviera consumiendo poco a poco.

Susan, pienso.

—¿Qué querías decirnos?, ¿encontraste algo relevante? —Daniel no tarda en preguntar. Se le nota apasionado, como si imaginara nuestros viejos tiempos antes de todo esto… irónico.

Apasionado.

—Tardaron —responde sin mirarnos, con la vista fija en sus asuntos.

—Tuvimos unos inconvenientes.

Ella se voltea por primera vez y mira mi mejilla enrojecida, soltando una risa burlona. Es obvio que escuchó todo.

—Bueno, puedo verlo… mgh —se aclara la garganta antes de seguir hablando, por fin dejando los documentos a un lado—Al parecer, tus sospechas eran ciertas, detective Daniel. Se encontró algo en su garganta. Fue difícil sacarlo sin cortar, pero al final lo logré.

Me congelo. Mis pensamientos divagan en cualquier cosa, excepto en esto.




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