Nos dirigimos a la casa de la señora Smith, tenemos que hablar con ella y revisar bien la escena del crimen.
Durante todo el camino ninguno pronuncia una sola palabra. Al parecer, ambos estamos hundidos en nuestros propios pensamientos, tan absortos que no tenemos tiempo de prestarle atención al otro.
Llegamos a la casa y la atmósfera lúgubre todavía se siente. Nuestros pasos son rápidos hasta llegar al porche y tocar el timbre.
No tarda en abrirnos la señora Smith. En cuanto ve nuestros rostros, parece lista para maldecirnos en ese mismo momento, pero la interrumpimos antes de que lo haga.
—Señora Smith…
—¿Ahora qué demonios quieren, eh? —su voz suena más arrogante de lo usual.
Recuerdo la primera vez que la vi, con esa postura recta y una expresión perfecta. Ahora todo eso se ha esfumado, solo quedan sus rasgos caucásicos. Todo en ella muestra una depresión severa, aunque contenida, mínima en apariencia, pero evidente.
Siempre que la veía sentía compasión, pero al recordarlo todo —la verdadera culpable de la muerte de Daisy, su negligencia y su obsesión por ser la familia perfecta— cualquier rastro de compasión se esfumaba en un abrir y cerrar de ojos.
Espero el día en que ella también termine en la cárcel.
—Le queremos informar sobre la muerte de su hijo, Ada—Daniel se apresura a decir. Una mueca de disgusto aparece en el rostro de la señora Smith.
—Miren, no sé ustedes, pero todo esto ya lo dejé atrás. Solo quiero que me dejen en paz. Sé que mi hijo formó un vínculo con ustedes, pero eso no es de mi incumbencia, ¿okey? Solo fue un simple suicidio. ¿Por qué tanto espectáculo por eso?
Sinceramente, ya esperaba cualquier respuesta de su parte.
—Señora Smith, su hijo no cometió suicidio.
Las palabras flotan en el aire. Puedo ver cómo su expresión cae lentamente.
—¿Qué?
—Descubrimos que fue un homicidio. El caso lo investigaremos con cautela le aseguramos que nada de esto saldrá a la luz. Solo necesitamos que coopere con nosotros.
Su rostro palidece poco a poco. Se mueve para dejarnos entrar a la casa y su cuerpo queda inmóvil, como una estatua, en la entrada durante unos minutos.
Cierra la puerta, se dirige hacia nosotros y pronuncia apenas unas cuantas palabras antes de ir a sentarse en el sillón de la sala.
—Hagan lo que quieran, no me importa.
El tiempo transcurre. Son las cinco de la tarde. Daniel va a la escena del crimen a investigar y yo me quedo para interrogar a la señora Smith.
—Bueno, solo serán unas cuantas preguntas, ¿okey?
—…Sí.
—¿Qué hizo ayer?
—No estuve aquí. Me fui a un viaje de negocios el jueves por la noche y regresé hoy en la mañana, alrededor de las seis… fue cuando lo vi.
—Bien —sigo tomando notas de todo—¿En qué trabaja?
—Trabajo en una compañía de ventas.
—¿Cómo se llama la compañía?
—Lanzon…
—Ok. Entonces usted no estuvo aquí desde el jueves por la noche hasta hoy alrededor de las seis de la mañana, por un viaje de negocios. ¿Estoy en lo correcto?
—Sí.
—¿Su esposo dónde está?
—Él también se fue de viaje, pero salió a principios de mes. Regresará dentro de tres semanas.
—¿En qué trabaja?
—Es dueño de la compañía Lanzon.
—¿Él está al tanto de todo esto?
—Sí.
—¿Puedo saber por qué no se presenta?
—Bueno, al parecer estar con mujeres es mejor que venir al funeral de sus dos hijos.
—¿Por qué le daba anfetamina a Daisy?
Un silencio se instala en la habitación. Su mirada se abre con sorpresa, puedo ver el miedo reflejado en sus ojos.
—¿Qué?
—¿Por qué le daba anfetamina a Dai—me interrumpe en seco.
—¡Yo nunca le di nada de eso! ¿Quién cree que es para difamarme de esa manera, eh?—sus manos tiemblan, aparta la vista, su respiración se acelera, su cuerpo no puede quedarse quieto.
—Entonces, si mando a alguien a investigar su casa, ¿me puede decir que no encontraremos nada? O, si quiere, lo hacemos de una vez. No le importará, ¿verdad? Después de todo, no oculta nada.
—¡NO!
—Entonces respóndame, señora Smith. ¿Por qué?
—… —solo se digna a mirarme. Su cuerpo se relaja y adopta una postura como si ya no tuviera nada que perder—Mire, detective, los asuntos que ocurren aquí no son de su incumbencia. Tal vez se la di, tal vez no, ¿ok?
—Usted nunca debió ser madre.
—Bueno, al parecer Dios lo volvió realidad.—pequeñas carcajadas salen de su boca, una mirada perdida que no refleja nada, ni una pizca de emoción. Ni una.
—Bien, eso será todo. Gracias por responder.
Me paro del sillón, no siento enojo por sus palabras, solo pena. Al mismo tiempo, Daniel baja con una expresión sombría… no encontró nada.
—Mañana vendrán forenses a revisar más a fondo la escena, intentarán no hacer tanto escándalo.
Sin más que decir, nos vamos de la casa. Puedo ver que ella ni siquiera se inmuta, permanece sentada en el sillón, mirando fríamente a la nada.
Ha llegado a su límite, un límite que ella misma impulsó.
En el camino de regreso a nuestra oficina, se forma una conversación entre Daniel y yo, una pequeña.
—¿Cómo te fue? ¿Encontraste algo? —aunque ya sé la respuesta, no hace daño preguntar.
—Tan bien como a ti.
—¡Ja! Bueno, ciertamente no saqué mucho. Mandé información al cuartel para que la revisen, pero creo que no encontrarán gran cosa.
—Creo que será mejor irnos a descansar; mi cuerpo me está matando. Si quieres, te puedes quedar en mi casa.
—Te estás haciendo viejo, es normal, y aceptó. Hace mucho que no paso a tu casa, la extraño.
Una mirada divertida se forma en mi rostro, mostrando indiferencia ante esas palabras.
—¡¿Qué?! No soy tan viejo, solo tengo treinta y nueve años, casi cuarenta, y eso no es ser viejo, ¿ok? No soy viejo…
—Bien, bien, ya lo entendí. Ahora concéntrate en el camino, no quiero morir joven.
—Te estás burlando de mí, ¿verdad? —una pequeña risa se le escapa.