La Pieza

CAP IV. SRA. SMITH

—No estoy mintiendo.

—Las pruebas muestran lo contrario, señora Smith. ¿Dónde estuvo el viernes? Y quiero la verdad.

—¿Por qué demonios me tiene encerrada en este estúpido cuarto? —sus palabras vacías salen sin remordimiento, a cada intento de desviar la conversación a un punto sin fin.

—Sabemos que no hubo ningún viaje de negocios ¿Por qué mentir en eso? ¿Acaso usted mató a su propio hijo?

La habitación helada nos abraza. La ráfaga de viento que entra por algún lugar que a simple vista no se ve, los temblores ocasionales que salen de mí, mientras intento desentrañar los pensamientos más oscuros de alguien que fácilmente se puede comparar con una piedra, sin emociones. Alguien tan narcisista que incluso cavaría su propia tumba con tal de salir de ahí, incluso si tiene que tomar el papel de víctima, incluso si yo mismo tengo que llegar al punto de que ella tome ese papel.

—¿Qué?

Su compostura rígida se mantiene, guardando el pequeño impulso de esos pensamientos que poco a poco se apoderan de ella.

—¿O tal vez estaba tan furiosa de que su hijo revelara su pequeño secreto, que decidió borrar toda evidencia? —ocupaba destruirla, desarmarla, ocupaba que saliera de su eje.

—Yo… yo no sé de qué estás hablando…—sus ojos desorbitados muestran un pequeño signo de descompostura.

—¿La culpa la consumió, acaso? —casi la tenía, esa farsa, esa triste historia que me haría callar y largarme de ahí.

—…

—Tanto tiempo intentando crear a su falsa familia perfecta, que en tan solo un instante se desmoronó así de rápido, como un simple abrir y cerrar de ojos ¿Acaso eso la molestó tanto, la idea de acabar con la vida de sus propios hijos?

—Cállese, usted no sabe nada —una mirada calculadora intenta apresuradamente intervenir, y esa fachada empieza a desprenderse.

—¿No le bastó con arrebatarle la vida a Daisy, sino que también decidió quitársela a Adan?—ocupaba algo más para que rompiera…

—Dejen de decir estupideces, yo no maté a mi hijo.

—¿Y a Daisy?

—¿Ahora me restregarán la muerte de mi hija? Eso es tan poco ético que me hace sentir lástima por usted, detective Norman.

—Bien, ¿sabe algo?—ocupaba la pequeña gota que derramara el vaso.

—¿Qué?

Era el momento.

—Su trabajo no sirvió de nada, su vida ahora es y será una miseria, nada más que eso. Pensando cada día de su patética vida qué fue lo que hizo mal, qué hizo para merecer esa inútil vida, agarrándose fuertemente a la farsa de una pobre madre que perdió todo, que al final no logró nada, no logró ser alguien, sino más que una persona que tiene que vivir a base de unas cuantas lágrimas que con el tiempo se secarán. Y en ese momento se dará cuenta de que no ganó, nunca ganó y nunca lo hará, aunque lo intente y diga que tiene al esposo del año, la casa del año. Usted nunca ganará, nunca tendrá lo que los demás tienen, y se dará cuenta cuando ya no tenga nada más que un simple teatro forzado y barato, que simplemente desde el inicio no fue más que alguien tan desechable como el resto y no alguien tan especial como le decía mamá.

Una luz encandila la vista delante de mí, pero puedo sentir la desesperación, el miedo… el dolor… la ira.

—¿Por qué, señora Smith? ¿Por qué seguir con todo esto? Dígame.

—Quiero un abogado… lo exijo.

Las palabras que salen entre tartamudeos son melodías para mis oídos, pequeñas melodías que me hacen sentir feliz.

Los minutos pasan, nuestras miradas chocan, cada uno con sentimientos distintos, pero con un mismo objetivo, ganar.

—Usted la mató, ¡ADMÍTALO! Su propia hija, y de igual manera lo está haciendo con su hijo ¿No tiene vergüenza? Su vida es una miseria e hizo que la de sus hijos terminara igual.

—Usted no lo entiende. Yo hice todo por ellos, pero ellos solo se desviaban de su futuro una y otra y otra vez.

Y ahí está, la farsa saliendo como cucarachas de entre la basura.

—Dígame, ¿qué quiere que haga?, ¿qué pude haber hecho yo?, ¿eh? Usted solo habla, pero no sabe los sacrificios que hago. Solo quería lo mejor y ellos no escuchaban. ¿POR QUÉ, POR QUÉ, POR QUÉ SOLO YO DEBO MATARME POR ELLOS? ¡YO TENÍA UNA VIDA!

Sus lágrimas salen sin parar. El dolor brota por todo su cuerpo. Los golpes en la mesa aparecen, señalándome como si yo fuera el culpable de sus malditas desgracias.

—YO NO MATÉ A MIS HIJOS. Si ellos murieron fue por sus propias decisiones. Yo hice todo lo que pude, yo… yo en verdad los amaba, pero ellos nunca me amaron a mí. Siempre prefirieron a su padre, el que NUNCA estuvo para ellos. Eso me destrozó, pero lo entendí, si ellos no me necesitaban, yo tampoco los necesitaría. Que le rogaran a su apreciado padre que los ayudara él con sus malditos problemas. ¿Sabe lo que me sacrifiqué por ellos, eh?

El silencio aparece. Los llantos ahogados, el olor salado, se desprenden por toda la habitación, esa máscara que tenía se cae lentamente de su rostro para mostrar una nueva.

—Usted drogaba a Daisy… ¿por qué?, si tanto la amaba, ¿por qué lo hizo?




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