La Pieza

CAP IV.I SRA. SMITH

Sus ojos desorbitados reposan en mis manos. Su mirada se desvía, sus pupilas dilatadas, solo basta un momento… un momento para que me mire.

—Yo no le daba drogas a Daisy, ¿cómo podría hacerlo? Es mi hija —sus manos caen sobre su cara y, aunque las lágrimas dejan de salir, su mirada nunca cambia… una mirada vacía—Ella fue de viaje con su padre y él no la quería cuidar, la dejó en manos de sus amigos… después regresó con esa maldita adicción. Intenté todo por ella, medicinas, la metía a tratamientos para que la dejara, pero siempre que volvía de sus estúpidos viajes con su padre recaía y yo no sabía qué hacer, más que rogarle que por favor se detuviera…

Busco las mentiras en sus acciones, pero no las encuentro. Es verdad. Todo lo que dice la señora Smith es verdad, pero por alguna extraña razón la compasión nunca llega a mí. No siento nada por ella, como si fuera solo un poco de polvo sobre mi mesa, algo que podría limpiar si así lo quisiera.

Después de todo, para engañar a alguien debes darle una verdad antes de soltar la mentira.

Ella no busca la compasión de nadie, lo sé. No busca que la entiendan, solo quiere irse lo más lejos posible de aquí, como si todo esto fuera el mayor error de su vida. Tal vez llegó a amar a sus hijos o a su esposo, pero las
circunstancias no le dejaron otra opción más que guardar rencor y remordimiento en su alma, preguntándose qué hubiera pasado si no la hubieran embarazado, si no hubiera tenido que casarse tan joven con alguien que le doblaba la edad.

Toda su vida se transforma en un eterno ¿qué hubiera pasado si?

Su única forma de escapar de su realidad es encerrarse en su pequeño mundo, descuidando todo a su alrededor, usando una capa de perfección ante la mirada de los demás. Después de todo, ella sigue siendo la niña a la que obligaron a casarse, y su única forma de sobrevivir fue jugar a la casita, cambiar las muñecas por una familia perfecta y fingir ser la mejor de todas.

Ella no quiere las lágrimas de nadie. Un pequeño y sencillo mecanismo de defensa hecho de falsedades se vuelve más que un vicio para alguien que no tiene otra salida.

O tal vez ya he caído en sus engaños antes siquiera de pisar esta sala.

—Señora Smith, ¿por qué? Porque si usted intentó todo por sus hijos, nunca buscó ayuda. Solo habla de lo que sacrificó, pero, hasta donde veo, nunca intentó ir más allá de lo que pudiera destruir su familia perfecta.

—¿Por qué? Tal vez si de algún modo podía mantener todo a flote, todo se arreglaría…

—Pero no lo hizo, ¿o sí?

—No, no lo hizo.

Una mueca se forma en su rostro. Vuelve a su compostura, como si lo que mostró antes hubiera sido más que suficiente.

Nuestras miradas chocan y sus ojos solo muestran pena, pero no por ella, sino por mí.

—Míreme, detective Norman. Usted, que es tan grandioso en su maldito trabajo… dígame, ¿qué ve en mí?

Mis palabras se quedan cortas. No puedo describir mis pensamientos ni lo que veo dentro de esa mujer, porque su escudo perfecto parece ser más que una sonrisa, es más que algo sin importancia, algo… misterioso.

Misteriosa.

—No podría decirlo con exactitud, pero sé que usted esconde algo más.

Sus ojos se desvían de los míos, marcando un alto a mis palabras.

—Creo, detective Norman, que mi abogado ya viene en camino y no diré una cosa más sin él presente. Así que, si me disculpa, desearía que se fuera de aquí.

Una mirada penetrante se apodera de ella, como si fuera la primera vez que la viera. Una persona nueva, una máscara nueva, una persona rota con un arreglo inexistente.

—Bien, pero tenga claro que descubriré la verdad, señora Smith. Ni el mejor abogado del mundo va a dejarla libre.

—¿Me está amenazando?

Sus ojos me escanean de arriba abajo y suelta una risa burlona.

—Mister Detective, sé que usted tenía un lazo con mi hijo, pero que le quede claro que ese niño no era más que un pequeño demonio. Se metía en la cabeza de todos y hacía que el mundo hiciera lo que él quería. Si murió, seguramente él mismo se lo buscó.

—¿Cómo puede hablar así de su hijo?

—Porque yo soy su madre…

El silencio pasa. Por un segundo puedo verla, puedo saber quién es, pero esos segundos no bastan para conocerla.

Me paro y salgo de la sala con un sentimiento que me deja un sabor amargo en la boca… no me gusta.

—¿Norman?, ¿qué sucede?

—Ella quiere un abogado.




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