La luz encandila mis ojos.
Las letras, las palabras, las oraciones pasan volando frente a mi vista. Puedo escuchar mis latidos, mi respiración, el sonido de fondo, pasos, murmullos indescifrables.
Los mensajes.
Busco a fondo cualquier indicio de algo, conversaciones banales. Mi dedo se desliza sobre algo que apenas puedo sostener, hasta que algo en particular llama mi atención. Lo que necesitaba. Un contacto.
Padre.
Mi dedo hace click y las palabras brillan.
06/11/2011
“Padre, Daisy no se ha encontrado, ¿usted tiene algo que ver?”
“Adan, te he dicho que no me interrumpas cuando estoy trabajando”
“Lo siento”
07/11/2011
“Padre, Daisy sigue perdida, ¿en serio no está con usted?”
“No”
“Ok”
“Deja de enviar mensajes”
08/11/2011
“Padre, madre contrata a un inspector para que encuentre a Daisy”
“Ya lo sé, ¿quién crees que lo paga?”
“Lo suponía”
“Tu maldita madre no deja de insistir.
Está preocupada, como siempre”
“Solo haz que deje de estar tan histérica. Tu hermana solo va a divertirse, ella no entiende eso”
“Tal vez… siempre se escapa, pero no creo que sea eso esta vez”
“¿Ya vas a empezar tú también?”
“Lo siento”
“Deja de disculparte, pareces un marica”
“No me escribas, tengo trabajo”
“La encontraron”
“Padre”
09/11/2011
“Padre, por favor responde"
"Daisy está muerta, está muerta”
“Lo sé. En algún momento iba a pasar, esa niña era una desgracia”
“¿No te importa?”
“Tú sigues vivo. Eres el hombre que heredará mi empresa, ¿por qué me importaría su muerte? Tú eres el que importa aquí”
“Lo sé… pero la apreciaba”
Apago el celular por un momento. La indiferencia de su padre me parece exorbitante, no puedo creer hasta qué punto a un padre de familia puede importarle tan poco
—o nada— la muerte de una hija.
Mis pensamientos comienzan a absorberme, hasta que un ruido fuerte me obliga a despertar de golpe.
—¿Encontraste algo? —Daniel mantiene las manos apoyadas sobre mi escritorio, esperando una respuesta.
—Bueno, solo encontré la idiotez de un padre, pero voy a seguir revisando los mensajes, enco—antes de terminar la palabra, me interrumpe un rotundo no—¿Qué?
—Norman, es muy tarde. Tenemos que descansar… tienes que descansar —hace una pausa y me mira con unos ojos que para mí resultan indescriptibles—Mañana continuaremos, pero por el momento nos iremos, ¿ok?
Tiene razón. Mis ojos pesan, apenas puedo mantenerme despierto o pensar con claridad. Mañana tendré más energía.
Así que solo asiento y me dirijo a la salida.
No tengo la menor idea de cómo llego al departamento, al parecer, mi cerebro se desconectó en ese lapso de tiempo. Solo sé que ahora estoy tirado en mi cama, dejando poco a poco de estar consciente, hasta que todo se vuelve oscuro.
La alarma suena. La hora parece distorsionarse.
¿Son las tres o las cinco?
¿Es de la mañana o de la tarde?
El cielo oscuro, salpicado de pequeños focos que lo decoran, no ayuda a saberlo. Mi cuerpo se mueve más rápido que mi mente.
El baño es tan blanco que cualquier cortada haría la sangre demasiado visible. El agua cae sobre mí como cubos de hielo. El tiempo parece detenerse frente a mi reflejo en el espejo.
Salgo a pasos lentos y observo la cocina. La ropa pegada a mi cuerpo me recuerda que la toalla sigue seca, no tengo tiempo de volver ni de cambiarme. Solo quiero prepararme un café.
Dos tazas decoran el comedor diminuto, un espacio donde apenas caben mis pesares. La música que sale de la tetera, el vapor al servir el agua hirviendo, las gotas que resbalan y queman la piel de mis manos. Lleno ambas tazas hasta que el agua rebasa el borde, una con leche y azucar, la otra con el amargo sabor del café.
Coloco las tazas en cada cabecera de la mesa. No sabría decir cuál es cuál.
Me siento y observo cómo, poco a poco, la mesa se alarga. Tal vez debí marcharme en cuanto veo a otra persona sentarse al otro extremo, pero algo dentro de mí ya lo sabe.
Como si fuera un reflejo mío, al mismo tiempo tomamos las tazas y las acercamos a nuestros labios.
No lo recuerdo. No sé cuál taza es la dulce y cuál la amarga. No me digno a mirar dentro para comprobarlo. Solo doy un sorbo y esbozo una pequeña sonrisa al sentir el sabor en mi lengua, en mi garganta al tragar.
Levanto la vista y mis ojos se encuentran con los de la persona frente a mí.
Un nombre pequeño se escapa de mis labios.
—Adan…
La alarma suena. Mis ojos aturdidos se posan en el celular. Son las cinco de la mañana.
Un sueño. Todo fue un sueño.
El sudor que recorre mi frente me obliga a levantarme y meterme a la ducha. El agua cae, pero el sabor del café sigue atrapado en mi boca. Me lo prepararé después, al salir.