—Al parecer la información es verdadera —su boca se frunce y sus ojos se entrecierran, la frustración se refleja claramente en su rostro al pronunciar esas palabras.
—Creo que nuestra última opción es ese tal Genrison. Sus conversaciones dejan mucho que desear —su mirada vuela hacia el celular que yace en su mano, como si aquellas palabras leídas hace unos momentos le devolvieran un poco de esperanza al caso.
—Sí… —responde, y su voz sale como si se tratara de un suspiro.
No tardamos mucho en averiguar quién es. Este lugar es pequeño, todos parecen conocerse entre sí, haciendo que los secretos más oscuros queden al descubierto entre simples susurros y miradas.
Preguntamos en el cuartel y obtenemos su nombre completo con rapidez, Genrison Davies, hijo del director de la escuela donde estudiaba Adan. El señor Davies es, al parecer, un personaje popular en el lugar.
—Deberíamos ir al colegio y tener una charla con Genrison —comenta Daniel sin tardar.
—Tal vez sea mejor hablar primero con su padre. Será más fácil si él nos facilita la entrada, pedir una orden para poder interrogarlo tomaría tiempo, y este método resulta más factible —la conversación continúa y el tiempo avanza con ella. Aunque hoy no hemos hecho mucho, nuestros cuerpos exigen descanso—Será mejor agendar una reunión para mañana con el señor Davies. Ya es muy tarde y, sinceramente, necesito dormir, la noche anterior no fue suficiente.
—Opino lo mismo. Mi cabeza me está matando —dice—No te preocupes, agendaré la reunión mañana a primera hora, así que será mejor que descanses bien.
Sin más, me dedica una sutil sonrisa y se limita a tomar su celular para marcarle a alguien.
Tomo mis cosas y me dirijo a mi auto. Enciendo la radio y una melodía melancólica comienza a sonar, una que me obliga a recordar demasiadas cosas. Mis manos aprietan con fuerza el volante hasta que los nudillos se vuelven blancos, el sudor recorre mi frente. Las notas que salen de la radio se transforman poco a poco en risas pequeñas y distantes que me arrullan.
El viento entra por las ventanas, enfriando cada articulación de mi cuerpo. El sudor que se evapora se convierte en temblores y espasmos. Un aroma a perfume demasiado dulce invade el aire, provocándome náuseas. Entonces, una luz encandila mis ojos y me obliga a cerrarlos de manera instintiva.
Freno de manera abrupta, solo para apagar el auto y salir a pasos lentos.
—Por fin —es lo único que sale de mí cuando cierro la puerta de mi departamento.
La oscuridad abraza cada rincón del lugar y, como si me lo supiera de memoria, me adentro en él sin encender ningún interruptor. Me quito la ropa y entro al baño, el agua fría cae sobre mi cuerpo y me hace querer quedarme ahí para siempre.
Lo único que mis manos alcanzan es una bata, que me pongo tan rápido como mi cuerpo congelado me lo permite. Avanzo de forma automática hasta llegar a la cama y me acurruco, como si fuera un niño. El silencio reina y, al mismo tiempo, mis ojos no resisten más y caen rendidos.
Las voces llenan el lugar: risas, murmullos, ruidos que aturden por momentos. Mis ojos recorren cada rostro que pasa a mi alrededor. Mis pensamientos fluyen hacia esa imagen que permanece ahí… si tan solo hubiera tenido más tiempo, tal vez ahora no te estaría recordando.
—¡Norman! —una voz me hace regresar de mis pensamientos.
—Daniel… lo siento, estoy un poco distraído. ¿Qué ocurre? —mis pasos, ligeramente más lentos, son la única distancia que existe entre nosotros.
—Ya vamos a la sala del director. ¿Dormiste bien anoche? Tienes unas ojeras muy marcadas —esa mirada… una que hasta el día de hoy no logro descifrar. ¿Lástima? ¿Preocupación?
—Oh, sí… bueno, ya sabes. Este caso se me hace un poco difícil y tal vez… mmm… otros días he estado mejor —una sonrisa ladeada es lo único que consigo.
Sus pasos se detienen y se coloca frente a mí. Sus labios, esos labios finos, parecen listos para soltar alguna palabra de angustia o comprensión por mi estado, cuando una voz ajena interrumpe abruptamente nuestra conversación.
—Disculpe, ¿usted es el detective Brow?
Una joven de unos veintitrés o veinticinco años se presenta ante nosotros. Su ropa es impecable: una falda ajustada, arriba de la rodilla, una blusa formal, sin un solo botón desabrochado, zapatos con el tacón justo. Su porte es recto, el cabello perfectamente recogido, sin un solo mechón fuera de lugar. No lleva maquillaje y luce una gran sonrisa que, si se observa con atención, delata lo muy practicada que está.
—Soy la secretaria del señor Davies. Un gusto.
—El gusto es mío. Soy el detective Daniel y él es mi compañero, Norman. Tenemos una—
—¿Una cita? —interrumpe—Sí, a la que llegan tarde, si me permiten decirlo. Por aquí, por favor.
Hace un gesto con la mano indicándonos que la sigamos.
—Cinco minutos solamente —susurra Daniel, y yo no puedo evitar soltar una pequeña risa.
La oficina del señor Davies se encuentra un poco alejada de la secretaría. Llegamos frente a una puerta alta, bastan tres toques para que nos dé permiso de entrar.
—Buenos días, detectives.