La Pieza

CAP VI.I GENRISON

El cuarto, a pesar de su gran tamaño, resulta asfixiante.

—Buenos días, director Davies. Espero que nuestro retraso no haya sido inoportuno, había un poco de tráfico —Daniel es el primero en hablar, con una voz firme y segura de sí misma.

—Oh, no se preocupen. Me sorprendería un poco si no lo hubiera —una carcajada estalla en la habitación, como si lo que acaba de decir fuese el chiste del año— Por favor, siéntense. Tenemos mucho de qué hablar, ¿no es así?

Dos sillas reposan frente a su escritorio. Demasiado cómodas. Demasiado limpias. Demasiado nuevas.

Daniel no tarda en continuar la conversación.

—Como le comenté en la llamada que tuvimos apenas ayer, espero que podamos hablar a solas con su hijo sobre un asunto relacionado con la muerte de Adan. Le expliqué por teléfono las razones de esta decisión, pero vengo a aclararlas mejor en persona.

Ante estas palabras, el señor Davies comienza a moverse incómodo en su silla. Se acomoda el chaleco, pasa la mano por su cabello una y otra vez intentando arreglarlo. Su anillo, demasiado ajustado para el grosor de su dedo, lo aprieta con insistencia, dejando pequeñas manchas violáceas en la piel. Uñas mordidas. Un reloj que, a simple vista, delata su elevado precio, una elección hecha para ser notada. El sudor recorre sus palmas mientras no deja de moverlas.

—Sí, sí… creo que eso no será posible —responde— Miren, no me malinterpreten, pero mi hijo no tiene nada que ver con esa presunta muerte. Es solo un adolescente. Esos mensajes que dicen tener no son más que eso, mensajes de un adolescente.

Una actitud arrogante lo envuelve. Una sonrisa incómoda se dibuja en su rostro, intentando proyectar algo que claramente no es.

—No acepté esta “cita” para hablar de cómo pretenden interrogar a mi hijo con simples baratijas, sino de cómo van a hacer para que mi hijo no sea involucrado en esto nuevamente.

Daniel cruza las piernas y junta las manos. Se recarga por completo en la silla, con una expresión difícil de descifrar. Las palabras comienzan a salir con la naturalidad del aire.

—Mire, director Davies, la razón por la que le pedimos esta “cita” es para que esta interrogación sea más rápida y sin tanto enredo. Pero si no coopera como lo está haciendo en este momento, tendremos que abrir una carpeta formal para poder interrogar a su hijo, con o sin su autorización. Y créame, con la baratija de información que tenemos, esa carpeta se abrirá. Y no solo eso, la noticia de que usted es el padre de un posible asesino se esparcirá por toda esta ciudad.

Hace una breve pausa, apenas perceptible.

—Si lo hacemos de la manera que le proponemos, esta “gran noticia” quedará reducida a una simple charla, y nadie tendrá que enterarse. Así que dígame… ¿quiere tomar la primera opción o la segunda?

El silencio no tarda en instalarse en la habitación.

Los movimientos del señor Davies se vuelven cada vez más erráticos. Probablemente es la primera vez que alguien utiliza este tipo de tácticas contra él, su nerviosismo termina por inundar todo su ser. Las palabras de Daniel parecen tener un peso insoportable sobre sus hombros. Otra prueba de que su acto de intimidación no era más que una farsa.

Tal vez solo intentaba proteger a su hijo.
O tal vez tenía una reputación demasiado grande que mantener.

Con un gran suspiro, todo el acto del señor Davies se desvaneció abruptamente, resignándose a seguir con ese papel.

—Que ninguna palabra de esto salga de aquí. Pueden interrogarlo en mi oficina, no hay cámaras ni nada… solo—titubeó un instante— mantengan la boca cerrada.

Una pequeña risa burlona se apoderó de mí. Todo ese acto barato montado por él me pareció estúpido, derrumbado con tan solo unas cuantas palabras.

—Gracias, director Davies, por su gran cooperación—dije, haciendo un énfasis exagerado en la última palabra.

Logré que Daniel volteara a verme con el ceño fruncido.

Las palabras entre ellos dos siguieron divagando. Las manecillas del reloj avanzaban con ellas, como si todo esto se tratara de un libro, las páginas volaban y yo permanecía estático, observando el polvo que se acumulaba en las repisas. Los pasos y las voces se escuchaban tras aquella gran puerta que nos separaba del cúmulo de mentiras y secretos que escapaban con cada sílaba humana.

Dispuestos a mentir por ser alguien, por lograr algo, por encajar, por intentar ser felices. Pero al final de todo —de cada intento, logro o fracaso— terminaban siendo nada. Un nombre en boca de todos que, con el paso de los años, se transforma en una simple lápida a los pies de los demás. Huesos sin significado alguno.

Tal vez tu legado sea una historia.
Una historia que terminará siendo aburrimiento para unos y conocimiento para los solitarios. Y por más que intentes que tus mentiras lleguen al arrepentimiento, no lo harán. Una mentira tan elaborada que una verdad increíble nunca llegará a convertirse en pena.

Un fuerte sonido de una campana me sobresalta, haciéndome mover en la silla y captar la mirada de Daniel. Con un simple suspiro, se gira hacia mí.

—Norman, en unos momentos vendrá Genrison. Su padre fue por él a su salón, no creo que tarden.

—Lo siento…

—¿Por qué? —su sonrisa, disfrazada de curiosidad, me hace encorvarme un poco.

—Me volví a perder en mis pensamientos. Yo… no sé qué me ha pasado estos días, ni siquiera me di cuenta de cuándo salió el señor Davies. —mis manos van a mi rostro y froto mis ojos con tanta fuerza que siento un leve dolor.

—Bueno, creo que sí me percaté de eso, pero sé que en la “charla” que tendremos con Genrison no te perderás en tu gran mente.

Sus manos toman las mías y me regala esa pequeña sonrisa que, lejos de tranquilizarme, me hace sentir intranquilo.

Los minutos pasan y la puerta se abre de golpe, dejando ver al señor Davies junto a un joven.

Es alto, de complexión delgada, cabello castaño claro. Sus ojos, a primera vista color miel, cuanto más los miras se transforman en un tono tan oscuro que casi puedes ver tu propio reflejo en ellos. Unas ojeras adornan su rostro, sus labios, tan resecos, dejan ver pequeñas manchas de sangre. Viste ropa ajustada, hecha exactamente para él, la corbata bien colocada, las mangas abotonadas, el chaleco sin una sola arruga. Los zapatos parecen nuevos, aunque la suela delata lo contrario.




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