—Él es mi compañero, Norman —dice Daniel.
Una pausa silenciosa se extiende mientras su mirada vacía y la mía se cruzan. Le ofrezco una sonrisa y un saludo breve, parece encantado con ese mínimo gesto.
—Supongo que tu padre ya te comentó lo que haremos, pero si no es así… —Daniel lo mira, esperando alguna confirmación.
Genrison permanece callado, sin apartar los ojos de mí.
—Bueno, supongo que no. Mi compañero y yo tendremos una charla contigo. Queremos hacerte unas simples preguntas y esperamos que respondas con toda sinceridad.
El silencio vuelve a envolver la oficina durante largos minutos.
—Bien… —murmura al final.
—Creo que yo me iré —interviene el señor Davies—Genrison, por favor responde todo para que esto termine lo más rápido posible. Estaré con mi secretaria por cualquier cosa.
Le lanza una última mirada de ¿aprecio o desprecio? a su hijo y se marcha.
El sonido de la puerta al cerrarse marca el verdadero inicio de esta “charla”.
—Bueno, Genrison, ¿puedo llamarte así?—Daniel señala los sillones que adornan la oficina.
Como si se tratara de un baile ensayado, el joven Davies y yo avanzamos y nos sentamos al mismo tiempo, exactamente en la misma posición: pies cruzados, manos entrelazadas. Sus ojos no se apartan de mí ni un segundo, copiando cada mínima expresión que mi rostro deja escapar.
—Sí…
—¿Sabes por qué queremos hablar contigo?
—Sí…
—Muy bien, Genrison. Entonces, ¿puedo preguntar si conoces a Adan?
—¿Qué? —por fin aparta la mirada de mí y la posa en Daniel, abriendo los ojos con sorpresa ante la pregunta.
—Sabemos que tú y Adan tenían una relación complicada, ¿eso es cierto?
Sus manos hacen pequeños y ligeros movimientos, como si tocara algo invisible. Su mente comienza a divagar, mueve un poco la boca, susurrando palabras inaudibles.
—¿Ustedes eran conocidos? —Daniel se percata rápidamente de que Genrison ya no está del todo presente— ¿Amigos?
—Amigos… —su mente parece regresar, un destello de vida se asoma en él— No, no lo éramos.
Endereza la postura, fingiendo una compostura que aparenta tener todo bajo control. Sus ojos desbordan un brillo extraño, como si hablar de Adan le devolviera algo. No, no era vida… era otra cosa, algo más podrido en su interior. Su mano tiembla sin parar, al ritmo de su respiración. Si se eliminara todo el ruido y solo quedaran esos dos sonidos —la respiración agitada y los espasmos— de ahí surgiría una melodía grandiosa, inquietantemente bella.
—¿Es por lo de su muerte? —añade— No tengo nada que ver con eso.
—Genrison, leímos los mensajes. —su mirada vuelve a chocar con la mía. Mis palabras lo alteran otra vez, puedo verlo. Puedo ver cómo, con solo un chasquido, podría estallar. Esa personalidad muerta que intenta sostener oculta algo mucho más impulsivo— Dime, ¿por qué esos mensajes? Parece que le tenías un odio muy grande… ¿qué te hizo Adan, Genrison?
Y ahí está de nuevo. Ese brillo en sus ojos que no logro descifrar al instante.
—¿Por qué siguen investigando? —su boca habla más rápido que su mente y, apenas suelta esas palabras, el arrepentimiento se le dibuja en el rostro— Solo… miren, sé que hice mal en enviar esos mensajes, pero él…
—¿Él qué, Genrison? —me inclino hacia adelante, cerrando el espacio, volviendo esta conversación solo entre nosotros dos, como si Daniel no existiera.
—Él era alguien retorcido, lo digo en serio. Siempre aparentando… con simples palabras tenía a todos a sus pies… —sus ojos no se apartan de los míos ni un segundo, como si intentara, con todas sus fuerzas, que le creyera— Él está muerto y eso… —una pausa se abre paso, su rostro se tensa en una mueca, reprimiendo algo que quiere salir— Yo… no hice nada de lo que piensan. Nada de lo que escribí… no lo mataría.
—Genrison… —su nombre sale de mí como un susurro, uno que desborda tranquilidad— Quiero creerte, en serio, pero… ¿por qué esos mensajes?
—Tú no sabes lo que he tenido que pasar por su culpa.
—Entonces házmelo saber —digo con calma— Déjame ayudarte, Genrison. En serio quiero hacerlo. Solo queremos saber que hacías el viernes entre las 10pm a las 12am
Mis manos se extienden frente a él, mostrándome como un libro abierto, sin secretos, sin mentiras. Indicándole que todo lo que digo es verdad… una verdad cuidadosamente construida.
—¿Por qué confiaría en ti? —su voz tiembla, nerviosa incluso de haber formulado la pregunta.
—Porque soy tu única opción, Genrison. Lo somos.
Mi mirada se desliza hasta Daniel, él permanece erguido en el sillón, inmóvil, sin intervenir, como si supiera que este momento no le pertenece.
—¿Lo son?
—Sí. Creemos en tu inocencia, Genrison, pero los de afuera no lo harán. Danos algo. Evidencia que justifique lo que siento, que justifique por qué estamos haciendo esto en privado, sin una orden. Dame algo que me haga saber que no lo estamos haciendo mal… que no está mal creer en ti.
Tanta mentira disfrazada de verdad me provoca náuseas.
Todo en él empieza a tranquilizarse, pero ahí sigue ese brillo en sus ojos. Un brillo que sabe resguardar muy bien, un entusiasmo inquietante por la situación, como si en lugar de estar preocupado por todo esto… lo amara.
—Ajedrez… me gusta el ajedrez —dice.
Sus manos vuelven a hacer esos movimientos repetitivos y ahora lo entiendo, su mente no está aquí. Imagina un tablero. Peones, caballos, alfiles, torres, reyes y reinas se apoderan de mi campo de visión. Su mente empieza a enredarse con la mía— La escuela siempre está abierta… o bueno, el club de ajedrez lo está. Se mantiene un registro de entrada y salida de quienes van. Yo siempre voy, ahí pueden ver a qué hora ingreso y a qué hora salgo.
—¿Hay cámaras, de casualidad? —Daniel se apresura a preguntar.
—No…
—Mira, Genrison, queremos creerte y lo hacemos, pero esa coartada no sirve de mucho a menos que tengas un testigo.