Una sonrisa se dibuja en su rostro, tan exageradamente real que termina volviéndose falsa.
—Yonathan… —su nombre resuena en mis labios con un disgusto que no intento ocultar, se refleja sin esfuerzo en mi expresión. Un nombre asqueroso— ¿Él estuvo contigo el viernes pasado?
—Sí…
—Genrison, ¿él estuvo contigo? —mi mirada se vuelve interrogativa.
—S… sí, él estuvo conmigo ese día. Pueden ir a preguntarle —aunque sus ojos seguían posados en mí, el sudor comenzaba a recorrer su frente y sus manos ya no se movían sobre las piezas imaginarias, ahora se frotaban frenéticas entre sí.
Le di otra oportunidad.
—Sabes muy bien que si esto llegara a ser falso tendría muchas consecuencias, ¿o no, Genrison? Este es el momento de decir la verdad. Creo en ti y en tu inocencia, pero en serio tienes que demostrarlo mejor.
La saliva baja con dificultad por su garganta. Sus dedos se entrelazan con fuerza, sus dientes se entierran en su labio inferior, soltando pequeñas gotas rojas.
—Él estuvo conmigo —repite— Ya le dije que si no me cree, hable con él.
Él ya había tomado una decisión.
Mi paciencia se terminó.
—Genrison, hay un mensaje que todavía no cuadra en todo esto.
Sus ojos se entrecierran y, en lugar de contestar, espera a que continúe.
—¿Sabes cómo murió Adan?
Mi pregunta lo sobresalta. Se mueve incómodo en su lugar… pero sigue sin apartar su mirada de la mía.
Me quedo en silencio, esperando a que responda. Algo que dura.
—No…
Daniel parece un poco confundido por la forma en que llevo la conversación.
—Murió asfixiado —una sonrisa sin ningún sentimiento se apodera de mí.
Los recuerdos se vuelven fugaces.
El miedo empieza a hacerse presente en Genrison. El silencio de la habitación se expande cada vez más, las respiraciones pesan, su respiración se vuelve fuerte y temblorosa. Mira mi boca, esperando que cualquier palabra salga de ella, esperando cualquier cosa. Su imaginación vuela por todos los escenarios posibles, prepara respuestas con anticipación y, cuando por fin ve mis labios moverse, sus manos se tensan, su cuerpo se vuelve roca, su respiración se detiene de golpe.
—¿Sabes con qué se asfixió?
Como si lo que acabo de decir fuera una broma, una risa diminuta se escapa de mis labios tan rápido que el rostro frente a mí no alcanza a formular ninguna expresión.
—N… no.
—Con una pieza de ajedrez. Una hermosa y dorada pieza de ajedrez.
Daniel suelta un suspiro y se frota la mano por los ojos.
—¿Dorada?
No me pude contener. Ahora una risa más fuerte salió de mí. El asombro por lo que acababa de decir Genrison me había tomado desprevenido.
“Dorada” fue lo único que le preocupó.
Lo único a lo que le dio importancia.
Lo único que realmente le interesó.
Lo único por lo que su preocupación fue genuina y no solo una fachada de emociones que no llegó a sentir en todo el tiempo que estuve hablando con él.
Y al fin lo entendí.
Ese brillo en sus ojos no era algo banal, sino la demostración de que toda esta estúpida conversación ya había sido planeada en su mente. Moviendo los peones, convirtiendo todo esto en un simple tablero. Él ya sabía qué decir ante cualquier pregunta que Daniel o yo hiciéramos, fingiendo emociones que en ningún momento aparecieron.
Lo sabía.
Su imaginación era mucho más grande de lo que había creído, y parecía que lo único que no pudo ofrecerle escenarios, lo único que no pudo predecir… fue una pieza de ajedrez de color dorado.
Me resultó gracioso. Demasiado, incluso.
Era demasiado brillante.
Demasiado inteligente.
Un rastro de preocupación empezó a esparcirse por todo mi ser.
—Sí, dorada.
—¿Cómo es? ¿Pueden enseñármela? —se levantó repentinamente del sillón y comenzó a caminar por toda la sala, moviendo las manos— ¿De qué tamaño era? ¿Qué pieza era? ¿Era completamente dorada? ¿Tenía algo marcado?
—¿En serio? ¿Eso es lo único que te preocupa? —las palabras de Daniel estaban cargadas de incredulidad ante la actitud de Genrison.
Lo volteó a ver unos segundos, solo para ignorarlo drásticamente y continuar.
—¿Era más grande que el promedio? Solo muéstrenmela —su mirada chocó con la mía, desbordando ira, y eso era suficiente para mí.
Esa emoción parecía ser la única sincera de todo este día, y no perdería esta oportunidad.
Un sentimiento empezó a arder dentro de mí.
—No lo sé, ¿por qué te lo diría? —me encogí de hombros, me estiré un poco y me recargué por completo en el sillón.
—No vaciles conmigo —su enojo comenzó a intensificarse, sus dientes mordían su labio con más fuerza que antes, y la sangre ya era visible— Enséñenmela.
—No. Aunque, con la descripción que nos diste, parece que conoces muy bien esa pieza… ¿es tuya? —sus pies avanzaron en mi dirección— Oh… ¿no será la que perdiste?—mi mano fue a mi boca y mi rostro adoptó una expresión de sorpresa exagerada.
—Es mía, devuélvanla —llegó hasta mí y se quedó de pie a mi lado. Podía sentir su mirada carcomiéndome por completo.
—No lo es. Es evidencia de un asesinato.
—Mis cosas son de mi propiedad —su ira era cada vez más evidente. Solo necesitaba un poco más.
—Y no sé… tal vez deberías plantearte que
puede no ser tuya —mi sonrisa se ensanchó.
—Norman—
—Ahora no, Daniel.
—Demasiadas coincidencias para que no lo sea. Démela —su mano se estira, quedando justo frente a mi mirada.
—No la tengo. ¿Por qué traería conmigo algo que no es mío?
—No juegues. Quiero mi pieza de ajedrez ahora —y al fin, ya no es solo ira, es odio. Odio hacia mí, hacia todos… hacia él mismo.
—Sé que guardas algo, tienes un pequeño secreto que necesito saber. Dímelo y te doy la pieza —mi lenguaje se mantiene neutro, casi aburrido.
—¿En serio? —el tono es de incredulidad. Se gira hacia Daniel, pero él solo lo observa y deja escapar una pequeña sonrisa. Eso basta para que su rostro se torne rojo por la ira que contiene— No tengo nada que darte.