—Oh… Yonathan entra en la ecuación otra vez —una sonrisa de burla se dibuja en mi rostro— ¿Él en serio es tu testigo? —lo cuestiono— Pero ¿por qué nos das esto si me dices que estuvo contigo el día de la muerte de Adan? De nada me sirve lo que acabas de decir. Así que te vuelvo a preguntar, ¿estuvo contigo ese día?
Sus ojos se clavan en los míos. Eso basta como confirmación de lo que buscaba.
—Eso también te pone en un aprieto a ti, Genrison, ¿no lo crees? ¿Por qué mentir con eso? —observo su lenguaje corporal, ninguna mentira parece envolverlo… ¿o sí?— ¿Es él el asesino? ¿O lo eres tú? Dímelo, Genrison, ahora es el momento.
Sigue sin responder. O eso parece, porque su mirada me da todas las respuestas.
—Lo estás encubriendo, ¿no es así?
Su cuerpo se tensa al oír esas palabras.
—No. Él no lo mató, y yo tampoco.
Aunque parece nervioso, no logro encontrar un solo indicio de falsedad en lo que dice, y eso me inquieta aún más.
—Bien —respondo.
Ahora tengo a dos sospechosos, y eso es suficiente.
—Ya que no dirás nada más útil, creo que es momento de irnos.
Daniel asiente en silencio.
—Mi pieza.
Cierto, ese asunto se me olvidaba. Simplemente lo ignoro.
Genrison me mira unos segundos antes de volver a preguntar, ahora claramente enojado.
—¿Mi pieza? —su mano sigue elevada frente a mí.
—Oh, sí… eso —un pequeño lamento se escapa de mis labios, acompañado de una expresión ensayada de tristeza— Lo siento, Genrison, creo que no podré dártela.
—¿Qué? ¡T… tú me engañaste! —retrocede un par de pasos solo para volver a plantarse frente a mí, sus brazos se abren, exigiendo una explicación.
—En ningún momento te engañe.
Daniel permanece a mi lado, observando toda la escena con esa ligera sonrisa que ya le conozco.
—¡Sí lo haces! Me dices que me darías la pieza si te decía lo que sabía —su voz se eleva, la furia ya sin control— No puedes engañarme.
Su reclamo se intensifica, pero no tengo el tiempo —ni la paciencia— para escucharlo.
—Mira —un suspiro se escapa de mi boca— En primer lugar, no me dices todo lo que sabes, eso rompe el pacto. Y en segundo, te dije que esa pieza no es mía. ¿Cómo podría darte algo que no me pertenece?
Su rostro parece arder con mis palabras, como si él mismo se castigara por dentro por haber omitido aquello.
—No puedes mentirme así.
La situación se vuelve casi graciosa, pero no tardo en entender por qué reacciona de esta manera. Él, desde el momento en que entra a esta habitación, tiene todo bajo control: finge emociones, construye una personalidad adecuada para la escena, predice preguntas y ensaya respuestas. Mueve sus piezas a la perfección… o eso cree. Todo se viene abajo y ahora está aquí, incapaz de controlar sus emociones, frustrado por haber perdido el dominio. Y la cereza del pastel es esa magnífica pieza, una pieza que claramente tiene un valor sentimental enorme en su vida.
Si no fuera así, ¿por qué todo esto?
Pero algo en él sigue haciéndome dudar. Algo mantiene ese escalofrío recorriéndome la espalda. Ese brillo que permanece clavado en sus ojos me inquieta… me preocupa.
Hay una pérdida en mi memoria que me hace temer.
—Gracias, Genrison. Corroboraremos tu coartada e investigaremos la nueva información que nos has dado. Creo que es momento de irnos, espero que puedas entenderlo. Tenemos muchas cosas que hacer y, si es necesario volver a tener esta charla, nos comunicaremos con tu padre.
Daniel se pone de pie, obligando a Genrison a apartarse de mí para que yo también pueda levantarme. Él no responde, permanece inmóvil, con la mirada fija en el suelo. Murmullos escapan de sus labios, sus manos se aprietan hasta volver sus nudillos más blancos que su propia piel. La impotencia se libera como aire denso, inundando toda la habitación.
Antes de salir, le pido a Daniel que me espere afuera.
—Genrison.
Mi voz parece aturdirlo, sus propios pensamientos lo están consumiendo.
—Te diré mi número de celular.
Sé exactamente que lo va a necesitar.
—Espero puedas aprenderlo de memoria… o ¿quieres que lo escriba?
Se voltea y me mira, expectante. Al fin sale de su mente para escucharme. Una mueca cruza su rostro, no quiere ningún papel con mi número. Se lo recito de memoria y puedo ver cómo, con cada dígito que sale de mi boca, sus dedos se mueven siguiendo el ritmo.
Mi sorpresa no es tan grande. No porque me esté prestando atención, sino porque realmente se está aprendiendo el número. Después de todo, parece muy dispuesto a seguir reclamando por la pieza… y qué mejor manera que por mensaje. Eso me ayudaría, ¿verdad?
Salgo del cuarto. Una sensación amarga recorre mi garganta. Ese sentimiento persiste muy dentro de mí y no logro entender por qué. Algo está mal… y no sé qué.
—¡Norman!
Una voz que reconozco perfectamente me arranca de mis pensamientos.
—Te estás perdiendo nuevamente.
No respondo. Solo empezamos a caminar. Su mirada regresa una y otra vez a la mía, esperando que diga algo, hasta que finalmente hablo.
—Lo siento… solo siento que algo no está bien. Genrison, él—
No logro describirlo. Esa espina se clava cada vez más profundo y hace que mis pensamientos vuelen en busca de una respuesta. Algo está yendo mal. Empiezo a reproducir en mi cabeza toda la conversación que tuvimos, cada expresión facial, cada movimiento de manos, cada gesto corporal. Todo.
Pero, por más que lo intento, no logro encontrar nada.
Esto empieza a carcomerme por dentro. Una pequeña angustia se planta en mí… ¿o es felicidad?