—Yo también lo noto, pero sinceramente no creo que sea el asesino. Tal vez oculte algo más, pero con la información que tenemos podemos avanzar el caso. Hablaremos con ese desgraciado. Sinceramente, no sé por qué no lo investigamos antes.
—Tal vez porque la información en su contra era nula, pero ahora tenemos algo que podemos usar a nuestro favor.
Mis ojos se desvían y se clavan en mis manos. Las observo durante unos minutos.
Este sentimiento no me gusta.
La charla termina ahí, pues vemos cómo la secretaria y el señor Davies se acercan a nosotros.
—¿Y? Mi hijo es inocente, ¿verdad?
Una sonrisa grande se dibuja en su rostro, esperando la respuesta.
—Lo sentimos, Director Davies, pero por el momento su hijo es un sospechoso.
Daniel se apresura a contestar y, justo en ese instante, toda sonrisa en su rostro se desvanece como nieve en verano.
—¿Qué?
Sus manos se frotan la frente.
—¿Por qué? Yo sé que mi hijo es inocente. Ustedes solo buscan culpar a alguien, ¿no es así?
La preocupación se apodera de él… pero no por su hijo, sino por sí mismo.
Repugnante, como todos aquí.
—Ocultar información y no tener una coartada sólida es más que suficiente, pero que un objeto suyo esté en la escena del crimen… eso lo supera todo.
Volteo rápidamente a ver a Daniel. Aunque esa última información podría ser cierta, no está confirmada, y la coartada —por débil que sea— sigue siendo una. Aun así, me mantengo en silencio, atento a cualquier reacción.
Son las únicas palabras que logra soltar. Veo cómo sus piernas flaquean y da unos pequeños pasos hacia atrás. El señor Davies está visiblemente mal, intentando asimilarlo todo.
—No… él n-no…
—Pero no se preocupe, Director. Esto no saldrá a la luz si usted nos ayuda en un pequeño asunto.
Asiento, respaldando lo que Daniel acaba de decir.
—¿E-en qué…?
—Hay otra persona con la que queremos tener una pequeña charla. Es alguien de este plantel. Alguien que usted conoce.
Su mirada se pierde por un instante.
—¿Lo conozco?
—Sí, y esperamos su total cooperación para poder “hablar” tranquilamente con este individuo. Es un poco sospechoso para el caso.
Como si se activara una doble personalidad, el señor Davies se recompone y sonríe con tal rapidez que por un momento me sorprende.
—Claro, estaría encantado de cooperar. Si pueden proporcionarme el nombre de esta persona, estaría fascinado de llevarlo a mi oficina para que tengan una charla agradable entre ustedes… claro, siempre y cuando ustedes mantengan muy bien guardado, ante el público, que mi hijo—Se aclara la garganta antes de continuar.
—…es sospechoso.
La última palabra sale en un susurro, como si temiera que alguien más pudiera escucharla.
—Le tenemos asegurado que esto no saldrá por ningún motivo. Usted lo sabe, nosotros lo sabemos, y eso es suficiente, ¿no lo cree?
La gran sonrisa de Daniel se ensancha mientras acerca su mano al señor Davies para estrecharla.
—Claro, claro —responde, aceptando el gesto— Ahora, ¿me podrían decir el nombre de la persona que ocupan?, si no es mucha molestia.
—El profesor Yonathan —dice Daniel sin titubear— Es con quien necesitamos hablar.
—Bien, me aseguraré de que mañana, a primera hora, puedan verlo. No tiene de qué preocuparse.
—Esperábamos charlar con él hoy —responde Daniel, manteniendo el control total de la conversación.
—Bueno, no creo que hoy sea prudente. El profesor Yonathan tiene muchos asuntos que atender y no hay nadie que pueda cubrirlo —dice, esbozando una sonrisa que no llega a los ojos— Pero mañana me aseguraré de que sí haya alguien disponible.
Sin esperar respuesta, nos dirige una última sonrisa y se aleja a pasos apresurados hacia su oficina, acompañado de su secretaria, cuya presencia había olvidado por completo hasta ahora.
—No duramos mucho —dice Daniel— Todavía queda gran parte del día.
Que todo termine tan pronto solo significa una cosa, tengo que volver al departamento… y no quiero.
—¿Qué tal si vamos a comer? —continúa—. He tenido antojo de hamburguesas desde ayer y vi un puesto cerca. Pedimos unas y las comemos en mi carro.
Daniel me mira, esperando una respuesta.
Y yo solo puedo sentir alivio al saber que no tendré que estar solo en ese lugar oscuro.
Ese lugar que me obliga a reflexionar sobre mis acciones.
El camino hacia su auto está un poco retirado y, por cada paso que damos, me entierro más en mi mente. Puedo ver cómo Daniel mueve la boca, pero el sonido no llega a mis oídos. El fondo del lugar se vuelve borroso ante mis ojos. Mis pensamientos empiezan a roer mi interior.
Mis entrañas duelen.
Mis costillas se contraen.
El dolor en mis muñecas se vuelve cada vez más vívido.
Los moretones que aparecen sin ninguna razón aparente.
Mis zapatos, que parecen una talla menos de la mía.
El calor inexistente del lugar que aun así me hace arder.
Todo gira alrededor de una sola cosa, Adan.
Tal vez no sea capaz de superarte…
como un hijo para mí.
—Llegamos. Será mejor que nos apresuremos al lugar, escuché que son muy buenas y no quiero que se agoten —la voz de Daniel, junto con el sonido del auto, me devuelve al presente.
—Estoy ansioso por probarlas —sonrío y me subo al carro.
—Yo igual, se me hace agua la boca.
El auto arranca.
Los asientos cálidos, la radio encendida, las ventanas un poco abiertas solo para refrescar lo suficiente… todo me lleva a ese día. Escuchar su risa, cómo no se conformaba con la música que salía de la bocina y la cambiaba cada que podía. Las respuestas que dio a las preguntas que hice me hacen entender el sentimiento que me trituraba por dentro…
Y eso me calma.
—Bien, ya regresé. Aquí está la tuya —Daniel me mira a los ojos, sorprendido al notar que no me doy cuenta ni cuándo llegamos ni cuándo baja— ¿Todavía sigues sumergido en tu palacio mental?