Las horas pasan volando. No sé en qué momento llego a mi departamento ni en qué momento me baño, pero ahora estoy tumbado en mi cama mirando el techo. Las pastillas para dormir que tomé hace unos momentos empiezan a hacer efecto. No sé cuándo las compré ni cuándo las tomé, solo sé que el sueño se apodera de mí.
Mi alarma suena exactamente a las 5 a.m. Me levanto como puedo, todo mi cuerpo pesa. Me meto a bañar y abro únicamente la llave de agua fría, eso me ayuda a despertar mejor y calma un poco el dolor de mi cuerpo. Salgo y me miro al espejo, mis ojeras son cada vez más pronunciadas. Me envuelvo en la toalla y salgo temblando hacia mi cuarto, paso de largo la cocina y me preparo un café.
Y ahí estoy, sentado en una silla poco cómoda, simplemente envuelto en una tela blanca que absorbe el agua que escurre por mi cuerpo. Tomo una taza de café, al contacto con mi boca mi lengua se contrae por lo caliente que está, quema mi garganta al pasar y disipa el frío que se apodera de mí.
Una sombra pasa frente a mis ojos.
El miedo no aparece.
Lo único que hago es verla.
Una mancha negra en lo más lejano de la pequeña habitación.
Un sonido me hace voltear y la pierdo de vista.
Mi alarma vuelve a sonar.
Ya son las 6 a.m.
Ocupo vestirme.
Una bocina sonando me hace asomarme por la ventana y veo a Daniel afuera de mi
departamento. Me dirijo a la puerta y la abro.
—¿Qué haces aquí?
Salgo a la entrada, mis pies empiezan a enfriarse y eso me recuerda que no tengo zapatos.
—Vine a recogerte. Me preocupé de que tus pensamientos te consumieran por milésima vez y llegaras tarde.
Suelto un suspiro y luego grito.
—¡Solo me faltan los zapatos, ya vuelvo!
Salgo del departamento, cierro con llave y camino hacia el auto de Daniel.
—No tenías que venir por mí.
—Pero lo hice, así que no puedes decirme nada.
Su gran sonrisa me contagia y durante todo el camino logro relajarme. Estar con él me hace sentir seguro.
Llegamos a la escuela, faltan veinte minutos para que empiecen las clases. Nos encontramos en la oficina del director hablando sobre lo que pasará a continuación.
—Solo espero que esta vez no se me excluya de este interrogatorio, Norman.
—Lo siento, tu presencia no es tan fuerte como para notarla mientras hablo.
—Auch, eso dolió.
El silencio aparece. Nuestras miradas no se apartan en ningún momento. Puedo sentir la respiración de Daniel cerca de mi rostro, su pierna rozando la mía. Una corriente eléctrica parece recorrer todo mi cuerpo.
Unos toques en la puerta lo arruinan todo.
—Disculpen la demora.
El señor Davies entra con cautela a su oficina y justo detrás de él aparece ese hombre. Cabello café, pero a diferencia de la primera vez que lo vi, ahora está alborotado, lentes curvos, ropa que parece no haber sido lavada en días, al igual que él mismo.
—Él es el profesor Yonathan. Estará con ustedes respondiendo cualquier duda que tengan.
—Mucho gusto.
Extiende su mano, pero ni Daniel ni yo la tomamos, dejando el ambiente incómodo.
—El director Davies me comentó que al parecer tienen unas preguntas que hacerme, ¿no? Estaré encantado de responderlas, detectives.
Esa sonrisa… es la sonrisa más falsa que he visto en mi vida.
—Siéntese —ordena Daniel, señalando los sofás.
—Claro, claro.
Su mirada escanea todo el lugar. Observa detenidamente a mi compañero y luego a mí. Un suspiro de alivio pasa por mi cuerpo al darme cuenta de que no se acuerda de mí.
Todos nos sentamos y con eso damos inicio a esto.
—Bien, profesor Yonathan, al parecer ya sabe por lo que vinimos, ¿no es así?
—Bueno, no sé exactamente la razón, pero puedo imaginármela.
Esa sonrisa que mantiene es asquerosa.
—Oh, entonces dígame —Daniel cruza las piernas con calma, esperando— ¿por qué cree que está aquí?
—Es por Adan, ¿no?
Otra vez esa sonrisa ladeada aparece, como si tuviera el control de todo esto, como si estar aquí fuera su propia decisión, como si desde el principio lo hubiera esperado.
—Sí. ¿Puedo preguntar por qué lo sabe?
—En realidad, ya lo esperaba. Incluso se me hacía raro que tardaran tanto.
Daniel espera a que argumente lo que acaba de decir.
—Vamos, es normal que interroguen a los maestros después de un suicidio. Yo puedo decirles que no encontré ninguna acción que demostrara un comportamiento suicida en él. Era un alumno ejemplar, tanto que me entristece su partida.
—Eso sería así si esto fuera un suicidio, profesor Yonathan —responde Daniel sin cambiar el tono— pero no lo es.
Su sonrisa desaparece por unos segundos, apenas lo suficiente para notarlo, y luego vuelve a colocarse en su rostro.
—¿Qué está implicando?
—Adan no se suicidó —me introduzco rápidamente en el interrogatorio.
—¿No? —su sonrisa sigue ahí, pero puedo ver cómo poco a poco se debilita.
—Fue un asesinato —suelta Daniel.
—Entonces ahora estoy aún más afligido. Era un muy buen muchacho como para que alguien le hiciera algo así, ¿no lo creen? —su compostura se recompone y esa maldita sonrisa vuelve a su lugar— ¿Están aquí para que les diga si vi algo sospechoso? Si es así, no, no observé nada raro ese día.
Baja la cabeza y fija la mirada en sus manos, intentando demostrar tristeza por la situación.
—Siento no poder ayudarlos más. Ahora, si me disculpan, tengo clases que dar.
Antes de que siquiera pueda levantarse, interrumpo su lamentable huida.
—Al parecer no está entendiendo la situación, profesor Yonathan. No estamos buscando información sobre si vio o no algo relevante.
Mis palabras parecen suficientes para hacerlo reaccionar, pero decide engañarse a sí mismo y fingir ignorancia.
—¿Y qué están buscando exactamente? —su voz se vuelve tambaleante.
—A un culpable.
Un temblor recorre todo su cuerpo, estira los hombros hacia atrás, buscando compostura.