—Entonces, si no lo hizo, denos su coartada.
—Estuve en el club de ajedrez todo el día, hasta alrededor de las once y media de la noche. Tenía un juego el sábado y estaba practicando. Un alumno puede testificarlo, estuvo conmigo alrededor de las diez y se fue pasadas las once. Al igual que yo, tenía un juego el sábado.
Hace una breve pausa, como si estuviera siguiendo un guión perfectamente ensayado.
—Soy el representante del club, así que mayormente me la paso allí. Tenemos un control de entrada y salida del club, pueden revisarlo y saldrán nuestros nombres con la hora exacta en que entramos y nos marchamos.
Cada palabra sale de su boca como si la hubiera memorizado.
—¿Es así? ¿Y cómo sabremos que ese control no puede modificarse? —Daniel mira directamente a Yonathan. Él no tarda en desviar la mirada.
—Sí se podría, pero tengo un testigo. Él puede decirles si estuve ahí o no —habla como si ya supiera que tenemos conocimiento de esa persona, como si supiera que ya hablamos con él de antemano.
—¿Hablas de Genrison? —ladeo ligeramente la cabeza.
—Sí, exactamente él. ¿Ya lo conocían?—mentira tras mentira sale de su boca. Hablar con él es como hablar con un mitómano.
—Sí, justo él nos dio la misma coartada. Interesante, ¿no lo crees?
—Bueno, eso demostraría que yo no maté a Adan, así que creo que ya es hora de que me vaya—
Daniel lo interrumpe de inmediato.
—Entonces háblanos de la pelea que tuviste con Adan. Es algo que realmente queremos aclarar.
—¿Qué? —sus ojos se abren de golpe. Su rostro palidece y la fuerza abandona sus piernas, ya estaba de pie cuando se deja caer otra vez en el sofá— ¿Q… qué pelea?
—Por favor, Yonathan, ¿en serio pensabas que no lo sabríamos? —una gran sonrisa se dibuja en mi rostro, pero no es felicidad por haber encontrado un punto débil, es lástima. Dios… su cara da tanta pena que ni burlarme serviría.
—Yo no peleé con él —su voz suena inestable, rota. El intento de mentira es tan absurdo que ni siquiera sirve para eso— No tienen forma de demostrarlo.
—Ah… en serio pensé que eras más inteligente, pero veo que no —su expresión, tan ofendida por el comentario, me da toda la razón— ¿Crees que hablaríamos de eso si no tuviéramos un testigo que te vio discutir con él a la salida?
—N… no lo tienen —todo en él me provoca disgusto.
—Genrison —suelta Daniel.
Lo miro de inmediato, según lo planeado, no debíamos revelar el nombre del informante, pero parece que ya no importa.
—¿Te suena?
Yonathan queda inmóvil en su asiento. Su postura recta se desmorona, encorvándose más de lo que parece posible. Su piel, ya pálida, se vuelve tan blanca que puedo ver el recorrido de sus venas. Sus ojos se nublan ante la declaración. Lleva las manos a su rostro, mueve la cabeza de un lado a otro, negando una acusación que, irónicamente, solo confirma lo verdadera que es.
—Él no lo hizo…
Las palabras se le escapan en sílabas sueltas, tan bajas que parece hablar consigo mismo. Esa mirada de desconfianza es justo lo que necesito. Ya empieza a sospechar si Genrison dijo algo más, si contó algo diferente. Sus ojos vuelan hacia mí, intentando descifrar algo.
Y se lo doy.
Entrecierro los ojos y dejo que una pequeña sonrisa se asome. Es suficiente.
Puedo ver cómo la duda se instala en su mente, cómo la pregunta se forma sin necesidad de palabras:
¿Acaso contó algo distinto? ¿Ya tienen una respuesta y solo se están burlando de mí?
Pero no es suficiente.
Aún falta más.
Más presión.
Más grietas.
Y esta vez, su confianza no va a sobrevivir.
—¿Por qué ocultar esto, Yonathan?—pregunto—. ¿Acaso quieres ocultar algo más? ¿Tu coartada es real?
Todo lo que pasa a continuación depende de él.
Genrison no nos dice con palabras si su coartada es falsa, así que todo se sostiene en una sola cosa, si el gran profesor cree que su alumno habló de más.
Si dice que su coartada es real, no podemos hacer mucho con eso. El caso se estanca.
Pero sé que eso no va a pasar.
Él va a decir lo contrario.
O al menos, eso espero.
Es obvio que va a delatarse. En su intento por salvarse, va a negar su propia coartada y a inventarse otra en cuestión de segundos. Eso es suficiente. Después de todo, la confianza lo es todo, y cuando se rompe, la traición llega sola.
O eso creí.
—Mi coartada es real —dice al fin— Mi pelea con Adan también lo es.
Levanta la mirada, ya no sonríe.
—La oculté porque lo creí oportuno. Ese día peleamos por un asunto de su familia. Hablamos de su madre, como ya deben saber, ella es… complicada. Intenté que hablara conmigo, que se desahogara. Sé que no debía meterme, pero le tenía mucho aprecio y pensé que intervenir era buena idea.
Hace una pausa breve, como si eligiera cada palabra.
—Se veía muy decaído ese día. Por eso lo hice. Pero ya saben cómo son los adolescentes… se enojó. Me dijo que me metiera en mis asuntos, que no lo molestara. Intenté disculparme por entrometerme, pero solo me gritó más y luego se fue.
Sus manos se aprietan.
—No lo dije desde un principio porque, en su memoria, intenté no mencionar algo que… bueno, sería inapropiado que otros supieran. Él siempre se reservó ese tipo de problemas, y sé que, aunque esté muerto, habría querido que siguiera siendo así.
Daniel y yo nos miramos durante un momento.
No tenemos forma de comprobarlo.
Genrison no está lo suficientemente cerca como para haber escuchado la conversación y, aunque la hubiera escuchado, sé que no lo diría a cambio de nada. No sé cómo actuar. Esto no se supone que pase así. Lo teníamos acorralado, él mismo debería enterrarse con sus palabras.
Pero no.
Su comportamiento, que hace un instante está a un minuto de desmayarse, ahora parece nuevo, recompuesto. Esa maldita sonrisa vuelve a aparecer en su rostro.
Todo está saliendo mal.
Mi plan está fallando.
Y no debería.