La Pieza

CAP VIII. JASON

La mirada acusatoria de Daniel se posa sobre mí. Intentar ocultarlo todo dentro de un cuerpo vacío me asfixia lentamente, pero es justo. Todo esto lo es. Siempre lo supe.

Desde el momento en que ese teléfono sonó, mi caída a ese agujero resultaría tan brillante que terminaría por iluminar todo lo que dejé enterrado atrás, solo para desaparecer.

Para existir con la culpa que empieza a carcomerme lentamente, de pies a cabeza, sin dejar nada más que carne podrida. Pero está bien. Siempre estuvo bien.

—¿Estás bien, Norman?

—Sí… solo—mis palabras se atascan en la garganta y me queman en el instante en que intento soltarlas.

—Norman, ¿estás bien? —su tono cambia de forma abrupta y siento el peso de cada palabra.

Él siempre sabe más de mí de lo que yo mismo creo saber.

—Cansado… y yo, yo solo pensé que sería diferente —aprieto mis manos por unos segundos— Pensé que este sentimiento sería distinto… tal vez no soy tan fuerte después de todo…

Daniel toma mi mano y la aprieta, obligándome a alzar la mirada hacia la suya.
Esos ojos que siempre parecen entenderme. Él lo entiende. Como siempre lo ha hecho.

—No tienes que encerrarlo todo dentro de ti, Norman. Sabes que siempre estaré aquí. Todo lo que te duela puedes dármelo a mí, y yo lo soportaré por ti.

Su agarre se intensifica y, por un momento, una punzada de dolor atraviesa mi mano.

—¿Y qué si no eres tan fuerte como pensabas? Para mí, tú siempre serás la estrella que no puedo alcanzar, la luz que ilumina todo a mi alrededor. No necesitas ser el más fuerte, porque para mí ya lo eres. Y creo que eso es suficiente para los dos, ¿no lo crees?

—Sí… —una sonrisa que tal vez no logro sentir se dibuja en mi rostro— No tengo que ser el más fuerte si tú estás conmigo, siempre ayudando, ¿o no, Daniel?

—Creo que ese siempre ha sido mi trabajo.

El aire que golpea mi cara al salir de la escuela se siente como una droga recorriendo mis venas. No la merezco. Es demasiado libre, demasiado puro.

—¿Y ahora qué se te ocurre?

—La verdad, esa conversación con el profesor Yonathan me deja agotado, aunque casi no participe otra vez.

—Participaste más que la última vez, ¿de qué te quejas?

Me detengo y lo miro.

—Pero, como te dije antes, tal vez no hablas tanto porque tu presencia es tan poco llamativa. No es mi culpa —admito con sinceridad.

Veo cómo su semblante cambia a indignación en cuestión de segundos.

—Pero ¿qué se le va a hacer? —me encojo de hombros y continúo caminando, dejándolo atrás.

No dura mucho. Rápidamente me alcanza.

—Mi presencia —corrige— siempre es muy deslumbrante. Tal vez ciega a todos y por eso se olvidan de mí.

Suelta un suspiro exageradamente dramático, cierra los ojos como si fuera a llorar, pero ninguna lágrima aparece.

—Tal vez… tal vez.

Las risas que surgían de vez en cuando mientras caminábamos se sentían tan lejanas, y en lo más profundo de mí sabía que Daniel tenía más preguntas. Al ver sus ojos, al notar esa curiosidad, sentía un temblor recorrerme.

Lo que había pasado en esa sala, en mi mente, en ese momento tan poco satisfactorio para mí, era algo que Daniel no iba a dejar pasar tan fácilmente. Pero tal vez, por ahora, fingiría no saberlo.

Antes de entrar al carro, pude ver a Yonathan caminando apresuradamente hacia su auto. El miedo, la ira y la frustración lo envolvían, aferrándose a él como si no quisieran soltarlo. Lo seguí con la mirada hasta que lo perdí de vista. Sin más que hacer, me subí al auto y nos fuimos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.