La Pieza

CAP VIII.I JASON

*YONATHAN*

La ira crece cada vez más en mí.

¿Cómo es posible que Genrison les cuente eso a los estúpidos detectives? ¿Cómo es posible que mi Genrison lo haya hecho? Es imposible. Seguramente solo lo hacen para hacerme enojar, para hacerme hablar.

Los iba a matar. En serio quería hacerlo.

Salgo de mi auto a toda prisa y, torpemente, me dirijo a la puerta, tocándola con toda la fuerza que puedo. Mi mano empieza a hormiguear, pero no me importa. Antes de poder dar otro golpe, la puerta se abre de manera brusca y puedo verlo.

Esa cara seria.

Esos ojos que, si los miras con suficiente detenimiento, pueden verlo todo de ti. Todo.

—Genrison—su nombre sale de mi boca como una súplica.

—Profesor, ¿qué ocurre?—sus ojos se ven tan preocupados, tan inocentes, que toda la ira que traigo se esfuma. Puedo sentir cómo mi corazón se calienta antes de abrazarlo y entrar a la casa, cerrando la puerta a mi paso—. ¿Profesor?

—Genrison, Dios…—mis manos no pueden soltar sus delgados brazos—. Los malditos detectives me interrogaron. Piensan que tengo algo que ver con la muerte de Adan. Es increíble, ¿no lo crees?

—Oh…—se aparta de mí, dejando un pequeño vacío que no puedo soportar—. ¿No tienes nada que ver?

Su mirada interrogativa me parece tan tierna que no le doy más vueltas a sus palabras.

—Claro que no. ¿Por qué lo haría?—mi voz intenta sonar tranquila—. Sabes lo que significaba Adan para mí, ¿verdad? Fue una pena lo que pasó.

Mis manos tocan su mejilla, la acarician con lentitud.

—Pero ellos me comentaron algo que no puede ser cierto.

Tan solo recordarlo hace que apriete la mano que ahora descansa en su cuello, arrancándole un leve quejido.

—¿Qué comentaron?—sus ojos se vuelven expectantes, algo indescifrable se refleja en ellos.

—Que al parecer viste que Adan y yo tuvimos un pequeño desacuerdo en la escuela. Es mentira, ¿verdad?—inclino un poco la cabeza—. Tú nunca dirías nada sin consultarme.

Su mano aparta la mía de su cuello con un movimiento tranquilo. No responde.

—No dirías algo que nunca viste, porque si hubieras estado ahí yo lo sabría—mi voz se vuelve más baja—. Tú nunca me ocultas nada, Genrison. Nunca lo harías.

El silencio empieza a hacer arder mi sangre. Mis manos se cierran con fuerza, los nudillos se vuelven blancos.

—Genrison…

—Lo hice. Les dije eso.—me mira de frente—. ¿Por qué? ¿Estás enojado por eso?

Algo estalla dentro de mí, mis ojos comienzan a nublarse.

—Necesitaba algo que ellos tenían—continúa—, algo que tú conoces bien…

—Genrison.

—Por eso se los dije. No veo el problema. ¿Tú sí?

Su indiferencia hace que lo tome del cabello y lo sujete con fuerza.

—¿Qué demonios te pas…?

—¿Cuántas veces te he dicho que no te metas en lo que no te incumbe? —mi voz sale como un susurro—. Por tu maldita culpa ahora soy un sospechoso. ¿Sabes qué va a pasar si eso sale a la luz, eh? ¿Qué me hará? ¿Qué nos hará?

Lo agarro con todas mis fuerzas y luego lo suelto de manera brusca, tirándolo al suelo. Ni un solo sonido sale de su boca, y eso solo consigue enfurecerme más.

—No eres nadie, Genrison, para hablar. No eres nadie en esto. No eres un niño para darte la libertad de hacer lo que se te plazca. Métete en la cabeza que no eres nadie sin mí. Yo te hice especial y ahora perderás ese privilegio… el privilegio de ser visto por mí.

Me agarro el rostro con fuerza.

Él sigue tirado en el piso, sin moverse, con la cabeza agachada y la mirada fija en sus manos. De esa forma no puedo ver sus lágrimas. Mis ojos se desvían hacia sus rodillas, el golpe seguramente le dejará moretones.

—No te permito volver al club de ajedrez hasta que medites sobre tus acciones. Y cuando lo hagas, no te vuelvas a aparecer frente a mí. Has roto mi confianza.

Camino a pasos fuertes hacia la salida. Todo es increíble. Quiero darme la vuelta, quiero hacerlo desaparecer de mi vida para siempre. Ser yo quien decida su destino me parece, en este momento, lo justo. Después de todo lo que hice por él, ¿así es como me paga?

Abro la puerta con calma, alguien podría ver. Justo antes de cerrarla, me digno a mirarlo una última vez. No sé si mi mente me traiciona, pero creo ver una pequeña sonrisa en su rostro.

Sin más, me marcho de ese maldito lugar sin volver la vista atrás.

*

Al llegar a nuestra oficina, cada uno se sienta en su lugar, buscando pistas que parecen esfumarse mientras más indagamos.

Puedo verlo, su paciencia comienza a agotarse al no encontrar nada. Me levanto con calma de mi silla y camino a pasos lentos hacia él. Mi presencia no tarda en hacerse notar, gira para verme al instante.

—¿Qué ocurre, Norman?

—Te ves cansado. Tal vez deberías dormir un poco, yo me ocuparé de seguir investigando —intento mostrar una sonrisa sincera al decir esas palabras—. Si encuentro algo interesante, te despertaré, no te preocupes.

—Lo aprecio mucho, pero es demasiada carga solo para ti. Además, ya estoy un poco acostumbrado a este tipo de situaciones. El trabajo lo es todo… o eso era lo que solías decirme antes, ¿lo recuerdas?

Esas palabras me arrastran a mi mente. Los recuerdos de esos momentos se expanden como una gripe por todo mi ser. Un escalofrío recorre mi columna, haciéndome encorvarme al instante.

—Sí… lo recuerdo. ¿Cómo podría olvidarlo?

—Eran buenos tiempos. Extraño trabajar en los casos contigo, los dos juntos. ¿Tú no?

Sus manos revolotean entre sí y su respiración comienza a volverse irregular. Eso me provoca una sensación extraña, una mezcla incómoda que me hace sentirme satisfecho… y al mismo tiempo lo aborrezco.

—¿Ahora mismo no estamos trabajando en un caso juntos?

—Bueno… sí, pero no es lo mismo. Después de esto no sé si te irás otra vez y yo…

—¿Tú? —puedo sentirlo desde dentro, esa enfermedad horrible que te va matando y pudriendo poco a poco desde que la padeces. No quiero volver a sentirla, así que, como puedo, ahogo esas mariposas que empiezan a retorcerme el estómago al ver esa mirada dirigida exclusivamente a mí—. Continúa, por favor, Daniel.




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