Las palabras salieron abruptas, sin preparación alguna, y por un segundo olvidé cualquier otro sentimiento. La irritación se desvaneció como si nunca hubiera existido, como un fantasma que se cansa de ti y desaparece sin dejar rastro.
—¿Qué?
Mi mano empezó a temblar. La sorpresa se manifestó en todo mi cuerpo, la mirada fija en el vacío, la respiración suspendida. Algo dentro de mí estalló. Una luz en un túnel sin salida.
La emoción recorrió mis venas, mis labios se curvaron en una sonrisa que ni yo mismo pude controlar. Aquello que veía tan lejano, tan ajeno, de pronto se sentía demasiado cercano… demasiado parecido a mí.
Tal vez esto era yo.
Las chispas de lo que podría llamar euforia se reflejaban en mis pupilas dilatadas. Sí… el sonido del reloj marcaba el tiempo al mismo ritmo frenético con el que mi mente comenzaba a correr.
—¿Quién te las daba? —bajé el celular y lo puse en altavoz—. Las drogas.
Al escuchar lo último, Daniel se enderezó con sorpresa y fijó la mirada directamente en el teléfono.
—Yonathan… él me daba drogas.
—¿Tienes evidencia que corrobore lo que me estás diciendo? —pregunté.
La única respuesta fue un silencio denso.
—¿Genrison?
—No… no tengo evidencia de eso —su respiración se escuchaba a través del teléfono, tranquila, demasiado tranquila.
—Sin evidencia, ¿cómo podemos creerte?—Daniel se apresuró a intervenir, acercándose un poco más al teléfono.
La línea quedó sumida en un silencio abrasador durante varios minutos. Visto desde fuera, cualquiera pensaría que Genrison no tenía nada más que decir, pero el tiempo que pasé con él me daba razones suficientes para saber que todo aquello era una simple partida de ajedrez. Sus movimientos nunca eran aleatorios, él estaba jugando con nosotros.
Decidí no decirle eso a Daniel.
—Jason —dijo por fin—. Ese era el nombre del que le daba la droga… eso es todo lo que tengo. Es su oportunidad de, al fin, poder hacer algo.
El pitido que indicaba el final de la llamada resonó en mis oídos. Bajé la cabeza y sonreí para mí mismo.
Él era exactamente todo lo que pensaba.
—Jason… —mis manos golpean la mesa—. Ese maldito, otra vez.
Intento ocultar cualquier expresión que amenace con traicionarme.
—Calma, Norman —Daniel se pone de pie y toma su celular—. Programaré una cita para tener una reunión con Jason… ¿de acuerdo?
—Sí, me parece bien.
Una sonrisa cálida se dibuja en su rostro y no puedo hacer nada más que sentir cómo el ardor me quema las entrañas.
No tarda en concretar la reunión, siete de la mañana del día siguiente. Todo mi cuerpo pesa. La voz tranquila de Daniel, diciéndome que vaya a dormir y descanse, resuena en algún lugar lejano de mi mente.
—¿En serio?
—Te ves peor que la última vez, Norman—dice con firmeza—, así que voy a asegurarme de que entres a tu departamento sano y salvo. Te observaré desde aquí.
—Bien… buenas noches. Descansa, Daniel.
Las palabras salen volando. Como puedo, entro a mi pequeño departamento.
El peso en mis párpados es insoportable. No sé en qué momento mi cuerpo se rinde y cae en los brazos de Morfeo.
La alarma me despierta. Estoy aturdido. No descanso nada, mis pesadillas, cada día, se vuelven más largas, más extrañas. Me alisto rápido, fijando la mirada en esas dos tazas sobre la mesa. Luego me marcho de ese lugar que cada vez se siente más pequeño… o tal vez soy yo el que empieza a crecer demasiado.
Estacioné mi auto y salí a toda prisa. A lo lejos pude ver a Daniel, todavía de espaldas, lo reconocí al instante.
—¡Daniel! Lo siento, llegué un poco tarde, el tráfico me sorprendió a tan tempranas horas.
—No te preocupes, ya nos están esperando—me agarró de la mano y nos adentramos en el lugar, poco acogedor.
—Detectives, qué alegría verlos por aquí. No recibo muchas visitas, estoy tan feliz —Jason habló en cuanto nos vio entrar en la sala, aunque sus ojos parecían mirar más allá de nosotros.
Las ojeras decoraban su rostro y la barba reclamaba cada vez más presencia. Sus labios mordidos, lo delgado que estaba desde la última vez que lo vi, y un tatuaje de cruz en el cuello, un poco rojo como si fuera reciente, llamaban la atención. Solo sonreí y me senté en una de las dos sillas, observando cómo poco a poco parecía destruirse. Lo único que nos separaba era ese cristal que deformaba su reflejo, dejando manchas que al poco tiempo desaparecían.
—Jason, ¿sabes por qué estamos aquí?—Daniel tomó la rienda de la conversación.
—¿Crees que soy adivino o qué? —una pequeña risa se escapó, que rápidamente intenté disimular.
—Bien, iré sin preámbulos. ¿Le vendía drogas a alguien llamado Yonathan?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí, no conozco a nadie llamado Yonathan. ¿Eso era todo? Qué estúpido…
La poca paciencia de Daniel se evaporó al instante.
—Jason, no estamos aquí para juegos. Sabe perfectamente que ocultar este tipo de información puede perjudicarlo gravemente.
—Lo sé, lo sé… pero en serio, no conozco a nadie llamado Yonathan. ¿Cuánto se los tengo que repetir? —saqué mi celular del bolsillo y busqué una foto en mi galería, una imagen del club de ajedrez de esa maldita escuela.
—¿Seguro que no lo conoce? —estiré el brazo y pegué el teléfono al cristal. Pude ver cómo su mirada vaciló, apartándola muy rápido de la foto—. Jason…
—N… no lo conozco, ya se los dije. ¿Ahora pueden dejarme en paz? —aun en un cuarto arrullado por el frío, gotas de sudor recorrían su frente, calladas y lentas.
—¡Jason! —Daniel golpeó la mesa, aturdiéndome un poco— este no es momento para tu pacto de silencio. Sabes muy bien en qué situación estás, y te juro por tu dios que será mucho peor si no hablas.
Jason no se inmutó, en su lugar bajó la cabeza, perdiéndose en sus propios pensamientos.
—Oye, Jason, escúchame —intenté llamar su atención—. Lo de Daisy no fue tu culpa, ¿ok? No lo fue.