La Pieza

CAP IX. SR. CULPABLE

Los pasos son rápidos, la luz tan blanquecina encandila mis ojos al pasar por ella, las paredes tan pulcras, la pequeña cantidad de personas que circula parece no mirar a su alrededor. Si prestas atención al entorno, puedes escuchar las lágrimas correr, el sudor bajar y la desesperación aparecer; un lugar tan acogedor.

Llegamos rápidamente a una gran sala del hospital, se notaba que solo quien tiene dinero podía costearla. Llegamos a una puerta corrediza de cristal que solo unas cortinas lograban tapar por dentro. Antes de tocar, la puerta se abre abruptamente.

—¿Detectives? —el director Davies no tarda en mostrar su desconcierto al vernos—. ¿Qué hacen aquí?

—Nos enteramos de lo sucedido —Daniel, con su rostro impasible, muestra condolencia por la situación—. Lamentamos mucho lo que ocurrió, sé que este podría ser un momento difícil, pero necesitamos hablar con su hijo.

—¡¿En serio?! Mi hijo apenas está consciente y quieren hablar con él?? ¿Qué demonios les sucede? —su cuerpo se abalanza bruscamente sobre Daniel, empujándolo unos centímetros—. ¡Lárguense de aquí, no vuelvan!

Antes de que pudiera replicar, una voz apagada se escucha desde dentro del cuarto.

—Papá… déjalos pasar.

—¡No! —niega rápidamente su padre—. No, no y no. —su semblante es duro, como si la sangre se le hubiera drenado, muy diferente a la última vez que lo vimos. Me cuestiono si todo ese acto es por preocupación genuina ante la lamentable situación de su pobre hijo o porque su reputación pende de un hilo—. No los dejaré pasar, sobre mi cadáver volverán a hablar contigo. —sus ojos no hacen contacto visual con nosotros en ningún momento—. Es su culpa que estés así, si no te hubieran puesto en esa situación, hijo, no tendrías que haber hecho esto. —sus lágrimas parecen querer salir, pero nunca ven la luz del día.

—Papá… —el tono con el que es llamado se intensifica—. Es mi decisión, quiero escuchar qué es lo que quieren decir ahora.

—Señor Davies, será solo un momento, se lo prometo. —encuentro su mirada; una mirada llena de miedo y angustia, aunque muy en el fondo espero que sea por su hijo—. Usted puede estar presente, no será un interrogatorio, solo una pequeña plática entre su hijo y nosotros.

Su desconfianza es grande y puedo notarla.

—Nada saldrá de estas paredes, señor Davies.—la voz de Daniel retumba en mis oídos, una melodía refrescante.

—¿Nada?

Al escucharlo, una fuerte carcajada está a punto de salir, pero me la aguanto, el esfuerzo hace que mi garganta arda.

—Sí, director Davies, nada.

En serio parecía que lo estaba meditando, pero su respuesta estaba escrita en toda su cara antes de siquiera decirla.

—Bien… y yo estaré presente.

Mis ojos ruedan.

Esperamos a que volviera a entrar al cuarto para seguirle los pasos. Al entrar, observo lo fría que está la habitación; la poca luz que entra, aunque hay una gran ventana, apenas alcanza a iluminar. El sonido del monitor me genera recuerdos que parecían perdidos en mi memoria. Un ramo de flores se posa en la esquina, tan rojas que empiezo a verlas blancas.

—Nos volvemos a ver, detectives… un poco gracioso, ¿no lo creen?

—Sabes por qué estamos aquí, Genrison—Daniel inicia la conversación con un tono frío pero calmado, como si tuviera el rompecabezas resuelto, aunque siempre hay piezas que faltan.

—Obvio, sería muy idiota para no saberlo.—una pequeña risa curva sus labios rojos por la sangre que brota de ellos—. Supongo que hablaron con Jason y él, como el imbécil que es, les contó que yo le compraba drogas por separado, ¿no es así?

Su delgado cuerpo yace tirado en la cama, con una fina sábana que apenas cubre su brazo vendado, con pequeños brotes de rosas rojas; un tono muy parecido al de las flores que decoran esa esquina tan poco llamativa.

—¿Qué? —la cara de su padre se distorsiona; el enojo empieza a flotar a su alrededor y ninguno le presta atención.

—Entonces sabes lo que queremos de ti.

—Si quieren saber si yo maté a Adan, pues lamento decirles que no fue así. —puedo ver lo mucho que se esfuerza por pronunciar cada palabra—. Si esa es la razón por la que vinieron aquí, tendrán que dar media vuelta y largarse.

Antes de continuar, la tos se apodera de él; su cuerpo se encorva, sosteniéndose por nada más que un hilo de fuerza.

—Genrison, sabemos que no nos has dicho todo lo que sabes. Nos ocultas más cosas y eso termina hoy —Daniel replica de manera más exaltada y poco amable.

—No tengo nada de valor que dar. —su cuerpo se relaja y su mirada se posa en mí—. Supongo que no les sirvo, detectives.

—Genrison —lo llamo—. Tienes que empezar a hablar. Sé que para ti todo esto es un juego, pero tienes que entender que no somos simples piezas de ajedrez que mueves a tu gusto. Esto es la vida real.

Sus ojos se vuelven vacíos, como si mi valor se desplomara con las palabras dichas.

—Pensé que era más divertido, detective Norman, más interesante… pero es igual que todo el mundo. —mis uñas se clavan en mi palma; oculto cualquier dolor—. No es más que una simple oveja que sigue al pastor a cualquier lado que este va.

Sus labios se curvan en lo que parece ser un intento de sonrisa.

—No tengo nada relevante que les pueda servir, ¿ok? Ahora se pueden ir. Esto es taaaan aburrido.

Y con eso, su cabeza se recarga en la almohada y cierra sus ojos cansados.

—Bueno, ya escucharon a mi hijo. Él no tiene nada que ver con la muerte del joven Smith, se tienen que ir —su mano señala rápidamente la gran puerta de cristal. Gotas de sudor caen por su cuello y el hedor flota a su alrededor.

Puedo sentir mi sangre fluir por cada parte de mi cuerpo, mis ojos, desenfocados, ven al frente una réplica de mí: tan obsesionado, tan destruido, buscando cualquier indicio de algo que lo divierta, de algo que sea como él, que lo entienda, que lo mire más allá de lo que muestra, de algo tan vacío y podrido.




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