El silencio que sigue es peor.
Puedo escuchar el sonido del carro arrancar, la voz de Daniel hablando por teléfono en un tono que me hace estremecer, las luces que encandilan mis ojos y el aire fresco que entra por la ventana, como un respiro que congela mis pulmones.
—Norman, ya envié el video. Eso es suficiente evidencia para poder llevar al Sr. Yonathan a la estación e interrogarlo.
Su mirada se mantiene fija al frente, pero de alguna manera percibo la duda en sus pupilas, su reflejo se dibuja en el cristal, mirándome el alma con pecados que se me hacen difíciles de ocultar.
—Es suficiente… Ese video es suficiente. Lo pone en el lugar del asesinato a una hora cercana… es— trago saliva antes de poder continuar —él.
—Todo lo indica, Norman. Es claro cómo entra a la casa de Adan y la hora del video lo vincula directamente con la hora de la muerte.
—Al fin podré darle un cierre a todo esto… pero no me siento bien, Daniel. De alguna manera, descubrir quién lo asesinó no me hace sentir mejor —mis manos juegan entre sí—. ¿Por qué me siento tan culpable?
—Es normal. Has estado fuera de esto por mucho tiempo y… —hace una pequeña pausa que se siente eterna— te encariñaste con el niño, Norman. Es muy normal sentirse así.
Aunque no me mira, su mano deja el volante y se posa sobre la mía, una calidez que no merezco.
Mi respuesta se queda atrapada en la garganta. No puedo hablar sin dejar salir lo más oscuro de mí, no puedo dar algo que Daniel no podría perdonar.
El viaje no dura mucho. Veo la casa: una puerta café la decora, tan perfecta… tan podrida.
Bajamos lo más rápido que podemos, pero eso hace que al caminar vayamos más lento de lo normal. Y mientras más me acerco, una sola pregunta ronda mi mente:
¿Quiero cerrar esto?
La ira en mi ser, la tristeza… todo tendría que irse.
Pero ¿de verdad eso me ayudaría a comprender que la vida nunca fue hecha para mí?
Antes de tocar el timbre, la puerta se abre abruptamente, así que tenemos que alejarnos rápidamente para no golpearlos.
—¡Oh, dios mío, disculpen! —esos lentes me permiten respirar de nuevo—. No sabía que estaban afuera, detectives —su mirada vacila un poco, pero continúa—. ¿Qué se les ofrece?
—Sr. Yonathan, venimos a llevarlo a la estación para un interrogatorio. Le pedimos que nos acompañe.
Su sonrisa se apaga en un santiamén, pero su postura no cambia, simplemente su mano busca acomodar esos lentes, que no sirven más que de decoración.
—Oh… claro. Solo dejen que riegue las plantas, esa era la razón por la que salía. Hace bastante que no lo hago y podrían secarse—hace un gesto amable y las señala.
—Lo sentimos, pero es urgente. Tal vez pueda regarlas después del interrogatorio —Daniel habla tranquilamente, acoplándose a la energía de Yonathan.
—Claro, claro… me pregunto qué es tan urgente como para que me quieran ya.
—Solo serán unas cuantas preguntas y podrá irse. No se preocupe.
—Bien, pues… ¡andando!
El trayecto es lento, pero sé que debo estar preparado para todo lo que está a punto de estallar frente a mí, una puerta que ya no se cerrará, aunque encuentre al culpable. Porque en el fondo lo sé tan bien, sé que yo abrí ese cuarto, un cuarto que debió permanecer cerrado, intacto, oculto en lo más profundo de mí. Pero con la llave en mano sucumbo al deseo que me acompaña desde aquel día en que perdí una parte de mí.
Ni una palabra se menciona hasta llegar. Yonathan se muestra amable, seguro, pero con ese toque ansioso que lo hace tan… humano.
—Así que así se ven los cuartos para interrogar, igual de fríos como me lo imaginé—su risa estalla en el lugar, quedando como eco.
—Siéntese, por favor —Daniel señala la silla frente a la mesa, y tan rápido como salen las palabras, Yonathan se sienta.
—Un poco incómodo, pero se entiende el por qué, ¿no?
—Señor Yonathan…
—Solo Yonathan.
—Yonathan, ¿sabe por qué lo trajimos aquí?
—Bueno, para ser sincero, no… pero lo intuyo.
—¿Y qué intuye? —pregunto rápidamente.
Su mirada se desvía hacia mí y, por una fracción de segundo, puedo ver el odio acumulado.
—Bueno, supongo que es por la misma razón que el otro interrogatorio poco formal que me hicieron antes, ¿no? —una sonrisa corta se dibuja—. Algo de mi información dicha no les pareció.
—Tal vez, pero no venimos por ese interrogatorio. En realidad, venimos por otra cosa. Tenemos algo que queremos que nos aclare.
—Estaré encantado de hacerlo.
—Tenemos un video, Yonathan, un video que te posiciona en el lugar y la hora de la muerte de Adan. ¿Tiene algo que decir al respecto?—Daniel lo suelta sin esfuerzo, dejando que la tensión se alargue.
—¿Disculpe?
—Como escuchó: queremos saber qué hacía el viernes entre las 10 p. m. y las 12 a. m.
—Bueno… ¿qué es esa pregunta? —su voz se endurece—. Si ustedes me dicen que tienen un video mío donde aparezco involucrado en el asesinato de Adan, supongo que ya saben qué hacía a esa hora, ¿no?
—¿Está admitiendo que usted lo mató?
—¿¡Qué!? No, no.
—¿Entonces?
—Yo no maté a Adan… —esas palabras salen como un susurro que queda suspendido en el aire.
—¿Seguro? ¿Está totalmente seguro de que usted no mató a Adan, Yonathan? —Daniel cruza las piernas, expectante, como si tuviera toda la ecuación frente a los ojos.
—¿Por qué lo mataría?
—Tal vez porque usted le daba droga, al igual que a Genrison.
—¿Qué…?
—O tal vez porque Adan lo iba a demandar por acoso, profesor.
—No, ¿q‑qué demonios están diciendo? —se levanta de la silla y golpea con fuerza la mesa—. Yo nunca drogué a mis alumnos, ustedes me están difamando.
—¿Y esto?
Su mirada corrió hacia una bolsa de plástico para evidencias. En ella había una insignificante pieza de ajedrez color dorado... el caballo.
—Usted lo tenía. Lo vi en su escritorio. Me gustaría saber cómo terminó en la garganta de Adán. ¿Usted lo sabe, profesor?