La Pieza

CAP X. NORMAN

—Culpable—el veredicto se escucha en toda la sala. —Se le condena a seis años de prisión por compra y distribución de drogas ilegales, y a cadena perpetua por el asesinato en primer grado del joven Adan Smith.

Mis nervios, mi ansiedad, se esfuman al escuchar la sentencia. Lo he logrado. Adan, lo logré. Me recargo en la silla y suelto el suspiro que me ahogaba.

Los segundos pasan. El flash de las cámaras ilumina el lugar.

El veredicto se esfuma tan rápido como aparece. El llanto de la señora Smith se escucha levemente, pero en su mirada no veo tristeza, veo el brillo de alguien que se odia más a sí misma que a la vida. Su mirada recorre lentamente la sala y, por un segundo, veo las respuestas, veo la verdad escondida bajo un traje de falsedad. Y ella me ve a mí.
La curvatura de su boca, al saber, al entender la verdad, no me hace sentir mejor, pero tampoco peor.

Ella lo entiende. Ella lo comprende. Y no hace nada. Solo se va, lo más rápido —pero elegante— que puede, de aquel lugar que le quita un peso más.

Siempre será un misterio que nunca entenderé.

Me levanto para irme, pero el grito de Yonathan me detiene. Me obligan a quedarme, a ver el logro que me hace perder en lugar de ganar.

—¡NO! Yo no lo maté, tienen que creerme— grita Yonathan. Sus ojos buscan desesperadamente que alguien lo ayude, que alguien lo entienda, que alguien se ponga de su lado. Ayuda que no llega y que nunca llegará. —Por favor… n-no lo hice yo…

Su llanto es música para mis oídos, una tonada desagradable que suena confortable.

—¡YO NO LO MATÉ!—su voz se eleva mientras lucha contra los guardias que lo sostienen. Nuestras miradas se cruzan y eso despierta algo en él, algo que debió dejar enterrado—. ¡Fue él, él lo mató! ¡Tú lo planeaste todo, verdad! ¡La pieza, mi pieza, tú la robaste, verdad!—me apunta frenéticamente, soltando risas cortas.

Una simple pieza le arruina todo lo que quedaba de su lamentable vida.

—No lo escuches, Norman—Daniel me rodea con sus brazos y me guía hacia la salida.

—¡NO! ¡No te vayas! ¡Diles, diles que tú fuiste!—sus piernas se debilitan y cae al suelo—. ¡No me dejes así, no, no, no… ¡NO!

Verlo me hace sentir lástima, una fruta podrida, fácil de tirar, fácil de olvidar.

Adan… al fin todo acaba.

Descansa en paz, Adan. Sé que no merezco tu perdón, pero podré vivir con el peso de mis propias acciones, así como tú viviste con el tuyo.

Sigo a Daniel hacia la salida, su caminata cerca de la mía, pero con distancia. Llegamos a un cuarto y nos sentamos.

—No lo pienses mucho, Norman, él solo intenta aligerar su culpa—su cabeza está baja, jugando con sus manos. No me mira, y lo sé. La sospecha está clavada en su pecho, carcomiendo todo su cuerpo—. Sabes que así es casi siempre, los culpables no pueden con su conciencia e intentan culpar a todos, excepto a ellos.

Me muestra una pequeña sonrisa, aligerando un poco mi cuerpo.

—Lo sé, pero…—miro la ventana. No quiero que sus ojos vean los míos y descubran la verdad enterrada en mi ser—. Es difícil, es muy difícil.
Las gotas saladas corren por mi mejilla, pero no las siento. No siento mi propia alma, tal vez me dejó hace mucho tiempo.

—Está bien, llora, Norman, saca todo lo que tengas guardado—su cuerpo se acerca al mío y me abraza. Sus brazos rodean con fuerza las pocas piezas que quedan de mí—. Sabes que siempre estaré para ti, siempre entenderé todas tus razones, siempre te apoyaré en cualquier cosa que hagas… siempre, no importa qué.

Esas palabras me quiebran más de lo que ya estoy. Lo sabía, y eso calienta un poco mi corazón.

Daniel nunca va a abandonarme y yo nunca lo dejaré. Él es todo lo que tengo y lo que siempre tuve. Siempre estaré bien, aun con partes faltantes, porque él las llena por mí.

Después de unos minutos me aparto lentamente.

—¿Sabes? Lo estuve pensando y creo que es hora de volver. No estoy en el mejor estado, pero creo que nunca debí abandonar esto… nunca debí abandonarte.

—¿En serio?—Daniel sostiene mis hombros y una gran sonrisa se apodera de él—. Dios, sí, Norman. Sabes que nunca se ocupó tu puesto. Tendrás que ir con un psicólogo para pasar el examen otra vez, pero siempre se estuvo esperando tu regreso—su sonrisa radiante no lo abandona.

—Ese maldito examen psicológico… siempre lo odié—empieza a dolerme la cabeza, como si sentir un poco de felicidad fuera un pecado.

—Tendré que llamar a nuestro jefe—dice—. Se pondrá feliz por la noticia.

—Seguramente—Daniel se pone de pie y empieza a buscar su celular en su abrigo—. Antes, ¿podrías llevarme a mi cabaña? Sé que es mucho pedir, pero antes de empezar otra vez quiero un poco de espacio.

—Oh… claro, claro, te llevo, no te preocupes—Daniel parece entender lo que no muestro por fuera. Las emociones me están carcomiendo y no puedo esperar más para estallar.

El camino es cómodo. Me recargo en el asiento y, aunque no duermo, cierro los ojos intentando distraerme de lo que estoy por vomitar.

—Norman… ¿estás bien?

—Un poco. ¿Me siento más tranquilo que antes? sí —sigo sin abrir los ojos, que empiezan a pesarme.

—¿Y por…?—sé lo que quiere preguntar. La muerte de mi esposa y de mi hijo. ¿Estoy bien?, ¿estoy mal?

—Sí, estoy mejor ahora. Ya no tengo el rencor ni el odio que tenía antes—vislumbro mi cabaña a lo lejos y las gotas de lluvia empiezan a azotar el lugar—. El salir y venir contigo me ayudó—guardo silencio antes de continuar, como si las palabras que voy a soltar dolieran más de lo que creí—. Me apena decirlo, pero creo que todo lo que pasó me ayudó a superarlo. Me siento mal por sentirme así… ¿eso me hace raro?, ¿loco?

—Claro que no, Norman. Es completamente normal sentirse así. Sé que todo ha sido muy difícil para ti por mucho tiempo y luego este caso… Pensé que ibas a empeorar, que ibas a encerrarte otra vez contigo mismo y yo no sabría qué hacer—estaciona el auto y se gira para verme—. No eres raro ni estás loco por sentirte así. Tal vez yo sea peor en todo caso.




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