La Pieza

CAP X.I NORMAN

Mis recuerdos vuelan a ese momento, al instante en que todo se destruye, la muerte de mi familia a manos de un pobre niño. Recuerdo mis lágrimas al no poder hacer nada, la muerte instantánea de mi esposa, el último aliento de mi hijo en ese hospital, las rosas blancas que decoran la esquina, cómo todo mi cuerpo arde, mis uñas clavándose en mi carne, la rabia y el dolor de no tener justicia…

Adan mato a mi familia. Un desliz, un accidente: un joven de tan solo dieciséis años, ebrio, conduciendo en el carril equivocado.
No podemos destruir el futuro de ese jovencito”.
“Fue un error”.

Recuerdo perfectamente ese día, el día en que todo se me fue de las manos. La noticia en el hospital, en la que me dijeron que mi hijo no pudo más, me hizo caer de rodillas y llorar sin parar.

Mis recuerdos son confusos a partir de ahí, pero algo quedó tan claro como la sangre en un vestido blanco.

El joven que me había quitado todo vino a verme para disculparse. Su semblante parecía más arruinado que el mío; las lágrimas que soltó al pedirme perdón eran tan sinceras que el odio que sentía se dispersó.

Lo perdoné. Después de todo, fue un accidente, ¿verdad? Ese fue el primer error que cometí. Debí luchar, aunque fuera por la mínima represalia hacia él.

El aire que me asfixiaba lentamente me hizo correr del lugar, huir como el cobarde que era.
Y entonces lo vi.

La misma persona que había llorado pidiendo mi perdón, por su error, estaba… riendo. Hablaba entre risas con alguien, se burlaba del pobre y lamentable hombre que yo era. Se burlaban de la muerte de mi hijo, se burlaban de lo fácil que había sido que no levantara cargos. Y Adan reía, como si todo aquello fuera una comedia exclusiva para él.

No hice nada.
Solo terminé con todo.

Renuncié a lo que me quedaba, a lo que me daba felicidad. Como un castigo, me distancié de Daniel y mi trabajo lo abandoné. Como si fuera un pecado, el café lo dejé de lado; el agua caliente al bañarme dejó de existir para mí. Mi comida favorita, la que hacía cada viernes en el día, la borré de mi vida. Mi colección de tazas la destruí sin más. Las cobijas suaves al tacto que me arropaban las guardé y nunca las saqué.

Todo lo que me diera un mínimo de paz era algo que no quería, algo que sentía que no merecía.

Los días me abandonaban lentamente, como si no quisieran esperar por mí, hasta esa llamada. Esa llamada que me dio el empujón que necesitaba para salir del abismo que consumía todo lo que tocaba.

Pensé que era momento de seguir adelante, no dejar atrás lo sucedido, sino abrazarlo y no soltarlo, llevarlo conmigo hasta mi muerte, usarlo como el impulso que necesitaba para no derrumbarme. Pero el mundo siempre parecía estar en mi contra… o tal vez, por primera vez, me ofrecía algo dulce solo para observar mi reacción.

Adan… otra vez nos encontrábamos, pero al parecer mi desgracia no fue lo suficientemente grande como para quedar grabada en su memoria. El nudo que se formaba en mi estómago al verlo, los temblores que recorrían mi cuerpo, eran un recordatorio de un pasado clavado en mi cabeza.

Él no sabía quién era yo. Su error se esfumó como espuma en el aire, algo demasiado insignificante como para conservarlo en su mente. Sus ojos no me miraban, sus oídos no me escuchaban, sus manos no me sentían. El dolor se extendió por todo mi cuerpo, el odio, como veneno, se comió mi cerebro.
Pensamientos que creía olvidados comenzaron a arrinconarse de nuevo en un lugar que juré haber dejado atrás.

¿Por qué parecía que todos querían ver mi derrumbe como una comedia complicada?

¿La vida intentaba poner a prueba mi límite, ese que se desdibujaba conforme el rencor se apoderaba de mis entrañas?

Por primera vez en mi vida no sabía qué hacer: ¿huir y pudrirme en mi propio mundo?, ¿morir con el pecado de no poder hacer nada?, ¿desaparecer sin más y no mirar atrás?, o ¿vengarme y corroer lo poco que quedaba?

Mis opciones se amontonaban y no podía decidir en cuál el dolor sería más fuerte.
Quería sufrir, quería llorar y gritar, quería destruirme, quería apagar mi alma sin llegar al más allá. Por eso, mi plan fue la ruta que me daría todo eso y más…

El sufrimiento se volvió una adicción que no pensé que me gustaría tanto como el café.

Mis pensamientos me carcomían, unos peores que otros. Momentos en los que me detenía en esa línea fina entre lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, el inicio y el fin. Mientras el odio se apoderaba de lo más profundo de mi ser, surgía esa pregunta, una pregunta que me detenía de cometer el pecado que terminaría de hundirme.

¿Era necesario matarlo?, ¿era necesario para poder detener lo que ya no se podía impedir?
Yo ya estaba perdido, podrido y muerto. ¿En serio la venganza me daría el consuelo que hace tiempo me abandonó?

Tal vez la poca cordura que me quedaba me mostraba la verdad, o tal vez era la que me mentía más para detenerme de alcanzar la felicidad.

La piedad, que quemaba mi inestabilidad, me regaló otro error más, otro que me llevaría a descubrir la verdad.

El perdón fue algo que concedí, y ese mismo perdón me destruyó hasta que no quedó nada de mí.

Debí detener la compasión que sentí por él. Hablar, socializar… todo eso debí detener, o esto terminaría saliendo mal.

El tiempo que pasé con Adán me dio una visión distinta a lo que creí: el niño que no aprendía, el niño que no comprendía, el niño que vivía mientras otros por él morían. Lo hice otra vez, el amor que mi corazón, al parecer, tenía lo di una vez más. Lo comprendí y lo cuidé, pero quería la verdad, si su vida era tan mala como la mía, ¿por qué divertirse haciendo sufrir a otro más?

Adán no está conmigo, pero el dolor persiste, como si se pegara a mí, como si su simple existencia fuera suficiente para destruirme.

Mis manos juguetean con el volante del carro. El sonido del motor sin reparar retumba en mis oídos. Esperar a ese ángel en apariencia me está incinerando la cabeza.




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