La Pieza

CAP X.II NORMAN

Tal vez debí parar, debí razonar, debí pensar. Pero al final soy humano, uno roto, envuelto en lo que le da sentido a lo poco que le queda. Tal vez debí irme hace mucho, tal vez debí gritar y llorar sin parar. Pero soy humano, uno sin retorno y sin final de cuento. Tal vez debí reír hasta dejar de respirar, o hablar sin callar jamás, pero al final de todo solo soy un simple e imperfecto humano.

El día en que confronté a Yonathan fue el inicio clave de este rompecabezas sin sentido. Todo se sentía como una película, donde el espectador era yo, incapaz de intervenir en lo inevitable, pues todo ya estaba escrito.

La pieza del caballo, brillando sobre su mesa, que guardé sin que se diera cuenta, fue lo que necesitaba para darle a este escenario un drama que deslumbrara incluso al más crítico.
Ahora el temor estaba sembrado en él, y él, como el inútil que es, iría directo a la fuente que lo provocaba… Adan. Querría respuestas, respuestas que lo hundirían en un crimen que no cometió, pero que era perfecto.

Pero necesitaba una prueba infalible, algo que no pudiera absolverlo del pecado no cometido, algo —o alguien— que lo colocara en la escena, a la hora y el día exactos.

Al verlo, lo supe. Su mirada parecía perdida, pero veía más que cualquiera ahí dentro.
Genrison, de quien ya tenía conocimiento pero no trato personal, fue un imprevisto espectacular. Alguien a quien la simple curiosidad no le bastaría para descubrir la verdad, tan difícil y tan fácil al mismo tiempo.

Manipularlo para anticipar cada uno de sus movimientos fue sencillo. El apego que sentía por Yonathan no era la razón por la que lo quería en esto sino por lo que me daría por tenerlo. Un apego desechable para Genrison, pero lo suficientemente entretenido como para no marcharse.

Le di lo justo para provocarle ese picor bajo la piel, esa necesidad de querer más: más diversión en su monótona vida, más adrenalina de la que, al parecer, ese despreciable profesor ya no le estaba dando. Me vio… corrección: yo lo dejé verme.

La pelea en el salón, la curiosidad sembrada en su cabeza. Sabía exactamente lo que haría, porque conocía su odio hacia Adan. Sabía que no dejaría pasar una oportunidad de oro.

Su odio no venía de la ignorancia, sino del conocimiento. De saber la verdad y del entrenamiento que le daba observar.

Arrinconar a Adan era su espectáculo favorito.

¿Por qué sabía que él estuvo ahí ese día? ¿Por qué sabía que Yonathan también lo estuvo?
La respuesta era sencilla: porque yo estuve ahí.

Ese día fatídico, Adan estaba asustado por la pelea con Yonathan, así que me llamó para que fuera a su casa. Acepté sin dudar, como si no hubiera estado esperando esa llamada con ansias. Llegué a las 9:30 p. m., con una jeringa escondida en el suéter y un poco de anfetamina que obtuve cuando encontré a Daisy.

Tal vez, desde ese momento, ya sabía que este día iba a llegar.

No dejé que nadie me viera. Un lugar tan privado que incluso las cámaras faltaban. Llegué sin carro y a pie; toqué la puerta después de saltar el timbre. Adan abrió felizmente, como si su asesinato no estuviera planeado.

Estuve para él. Lo escuché, con el peso de saber lo que haría, pero no con la fuerza suficiente para detenerme. Después llegó el invitado especial. Yonathan tocó el timbre a las 10 p. m., puntual, como todo profesor.

Conté los segundos, escondido en un cuarto, escuchando la pelea. No duró mucho, el llanto llegó después. Una sombra pasó frente a la ventana. La oscuridad del lugar me permitió abrir la cortina sin que la persona de afuera pudiera verme, y sonreí, porque lo que vi fue consuelo suficiente para entender que ya no podía parar, que no había vuelta atrás.

Genrison estaba oculto entre los arbustos. La poca luz de su teléfono iluminaba su rostro: serio, determinado, intentando llenar un vacío que lo consumiría tarde o temprano. Él veía una escena; yo lo veía todo. Seguí contando los segundos.

A las 10:31, Yonathan se marchó y la sangre se me heló. Por primera vez quise que alguien me descubriera, que alguien me detuviera, pero nadie lo hizo. Solo caminé hacia Adan.

—¿Sabes qué podría hacerte sentir mejor?—pregunté.

Una simple pregunta que lo destruiría.

Por favor, Adan… te lo ruego, te lo suplico, dime que no.

—¿Qué? —su mirada voló hacia mi mano cuando saqué la jeringa junto al frasco.

—Esto.

Dilo.
Dilo.
Dilo.

—¿Me quiere drogar, detective? —por favor, dilo, dilo, dilo…

—Estarías al cuidado de un adulto y, muy probablemente, no sería tu primera vez.

Recházame, Adan. Enójate, grítame, golpéame, huye de mí. Te lo ruego, Adan, vete y no mires atrás, porque si lo haces te atraparé y no te soltaré.

—Lo dejé hace mucho, pero creo que nada me haría sentir mejor que eso.

Su sonrisa podría haber deslumbrado a cualquiera, y eso fue todo… lo siento, Adan.

Mis manos actuaron como las de un experto. Guantes nuevos, intactos, brillaban en ellas. Él no cuestionó nada. Le inyecté una dosis pequeña, insignificante, lo más rápido que pude, y lo vi: alegre como el sol de la mañana. Eso me enfureció. Me hizo odiar no a la persona frente a mí, sino a la persona que ya no conocía más.

Esperé.

No tardó en calmarse, como si aquello fuera lo mejor que le estaba pasando. Pequeñas carcajadas escapaban de él y lo hice otra vez.

Le inyecté otra dosis, pequeña. Solo me miró.

Esperé a que me detuviera, a que me dijera que no, pero no lo hizo; simplemente acercó más el brazo. Una lágrima cayó de mis ojos, una lágrima que dolió más que cualquier golpe.

Esperé.

Podía escuchar su corazón acelerarse. Inyecté una vez más la misma dosis; podía ver los temblores recorrer su cuerpo, el sudor que lo cubría, cómo no se movía de su sitio y, aun así, seguía vivo. No pude más. La pieza de ajedrez que planeaba dejar tirada en el cuarto, en un lugar distraído, terminó decorando mi mano temblorosa. La apreté.




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