La Plaga Tétrica.

PRÓLOGO: El murmullo de la maleza.

​San Miguel de las Piedras siempre había sido un pueblo arrullado por el silencio de la montaña. Un lugar idílico donde nunca pasaba nada, o al menos eso dictaba la propaganda oficial del alcalde Agustín Santos, empeñado en mantener las apariencias de orden y prosperidad. Sin embargo, en las profundidades de los viejos bosques que rodeaban el valle, la naturaleza llevaba meses gestando una anomalía silenciosa y macabra. El calor inusual de ese verano no solo había agrietado los campos; había roto el ciclo biológico de la tierra.
​Los primeros síntomas pasaron desapercibidos para la mayoría. Perros que ladraban histéricos hacia el subsuelo, aves migratorias que desviaban su rumbo esquivando el valle y un zumbido sordo, una vibración constante de baja frecuencia que parecía nacer del interior de las cortezas de los árboles centenarios.ñ
​El Teniente de policía Rodrigo Jiménez fue el primero en recibir las alarmas que el ayuntamiento intentaba silenciar. Llamadas de agricultores aterrorizados por el hallazgo de nidos subterráneos masivos, estructuras geométricas perfectas hechas de una resina negra y viscosa que desprendía un hedor a descomposición. Pero las órdenes del alcalde Santos habían sido tajantes: prohibido sembrar el pánico, prohibido alarmar a los turistas, prohibido investigar los laboratorios agrícolas abandonados del viejo sector militar.
​Hasta esa fatídica tarde en la que el murmullo de la maleza se transformó en un grito unísono.
​No eran simples avispas ni langostas comunes. Era una especie nueva, modificada, con caparazones oscuros como el carbón y aguijones cargados con una neurotoxina agresiva que anulaba el sistema nervioso en cuestión de segundos. Una marea negra y viviente emergió de las profundidades de la tierra, moviéndose con una inteligencia de enjambre aterradora, guiada por un hambre voraz de tejido vivo.
​En mitad de ese idílico pueblo a punto de ser sitiado por la naturaleza corrupta, las vidas de Susana, Pedro, Vanesa y Lorenzo se cruzarían en una gasolinera a las afueras, ajenos a que la red telefónica acababa de caer y que los primeros zumbidos ya arañaban los cristales de las ventanas. El suspense cinematográfico estaba servido; la plaga tétrica había despertado y el asedio no había hecho más que empezar.




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