La Plaga Tétrica.

Capítulo 2: La primera baja.

​La tarde comenzó a extinguirse con una lentitud agónica, pero el calor no dio tregua. El sol, oculto tras la densa calima ocre que descendía de la colina vieja, teñía el horizonte de un color rojizo, mortecino, como el reflejo de un incendio lejano que se negaba a estallar del todo. En el interior del taller de Lorenzo, las sombras se alargaron sobre las paredes de bloques de hormigón, devorando las esquinas donde se amontonaban los repuestos oxidados y los bidones de aceite usado.
​El Teniente Rodrigo Jiménez permanecía junto a la entrada del recinto, con la mano apoyada inconscientemente en la culata de su arma reglamentaria. Sus ojos, fatigados, no se apartaban de la carretera que se perdía en la espesura del bosque. La señal parásita del transistor de la oficina ya no era un siseo intermitente; se había estabilizado en una vibración rítmica, un traqueteo sordo que parecía acompasarse con los latidos del corazón de los cinco presentes.
​—No podemos quedarnos aquí parados cruzados de brazos —rompió el silencio Pedro, dando un paso hacia el centro del taller—. Si esa patrulla que envió a la colina norte lleva más de una hora sin responder, y si es verdad lo que dice Susana sobre ese maldito complejo militar, esos agentes podrían estar en peligro real. O peor... atrapados.
​—Ir allí arriba ahora mismo con un coche patrulla y sin saber a qué nos enfrentamos es un suicidio, Pedro —replicó el teniente con voz grave, dándose la vuelta—. El blindaje de mi coche no servirá de nada si esos... esos bichos, o lo que demonios sean, taponan la entrada de aire del motor como le pasó al camión que Lorenzo tiene ahí dentro. Nos quedaríamos tirados en mitad de la pista forestal, incomunicados y a merced de la plaga.
​Vanesa, que había estado trasteando en el almacén del fondo, regresó al área principal arrastrando una pesada caja de madera reforzada con cierres de acero galvanizado. Al dejarla caer sobre el banco de trabajo, el metal resonó con un golpe seco.
​—Si vais a salir a esa carretera, no lo vais a hacer con el uniforme de paseo —dijo Vanesa, retirando los pestillos de la caja—. Mi hermano estuvo destinado en la unidad de descontaminación de la base provincial antes de que la privatizaran. Cuando se retiró, se trajo algo de material de excedente. Guardaba esto en el sótano del taller por si acaso.
​Lorenzo se acercó, abriendo la tapa de madera. En el interior, perfectamente doblados y conservados en bolsas de plástico selladas al vacío, reposaban dos trajes de protección NBQ (Nuclear, Bacteriológica y Química) de lona reforzada color verde oliva, junto a dos pesadas máscaras de gas de dotación militar con visores panorámicos de policarbonato y filtros de carbono activo de doble capa, idénticas a la inquietante figura que dominaba la portada de su obra.
​Susana examinó las máscaras, acariciando la goma fría de los respiradores.
​—Esto confirmará vuestras sospechas si el aire se vuelve tóxico —dijo Susana, mirando al Teniente—. Pero solo hay dos trajes, Jiménez. No podemos equipar a un equipo de rescate completo.
​—Lorenzo y yo iremos —dictaminó el teniente, tomando una de las máscaras—. Él conoce los caminos forestales mejor que nadie por sus años en el club de caza, y sabe cómo reanimar un motor si la resina bloquea los conductos. Pedro, tú te quedarás aquí con Susana y Vanesa. Asegurad las persianas metálicas del taller. Bajad los cierres hasta el suelo y no abráis la puerta a nadie a menos que escuchéis los tres golpes cortos de mi clave de radio.
​El silencio de la variante norte.
​Quince minutos después, el todoterreno oficial de la policía local avanzaba engranando la tracción a las cuatro ruedas por la pista forestal que conducía al perímetro del Sector Norte. En el habitáculo, el silencio era absoluto. El Teniente Jiménez conducía con la vista clavada en el haz de los faros, los cuales apenas lograban cortar la neblina ocre que flotaba a ras de suelo. A su lado, Lorenzo viajaba con el traje NBQ desabrochado hasta la cintura, manteniendo la máscara de gas sobre el regazo, listo para ponérsela en cuanto el aire cambiara de densidad.
​La vegetación a los lados del camino se veía extraña. Los helechos y las zarzas, habitualmente verdes y lozanos en esta época del año, presentaban un aspecto marchito, lacio, con las hojas cubiertas por una fina capa de hollín pegajoso que relucía bajo las luces del vehículo. No había grillos, no había sapos en las cunetas fangosas. Nada.
​Al coronar la tercera curva de la variante, los faros del todoterreno iluminaron una silueta metálica cruzada en mitad de la pista.
​—Ahí están —susurró Lorenzo, enderezándose en el asiento.
​El segundo coche de patrulla de la jefatura, el que operaban los agentes jóvenes del destacamento, permanecía con las puertas delanteras abiertas de par en par y las luces de emergencia apagadas. El vehículo estaba cubierto por una costra negruzca y brillante que parecía palpitar bajo el reflejo de los faros de Jiménez.
​El teniente detuvo el coche a unos diez metros de distancia, apagando el motor pero dejando las luces encendidas. Un olor penetrante, una mezcla de amoníaco y descomposición vegetal, se filtró de inmediato por las rejillas de ventilación del salpicadero, haciendo que Lorenzo tosiera de forma violenta.
​—Ponte la máscara. Ya —ordenó Jiménez, ajustándose la suya propia con movimientos mecánicos y precisos. El visor se empañó brevemente antes de que las válvulas de exhalación comenzaran su rítmico y distorsionado sonido de respiración artificial: Fshhh... Tsuk... Fshhh... Tsuk.
​Ambos hombres descendieron del vehículo, con los movimientos entorpecidos por la lona pesada de los trajes de protección. Lorenzo empuñaba una potente linterna halógena de mano, mientras Jiménez avanzaba con la pistola desenfundada, apuntando hacia la penumbra del bosque.
​Al aproximarse al coche de la patrulla perdida, la escena se volvió dantesca. Los neumáticos del vehículo policial se habían derretido parcialmente, fusionándose con el asfalto agrietado debido a la acción de una sustancia corrosiva que goteaba desde los bajos del chasis. El parabrisas delantero estaba completamente astillado por miles de impactos diminutos, como si hubiera sido ametrallado con perdigones de plomo.
​Jiménez se asomó al interior de la cabina a través de la ventanilla rota del conductor. El asiento estaba vacío, pero la tapicería de tela presentaba desgarros profundos y manchas de un fluido amarillento que aún humeaba sutilmente. La radio de a bordo estaba encendida, emitiendo el mismo traqueteo estático que bloqueaba el taller.
​—No están aquí, Teniente —la voz de Lorenzo sonó amortiguada y metálica a través del modulador de su máscara—. Mire el suelo... hacia la cuneta.
​El haz de la linterna de Lorenzo iluminó una serie de huellas profundas en el barro de la orilla. No eran huellas de botas limpias; eran marcas de arrastre, surcos anchos y desordenados que se internaban directamente hacia la espesura de la maleza, rompiendo las ramas bajas de los pinos. Junto a los surcos, tirada en el suelo y medio sepultada por la resina negra, reposaba la gorra reglamentaria de uno de los agentes, con el escudo del ayuntamiento perforado por un orificio circular del tamaño de una moneda de dos euros.
​Un crujido seco, un chasquido de maderas rotas proveniente de la copa de un pino situado a escasos metros sobre sus cabezas, hizo que ambos hombres se congelaran en el sitio. Jiménez levantó el arma, barriendo las ramas altas con la mirada tras el visor de policarbonato. La densa calima impedía ver con claridad, pero entre las acículas de los pinos, una masa oscura, una silueta geométrica del tamaño de un balón de destilación industrial, colgaba del tronco principal, vibrando con un latido biológico y constante que amenazaba con romper el frágil silencio de la noche. El sudor frío resbalaba por las sienes del Teniente Jiménez, empañando por momentos los bordes del visor de su máscara de gas. Su respiración, devuelta por el filtro de carbono en un bufido rítmico, era lo único que competía con el zumbido sordo que parecía emanar del nido colgado en el pino.
​Lorenzo dio un paso atrás, con las botas de lona reforzada hundiéndose en la hojarasca pegajosa. El haz de su linterna comenzó a temblar, dibujando círculos erráticos sobre la corteza del árbol.
​—Teniente... —consiguió articular a través del modulador de voz, que distorsionaba su tono dándole un matiz metálico y fantasmal—. Mire las ramas inferiores. Eso no es resina común.
​De la base de la masa geométrica suspendida goteaba un hilo denso de líquido purpúreo. Al tocar el suelo, el fluido reaccionaba con el humus del bosque, desprendiendo un vapor blanquecino que ascendía lentamente, sumándose a la calima ocre que ya envolvía todo el perímetro. La gorra del agente, tirada a pocos centímetros, comenzaba a ablandarse, el plástico de la visera deformándose bajo el efecto de las esporas ácidas flotantes.
​Jiménez no respondió. Dio dos pasos hacia la cuneta, agachándose con dificultad debido a la rigidez del traje NBQ. Apuntó su linterna hacia el inicio de los surcos de arrastre. No eran marcas de pisadas humanas que huían; el suelo revelaba marcas continuas, paralelas, como si algo pesado y segmentado hubiera arrastrado los cuerpos de los agentes hacia el espesor de la umbría, donde los pinos crecían tan juntos que la luz del día nunca tocaba el suelo.
​—No se movieron a pie —concluyó Jiménez, con la voz ahogada por el esfuerzo—. Los sorprendieron dentro del coche. Reventaron el parabrisas con la fuerza del impacto y los sacaron antes de que pudieran echar mano a las escopetas del maletero. Lorenzo, alumbra hacia aquel claro.
​Lorenzo giró el foco halógeno hacia donde apuntaba el brazo del teniente. A unos veinte metros de la pista, semioculto por una barrera de helechos marchitos, el terreno se hundía en una zanja artificial: la antigua trinchera de canalización que conectaba el sistema de desagüe del pueblo con los subniveles del complejo militar. La rejilla de hierro forjado que protegía la entrada del túnel de hormigón había sido arrancada de cuajo, doblada hacia fuera como si una fuerza neumática brutal la hubiera empujado desde las entrañas de la tierra.
​Alrededor de la boca del túnel, la vegetación estaba completamente muerta, reducida a un manto de ceniza gris y pastosa.
​—Se los han llevado hacia abajo —murmuró Lorenzo, dando un paso involuntario hacia el coche patrulla—. Volvamos al taller, Rodrigo. Esto nos supera. Necesitamos avisar a la comandancia provincial, traer a la Guardia Civil, al ejército... a quien sea. Nosotros dos solos con estas pistolas no vamos a hacer nada ahí dentro.
​—¿Avisar con qué radio, Lorenzo? —Jiménez se incorporó, señalando el salpicadero del coche patrulla abandonado, donde las luces del cuadro de mandos parpadeaban al ritmo de la estática parásita—. La frecuencia está muerta en todo el valle. Y si intentamos salir por la carretera general, te garantizo que nos encontraremos con los filtros del motor destruidos antes de cruzar el puerto. Estamos aislados. Y el único hombre que tiene una línea de comunicación directa con el exterior a través del cableado soterrado de la delegación del gobierno es Agustín Santos.
​Lorenzo tragó saliva, el sonido resonando dentro de su propia máscara.
​—Ese maldito nos ha vendido —dijo el mecánico con amargura.
​—Por eso mismo vamos a regresar al pueblo —sentenció Jiménez, guardando su arma en la funda pernera—. Pero no al taller. Vamos a ir directos al ayuntamiento. Santos va a abrirnos esa central de comunicaciones y va a decirnos exactamente qué hay dentro de esos laboratorios, aunque tenga que sacarle las palabras a golpes de culata. Muévete, antes de que el aire de esta colina se vuelva completamente irrespirable.
​Parte 5: La quema de archivos.
​Mientras el todoterreno de la policía iniciaba el descenso de la colina norte con las luces apagadas para no llamar la atención del enjambre, el despacho del alcalde Agustín Santos se había transformado en un escenario de frenética destrucción.
​Las majestuosas lámparas de cristal de la estancia estaban apagadas; la única iluminación provenía de la pantalla parpadeante de un ordenador portátil de uso militar y de las llamas que devoraban decenas de carpetas oficiales dentro de una chimenea de hierro forjado empotrada en la pared oeste. El olor a papel quemado y cuero chamuscado saturaba el ambiente, camuflando el sutil aroma azufrado que ya se filtraba por las rendijas de los viejos ventanales del edificio consistorial.
​Santos, despojado de su elegante chaqueta de lino y con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, introducía discos duros portátiles y listados de inventario biológico en una destructora de papel que zumbaba sin descanso en la esquina del escritorio.
​—Borrados... todos borrados —siseaba entre dientes, tecleando con dedos temblorosos en la terminal informática—. Las autorizaciones de vertido de residuos del 2018, los informes de impacto ambiental modificados... Todo.
​En la pantalla del portátil, un mapa térmico del subsuelo de San Miguel de las Piedras mostraba una mancha roja en constante expansión que nacía del Sector Norte y se ramificaba a través de las viejas galerías de servicio hacia los sótanos del propio casco urbano. Un indicador digital en la esquina superior derecha parpadeaba en color carmesí con un mensaje parco pero definitivo: Pérdida de contención de la Colonia Beta: 100%. Protocolo de cuarentena civil no activado.
​El teléfono de baquelita negra que reposaba sobre la mesa —el único terminal conectado a la red de cobre analógica soterrada, ajeno a las interferencias electromagnéticas del enjambre— comenzó a sonar con un timbre estridente, rompiendo el monótono ruido de la destructora de papel.
​Santos se congeló. Miró el aparato durante tres timbrazos antes de descolgar el auricular con mano insegura.
​—¿Dígame? —su voz sonó ronca, desprovista de la autoridad que solía exhibir ante los vecinos.
​—Alcalde Santos —una voz modulada artificialmente, fría y corporativa, respondió al otro lado de la línea—. Nuestros satélites de reconocimiento confirman una firma de dispersión de bioesporas de nivel cuatro en el sector urbano de San Miguel. La densidad del aire superará los límites de supervivencia humana en las próximas seis horas.
​—¡Tenéis que enviar los equipos de extracción! —exclamó Santos, perdiendo los papeles y apoyándose en el borde de la mesa—. ¡Cumplí mi parte! He mantenido a la policía local alejada del perímetro, he silenciado los informes de los agricultores, he quemado los registros de propiedad de los laboratorios... ¡Sacadme de aquí!
​—El protocolo original estipula que el personal civil de enlace debe asegurar el aislamiento total del foco hasta la llegada de los equipos de contención biológica —respondió la voz con una indiferencia matemática—. No habrá evacuación aérea. Use los suministros de protección asignados en el subnivel del ayuntamiento y espere veinticuatro horas. Cualquier intento de romper el perímetro por carretera será gestionado por las unidades de bloqueo exterior.
​—¡Escúchame bien, hijo de puta! —gritó Santos, apretando el auricular con tal fuerza que los nudillos se le volvieron blancos—. ¡Si me dejáis aquí tirado, me aseguraré de que el Teniente Jiménez encuentre los contratos firmados con vuestro consorcio! ¡Tengo copias físicas que no están en estos ordenadores! ¡O venís a por mí o...!
​La línea se cortó con un chasquido seco. El tono de ocupado comenzó a sonar de forma monótona, llenando el despacho con la confirmación de una sentencia de muerte.
​Santos se quedó con el auricular en el aire, el rostro desencajado por el pánico. Miró hacia la chimenea, donde los últimos nombres de los científicos involucrados en el proyecto se convertían en ceniza negra. Sabía perfectamente que no vendría nadie a salvarlos. Para el consorcio, el pueblo entero de San Miguel de las Piedras, incluido su alcalde, ya no era más que un cabo suelto que la naturaleza modificada se encargaría de liquidar.
​Con un destello de desesperación en los ojos, Santos soltó el teléfono y caminó hacia el gran armario de caoba del fondo del despacho. Desplazó un panel falso en la base de madera, revelando una trampilla de hierro reforzada con un candado de combinación. Era la entrada al viejo sótano de seguridad civil del ayuntamiento.
​Allí abajo, ocultas bajo lonas antipolvo, aguardaban las cajas que contenían las únicas respuestas y las únicas defensas que quedaban en el pueblo. El alcalde introdujo el código, escuchando el salto del pestillo metálico justo cuando, en la plaza Mayor del exterior, el primer farol de la iluminación pública estallaba en mil pedazos bajo el impacto de una marea negra que comenzaba a reclamar las calles principales.
​Fin del Capítulo 2.




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