La Plaga Tétrica.

Capítulo 3: El cerco invisible.

​El crepúsculo se desplomó sobre San Miguel de las Piedras con una pesadez de plomo. A las afueras, el taller de Lorenzo se había convertido en una isla de luz mortecina en mitad de la negrura creciente del valle. El ventilador de techo seguía girando con un quejido asmático, cortando un aire que ya portaba un regusto metálico, pastoso, que obligaba a Susana a carraspear cada pocos minutos.
​Vanesa permanecía arrodillada junto a la base de la persiana metálica principal, aplicando una tira de goma de automoción de alta densidad para sellar la holgura con el suelo de hormigón. Sus manos, expertas en la finura de los circuitos eléctricos, temblaban sutilmente al encajar los remaches.
​—Esto no va a detener las microesporas si el enjambre se asienta sobre el tejado, Pedro —advirtió Vanesa, sin levantar la vista de la herramienta—. Las placas de la techumbre son de chapa ondulada. Tienen holguras en los solapes de los tornillos. Si el aire del exterior se satura con esa toxina purpúrea de la que hablaba Susana, el taller entero se convertirá en una cámara de gas en menos de una hora.
​Pedro, que caminaba de un lado a otro del recinto con un tubo de hierro galvanizado entre las manos a modo de defensa improvisada, se detuvo junto a la ventana alta que daba al patio trasero. Desde allí, la silueta de los depósitos de combustible de la gasolinera adyacente parecía un grupo de gigantes sepultados en la niebla.
​—Jiménez y Lorenzo ya deberían haber vuelto —dijo Pedro, mirando el reloj de pared del taller, cuyas agujas avanzaban con una parsimonia exasperante—. Subieron a la colina hace casi una hora. Con el todoterreno de la patrulla no se tarda más de veinte minutos en llegar al puesto perimetral.
​Susana, sentada en el borde del banco de trabajo con los diarios forestales de su padre abiertos sobre las rodillas, no despegaba los ojos de las anotaciones manuscritas en tinta azul ya descolorida. Su dedo índice seguía una línea fechada en el invierno de 2016.
​—No van a volver por el camino principal, Pedro —sentenció Susana con una voz extrañamente calmada, una frialdad que a Pedro le erizó los vellos de los brazos—. Escucha.
​Ambos se quedaron inmóviles. El traqueteo estático del transistor de la oficina había cambiado. Ya no era un siseo rítmico; ahora recordaba al crujido de una hoguera devorando madera verde, un chasquido seco, caótico y masivo que parecía replicarse en el exterior, justo por encima de las chapas del techo.
​Un golpe seco, sordo y pesado impactó contra la persiana metálica que Vanesa acababa de sellar. Luego otro. Y otro más. No eran impactos de piedras ni de ramas arrastradas por el viento. Era el sonido de cuerpos quitinosos, densos y compactos, reventando contra el acero galvanizado con la fuerza de un granizo alienígena.
​—Ya están aquí —susurró Vanesa, retrocediendo a gatas hacia el centro del taller, soltando la remachadora con un tintineo limpio sobre el suelo.
​El asalto a la plaza Mayor.
​Mientras el cerco se cerraba sobre la periferia, el todoterreno del Teniente Jiménez se deslizaba por las calles empedradas del casco urbano con los faros completamente apagados. Jiménez conducía guiándose por la pálida luz de la luna que se filtraba a través de la calima ocre, manteniendo una marcha corta para que el rugido del motor no reverberara en las fachadas de piedra. A su lado, Lorenzo mantenía las manos firmes sobre el salpicadero, la máscara de gas NBQ conectada y emitiendo su rítmico bufido mecánico: Fshhh... Tsuk... Fshhh... Tsuk.
​El pueblo presentaba un aspecto espectral. Los faroles de la plaza Mayor estaban apagados, pero no por un corte de energía ordinario; al pasar junto a la estatua del fundador, los agentes pudieron ver que los globos de vidrio de las farolas habían sido fundidos, deformados hacia abajo como cera derretida bajo el efecto de una acidez extrema. El suelo de la plaza estaba cubierto por una alfombra crujiente de insectos muertos, ejemplares de caparazones negros y abdómenes hinchados que relucían bajo la luz lunar como cuentas de un collar roto.
​Jiménez detuvo el todoterreno justo detrás del ábside de la iglesia, ocultando el vehículo de la línea de visión directa de las ventanas del ayuntamiento. Ambos hombres descendieron con los movimientos pesados que imponía la lona de los trajes especiales.
​—La entrada principal del ayuntamiento está atrancada por dentro, Rodrigo —dijo Lorenzo, apuntando con el dedo enguantado hacia las pesadas puertas de roble del consistorio—. Mira las ventanas de la primera planta. Hay reflejos de fuego en el despacho de Santos. Ese bastardo está quemando papeles.
​—No vamos a entrar por la plaza —respondió Jiménez, extrayendo su arma reglamentaria y comprobando el cargador con un chasquido limpio—. El ayuntamiento comparte el sistema de calefacción subterráneo con las viejas cocinas del hospitalillo de la caridad. Hay un muelle de carga en el callejón trasero. Si Santos está intentando borrar sus huellas, es que ya sabe que no hay rescate. Vamos a cazarlo en su propio nido.
​Avanzaron a paso rápido por el callejón de la Amargura, esquivando los contenedores de basura volcados de los que emanaba un vapor purpúreo que picaba incluso a través de los filtros de las máscaras. Al llegar a la puerta del muelle de carga, Lorenzo forzó el viejo pestillo con una palanca de hierro que había traído del coche patrulla. El metal cedió con un crujido seco, abriendo paso a una negrura interior que olía a archivo húmedo, a cemento viejo y al inconfundible aroma dulzón de la traición política.
​La madriguera del mandatario.
​En el subsuelo del ayuntamiento, el aire acondicionado había dejado de funcionar, sustituido por el ambiente rancio y caliente de una cripta. Agustín Santos bajaba los últimos peldaños de la escalera de caracol de hierro, arrastrando una maleta de aluminio reforzado donde guardaba los pocos discos duros que no había destruido y fardos de billetes de curso legal que mantenía en la caja fuerte de la alcaldía para una emergencia como esta.
​El sótano de seguridad civil era un búnker de la época de la Guerra Fría, reforzado con vigas de hormigón armado y paredes encaladas que se caían a pedazos por la humedad. En mitad de la sala, bajo una lona militar impermeable, reposaban tres cajas de transporte biológico de color amarillo chillón, con el triángulo negro del riesgo biológico perfectamente visible.
​Santos dejó caer la maleta y se abalancó sobre la primera caja. Al levantar la tapa, descubrió seis cajas de máscaras de gas de última generación y doce viales de un suero transparente con la etiqueta Antídoto Beta-Entomológico. Uso exclusivo personal militar.
​—Doce... solo doce —sollozó Santos, con los ojos inyectados en sangre y las manos manchadas de hollín—. Con esto tengo suficiente para salir del valle a pie a través del túnel de servicio del ferrocarril viejo. Los demás... los demás que se arreglen con sus rezos.
​—No vas a ir a ninguna parte, Agustín —la voz distorsionada por el modulador de Jiménez retumbó desde la sombra del pasillo de acceso, haciendo que el alcalde diera un brinco y dejara caer uno de los viales, que estalló en mil pedazos sobre el suelo de cemento, liberando un aroma a almendras amargas.
​El Teniente Jiménez y Lorenzo entraron en el búnker, con las armas en alto y las figuras de los trajes NBQ recortándose contra la luz desnuda del techo como dos verdugos del nuevo mundo. Los visores de sus máscaras reflejaban la luz roja de emergencia del panel de control del fondo.
​Santos retrocedió hasta chocar con las cajas amarillas, levantando las manos temblorosas mientras intentaba esbozar su mejor sonrisa de campaña electoral, una mueca patética que no logró ocultar el terror que le atenazaba la garganta.
​—Jiménez... Lorenzo... Menos mal que estáis vivos —tartamudeó el alcalde, intentando estabilizar la voz—. Todo esto... todo esto es un malentendido de los laboratorios de la colina. He bajado aquí para activar los sistemas de emergencia del pueblo. Esas máscaras... esas máscaras son para vosotros. Podemos salir juntos de aquí. Tengo los códigos del túnel ferroviario. Hay un convoy de extracción esperándome al otro lado del puerto.
​—Mientes, Agustín —dijo Lorenzo, dando un paso al frente y señalando con la linterna el teléfono descolgado del despacho superior cuyos cables subían por el techo—. Hemos visto los coches de la patrulla del norte. Tus "socios" corporativos han dejado morir a dos chicos de veinte años en mitad del bosque para tapar tus corruptelas. No hay ningún convoy esperándote. Nos han dejado encerrados a todos en este valle para que la plaga limpie el terreno.
​Jiménez avanzó hasta colocar la punta de la pistola a escasos centímetros de la frente del alcalde.
​—Vas a darnos los códigos de la radio analógica soterrada ahora mismo, Santos —ordenó el teniente, el tono metálico de su modulador vibrando con una violencia contenida—. Y después, vas a explicarnos cómo detenemos esa maldita nube que ya está devorando el taller donde están Susana y los demás. Porque si ellos no salen vivos de este pueblo, te garantizo que tú serás el primero en probar el aire del exterior sin esa máscara de la que tanto presumes.




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