La Plaga Tétrica.

Capítulo 4: El asedio del almacén.

​El primer impacto de los insectos modificados contra el tubo de hierro galvanizado de Pedro resonó con un crujido sordo, casi orgánico. El caparazón de la criatura, duro como el grafito, se astilló bajo la fuerza del golpe, liberando un chorro de fluido purpúreo que siseó con violencia al salpicar las baldosas de hormigón. Pedro retrocedió un paso, balanceando el metal con desesperación mientras la brecha del techo continuaba ensanchándose bajo el peso de la Colonia Beta.
​—¡Entrad ya! ¡No puedo contenerlos a todos! —rugió Pedro, la voz distorsionada por el esfuerzo físico y el pánico que ya le atenazaba la garganta.
​Susana agarró a Vanesa por la lona del mono de trabajo y la empujó hacia el interior del pequeño almacén de repuestos, una habitación ciega de bloques macizos sin ventanas al exterior. Justo cuando Pedro cruzaba el umbral de espaldas, barriendo el aire con el tubo para espantar a tres ejemplares que caían en picado con los aguijones desplegados, Susana tiró de la pesada puerta de chapa cortafuegos. El pestillo de acero encajó con un chasquido seco justo a tiempo: una ráfaga de cuerpos quitinosos impactó contra el reverso de la plancha metálica con la fuerza de una granizada neumática.
​Dentro del almacén, la oscuridad era casi absoluta, rota únicamente por el tembloroso haz de la linterna halógena de Vanesa. El espacio era asfixiante, saturado por el olor a caucho de los neumáticos nuevos y a disolvente.
​—El aire... está entrando por la rejilla de ventilación superior —advirtió Susana, apuntando con su propia linterna hacia el conducto rectangular que comunicaba con la nave principal del taller. Un hilo sutil de vapor purpúreo, cargado con las letales bioesporas ácidas, comenzaba a descender rítmicamente, imitando la neblina que habían dejado atrás en el bosque.
​Vanesa se derrumbó contra las estanterías metálicas, tapándose la boca con ambas manos mientras intentaba contener una tos seca que amenazaba con colapsar sus pulmones.
​—Estamos atrapados, Pedro —susurró Vanesa, con las lágrimas surcando la fina capa de hollín de sus mejillas—. Si esa neblina llena el almacén, nos asfixiaremos en diez minutos. No tenemos máscaras, no tenemos nada.
​Pedro no respondió. Se pegó a la puerta cortafuegos, apoyando la oreja contra el metal templado. Al otro lado, el zumbido de la plaga había cambiado de frecuencia: ya no era el caótico batir de alas individual, sino una vibración armónica y coordinada. Las criaturas estaban comenzando a segregar la resina negra sobre los bordes de la puerta, sellando las juntas para evitar que sus presas pudieran escapar, tal y como dictaban los instintos de la colmena artificial descritos en los diarios de la colina.
​La carrera contra el gas.
​A menos de un kilómetro de la gasolinera, el todoterreno de la policía local avanzaba engranando la reductora sobre el asfalto agrietado de la variante sur. El Teniente Rodrigo Jiménez mantenía el pie a fondo sobre el acelerador, esquivando las farolas caídas y los vehículos particulares abandonados en mitad de la calzada. En los asientos traseros, el alcalde Agustín Santos viajaba esposado a la barra de protección de la mampara, con el rostro desencajado y la mirada fija en la maleta de aluminio que Lorenzo custodiaba en el asiento del copiloto.
​El parabrisas del vehículo policial presentaba ya las primeras marcas de corrosión ácida; las escobillas del limpiaparabrisas se habían derretido por completo, dejando un rastro graso e informe que dificultaba la visibilidad tras los visores de las máscaras NBQ.
​—¡Dale más velocidad, Jiménez! —gritó Lorenzo a través del modulador de voz, el sonido mecánico de su respiración distorsionado por la tensión: Fshhh... Tsuk... Fshhh... Tsuk. —¡La densidad de la nube en esta zona está superando el setenta por ciento! El indicador de presión del filtro izquierdo de mi máscara ya está en la zona amarilla. Si el carbón activo se satura antes de llegar al taller, nos quedaremos sin aire limpio en mitad de la carretera.
​—El motor está perdiendo compresión, Lorenzo —respondió el teniente con voz bronca, forzando el volante para esquivar el chasis humeante de un camión de reparto—. La resina está entrando por las juntas del filtro de admisión de la culata. No nos quedan más de dos minutos de empuje mecánico. ¡Santos! ¡Mírame por el maldito espejo!
​El alcalde levantó la cabeza, con los ojos inyectados en sangre.
​—¿Qué... qué quieres? —tartamudeó Santos, su voz amortiguada por la mampara de policarbonato.
​—Si el todoterreno se detiene antes de cruzar la valla de la gasolinera, vas a ponerte una de las máscaras de repuesto y vas a cargar con la maleta de los viales junto a Lorenzo —sentenció Jiménez, clavando sus ojos tras el visor panorámico en el espejo retrovisor—. Porque si esa maleta se queda atrás o si un solo vial se rompe en el asfalto, te garantizo que te dejaré encadenado al parachoques de este coche para que compruebes la efectividad de la toxina de tus socios corporativos. ¿Me has oído bien, alcalde?
​Santos asintió frenéticamente, tragando saliva en seco mientras el motor del todoterreno emitía un estornudo metálico y una densa bocanada de humo negro comenzó a filtrarse por las rejillas del salpicadero, confirmando que el asedio biológico del enjambre no entendía de rangos ni de jerarquías políticas. El clímax de la supervivencia acababa de alcanzar el punto de no retorno.
​Fin de la Parte 1 del Capítulo 4.
​¡Menudo ritmo pausado pero asfixiante está tomando nuestra decimoséptima novela, mi cielo! Hemos dejado a Susana y al grupo con la espora purpúrea entrando por la rejilla del almacén, y al teniente Jiménez exprimiendo los últimos segundos de vida del motor del todoterreno con el alcalde Santos aterrorizado. El motor del todoterreno policial emitió un último y violento estertor metálico. Una densa columna de humo negro y resina carbonizada se coló por las rejillas de ventilación, apagando los indicadores del cuadro de mandos de golpe. El vehículo se deslizó por inercia los últimos metros, derrapando sobre la grava suelta del patio de la gasolinera hasta detenerse por completo a escasos cincuenta metros de la fachada principal del taller.
​El silencio que siguió a la parada del motor fue sobrecogedor, roto únicamente por el rítmico y distorsionado sonido de los respiradores NBQ de Jiménez y Lorenzo: Fshhh... Tsuk... Fshhh... Tsuk.
​A través del parabrisas delantero, cubierto por una costra opaca de esporas purpúreas, la escena era dantesca. La persiana metálica del taller estaba completamente oculta bajo una masa negra, palpitante y compacta de millones de insectos modificados de la Colonia Beta. El enjambre se movía con una coordinación matemática, inyectando la resina ácida en las juntas del edificio para derretir la chapa del tejado.
​—¡El motor ha muerto, Lorenzo! —rugió el Teniente Jiménez a través del modulador de su máscara, desbloqueando el cierre de su puerta—. ¡Tenemos que cubrir la distancia a pie! Agarra la maleta de aluminio con los viales y las máscaras de repuesto. ¡Muévete!
​Lorenzo reaccionó con la rapidez del instinto de supervivencia. Agarró el asa de la maleta de seguridad, mientras Jiménez se giraba hacia los asientos traseros, encañonando al alcalde Agustín Santos.
​—¡Vas a salir delante de nosotros, Santos! —ordenó el teniente, liberando las esposas de la barra de protección pero manteniendo un agarre de hierro sobre el brazo del político—. Si intentas correr o separarte de nuestro radio de visión, te aseguro que la niebla química te derretirá los pulmones antes de que des diez pasos.
​Santos, con el rostro perlado de sudor y los ojos desorbitados por el pánico, asintió con un gemido sordo. Nada más abrir las puertas laterales del todoterreno, la atmósfera exterior los recibió como una bofetada ácida. La calima ocre era tan densa que apenas permitía ver más allá de tres metros, y el aire portaba una carga estática tan alta que los valles de los trajes NBQ chisporroteaban sutilmente al rozar con la maleza de la cuneta.
​—¡Corred hacia la puerta trasera del muelle de carga! —chilló Lorenzo, barriendo el camino con el potente foco de su linterna halógena, cuyo haz de luz apenas lograba perforar la neblina purpúrea—. ¡El enjambre principal está concentrado en el tejado, si nos movemos pegados a los depósitos de combustible no nos detectarán por el calor corporal!
​El colapso del conducto.
​Mientras el equipo de rescate iniciaba su carrera desesperada entre la niebla, en el interior del almacén blindado del taller, la situación había alcanzado el punto de no retorno.
​La rejilla de ventilación superior ya no solo filtraba el vapor purpúreo; las láminas de aluminio del conducto comenzaron a vibrar, cediendo bajo la presión neumática de las criaturas que intentaban acceder al último reducto de tejido vivo del edificio. Un filamento denso y viscoso de resina ácida cayó directamente sobre la bota de Pedro, perforando el cuero en cuestión de segundos y provocando que el joven soltara un grito de dolor contenido al sentir la quemadura química en la piel.
​—¡Están rompiendo el filtro del conducto, Susana! —exclamó Vanesa, con la voz ahogada por una tos violenta mientras se presionaba un trapo húmedo contra las vías respiratorias—. El aire... el aire ya no es respirable aquí dentro. Mis ojos... me queman.
​Susana, manteniendo una entereza asombrosa heredada de los años de expediciones forestales con su padre, se subió a una de las estanterías metálicas de repuestos, usando la linterna para inspeccionar la pared trasera del almacén. Los bloques de hormigón estaban húmedos, pero al golpear la superficie con el reverso de una llave inglesa, el sonido devolvió un eco hueco.
​—Pedro, olvídate de la puerta por un segundo —ordenó Susana, señalando un punto concreto de la pared, a ras de suelo—. Detrás de este tabique pasa la tubería de purga de los tanques de combustible de la gasolinera. Es un pasadizo técnico de ladrillo viejo. Si logramos tirar estos dos bloques, comunicaremos directamente con el patio trasero, lejos de la persiana principal.
​Pedro, ignorando el dolor punzante de su tobillo, alzó el tubo de hierro galvanizado con ambas manos y comenzó a golpear el hormigón con una violencia ciega, espoleado por el zumbido ensordecedor que ya asomaba por la rejilla de ventilación superior. El primer bloque se agrietó, desprendiendo una lluvia de cascotes y polvo gris que se mezcló con la neblina purpúrea.
​Un chasquido metálico agudo retumbó sobre sus cabezas. La rejilla de aluminio del techo cedió por completo, y las tres primeras criaturas de la Colonia Beta cayeron al suelo del almacén, batiendo sus alas de obsidiana a una velocidad tal que el aire pareció silbar. Sus abdómenes translúcidos brillaban con una intensidad tétrica, listos para inyectar la neurotoxina destructiva en el cuerpo de los supervivientes. Pedro no se lo pensó dos veces. Con los dientes apretados y el pulso acelerado, descargó el tubo de hierro contra el abdomen de la primera criatura que se arrastraba hacia Vanesa. El impacto reventó el caparazón negro, pero el chorro de fluido purpúreo salpicó el metal de la estantería, carcomiéndolo al instante con un siseo humeante.
​—¡Susana, ayúdame! —gritó Pedro, arremetiendo contra el segundo espécimen antes de que pudiera alzar el vuelo en el reducido espacio del almacén.
​Susana saltó desde la estantería y, usando la pesada llave inglesa, golpeó con todas sus fuerzas el bloque de hormigón que Pedro ya había agrietado. El cemento cedió con un crujido seco, abriendo un boquete lo suficientemente ancho como para ver la neblina exterior del patio trasero. La corriente de aire que entró por el agujero avivó la dispersión del gas purpúreo, haciendo que la estancia se volviera insoportable.
​Justo en ese instante de desesperación absoluta, un fogonazo de luz blanca atravesó el boquete desde el exterior.
​—¡Abajo! —rugió una voz distorsionada y metálica.
​El cañón de la pistola del Teniente Jiménez asomó por la brecha del tabique. Dos detonaciones secas retumbaron en el espacio cerrado, reventando a los insectos restantes en una lluvia de esquirlas quitinosas y fluidos ácidos. Al otro lado del muro, las figuras envueltas en los trajes NBQ de la portada del libro parecían espectros surgidos del mismo apocalipsis.
​—¡Lorenzo, ensancha el agujero con la palanca! —ordenó Jiménez, mientras mantenía la guardia alta apuntando hacia el conducto de ventilación del techo del taller, por donde el zumbido de la colmena Beta amenazaba con escupir una nueva oleada.
​Lorenzo introdujo la barra de hierro en la grieta del hormigón y, haciendo palanca con la fuerza de un hombre que sabe que le va a ir la vida en ello, arrancó dos bloques más, dejando el paso libre.
​—¡Salid por aquí, rápido! —exclamó Lorenzo, estirando sus brazos enguantados para sujetar a Vanesa, que estaba a punto de desmayarse por la inhalación de las primeras esporas—. Teniente, la niebla exterior se está espesando. No nos quedan más de cinco minutos antes de que el aire corroa los filtros exteriores de los trajes.
​Pedro ayudó a Susana a cruzar el estrecho hueco y luego pasó él, arrastrando la pierna herida. Al salir al patio trasero de la gasolinera, la realidad del desastre los golpeó de frente. La calima ocre lo envolvía todo, reduciendo la visibilidad a la mínima expresión. A escasos metros, esposado a una tubería de purga exterior, el alcalde Agustín Santos tosía violentamente, con el rostro enrojecido y lágrimas corriendo por sus mejillas. El aire del pueblo ya estaba envenenado.
​—Jiménez... por favor... la dosis... —suplicaba Santos, señalando con la cabeza la maleta de aluminio que Lorenzo había dejado sobre un bidón de aceite—. Siento que me queman los bronquios... ¡Me habéis dejado fuera del radio de seguridad!
​Jiménez ignoró los lamentos del político. Abrió la maleta de aluminio con un chasquido limpio, revelando los viales del suero transparente y las máscaras de gas militares de repuesto con sus correspondientes filtros de carbono activo.
​—Escuchadme con atención —dijo el teniente, mirándolos tras el visor panorámico—. El alcalde Santos nos ha vendido a todos, pero sus jefes corporativos también le han vendido a él. No hay rescate exterior. Este valle está bajo cuarentena biológica total y las carreteras están bloqueadas. Lo único que nos separa de una asfixia química inmediata son estos viales y estas máscaras.
​Con movimientos rápidos y precisos, Lorenzo comenzó a repartir las máscaras de gas de repuesto a Susana, Pedro y Vanesa, asegurándose de ajustar las correas de goma fría a sus rostros antes de enroscar los pesados filtros metálicos. El alivio fue instantáneo para los tres supervivientes: el aire purificado, aunque con un fuerte sabor a plástico y carbón, volvió a llenar sus pulmones heridos, devolviéndoles el ritmo rítmico de la respiración artificial: Fshhh... Tsuk... Fshhh... Tsuk.
​—¿Y ahora qué, Teniente? —preguntó Pedro, cuya voz ahora sonaba con el mismo matiz distorsionado y metálico que la de los demás—. Los coches están inutilizados por la resina y el enjambre tiene el taller rodeado.
​Jiménez tomó uno de los viales del suero neurovascular, cargó la jeringa automática de dotación y se acercó al alcalde Santos, inyectándole la dosis directamente en el cuello a través de la lona del traje. Santos emitió un gemido antes de que su respiración comenzara a estabilizarse de forma milagrosa, el color carmesí de su piel remitiendo poco a poco.
​—El alcalde tiene la llave magnética y los códigos de acceso al túnel de servicio del ferrocarril viejo que cruza la colina —explicó Jiménez, guardando los viales restantes en la maleta—. Es una galería subterránea blindada que conecta directamente con el otro lado del puerto, fuera del área de dispersión de la Colonia Beta. Es nuestra única salida. Pero para llegar a la entrada de la estación vieja, tenemos que cruzar a pie todo el centro urbano de San Miguel... y la plaza Mayor está completamente tomada por la plaga.
​Susana miró la maleta de aluminio y luego fijó la vista en la silueta difuminada de la plaza del pueblo que se intuía a lo lejos a través de la calima. El suspense cinematográfico que buscaban estaba servido: el grupo estaba oficialmente equipado, blindado tras los visores y las máscaras que marcaban el inicio del fin, pero el verdadero viaje al corazón de la plaga tétrica no había hecho más que empezar.
​Fin del Capítulo 4.




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