La Plaga Tétrica.

Capítulo 5: La travesía de las sombras.

​El callejón de la Amargura hacía honor a su nombre aquella noche. La calima ocre y purpúrea flotaba estancada entre las altas fachadas de piedra caliza, reduciendo la visibilidad a unos escasos y peligrosos tres metros. El grupo avanzaba en una fila india milimétrica, pegando las espaldas a los muros húmedos de las viviendas abandonadas. El único sonido que rompía el silencio sepulcral del pueblo era el compás rítmico, casi fantasmal, de sus propios respiradores: El Teniente Rodrigo Jiménez abría la marcha. Mantenía su pistola reglamentaria alzada a la altura de los ojos, barriendo la penumbra con el haz de su linterna acoplada, el cual apenas lograba perforar la sopa de bioesporas ácidas. Justo detrás, Pedro avanzaba con evidente dificultad, apoyando el peso de su cuerpo en el hombro de Lorenzo; la quemadura química de su tobillo, provocada por la resina del almacén, palpitaba con una intensidad que le hacía ver destellos blancos tras el visor de su máscara.
​En el centro de la formación, Susana custodiaba a Vanesa, quien aún se recuperaba de la inhalación de los primeros gases tóxicos. Cerrando la comitiva, atado por una cuerda corta y gruesa a la cintura de Lorenzo, el alcalde Agustín Santos arrastraba los pies con la cabeza gacha, asfixiado por el pánico y el peso de su propia traición.
​—Mantened el paso —ordenó Jiménez con un susurro que el modulador de la máscara transformó en una vibración metálica y profunda—. Estamos rodeando la manzana de la iglesia. Si la cartografía de la red analógica no me falla, este callejón conecta directamente con los soportales oeste de la plaza Mayor.
​—Teniente —intervino Susana, deteniéndose un segundo para ajustar la correa de lona de su traje NBQ—. Mire las vigas de los alerones del tejado. A la izquierda.
​Lorenzo desvió el foco de su linterna halógena hacia donde apuntaba Susana. En las juntas de madera vieja de un antiguo caserón abandonado, la plaga había comenzado a colonizar el tejido urbano. Una serie de estructuras ovoides, translúcidas y del tamaño de calabazas, colgaban de las viguetas. En su interior, una masa de larvas e insectos de la Colonia Beta palpitaba con una bioluminiscencia violácea y enfermiza, alimentándose de la celulosa y segregando esa pasta negra que destruía los materiales.
​—Nidos secundarios —murmuró Lorenzo, sintiendo un escalofrío—. Están madurando a una velocidad antinatural por el calor del suelo.
​—No os detengáis —siseó Jiménez—. Si una sola de esas membranas estalla por la vibración de nuestros pasos, el enjambre nos aislará en este embudo. Santos, mueve las piernas o te dejo aquí mismo.
​El alcalde emitió un gemido ahogado tras su respirador. La dosis del antídoto que Jiménez le había inyectado en el cuello mantenía sus vías respiratorias a salvo de la espora libre, pero el dolor de los bronquios quemados por el aire previo le recordaba a cada segundo que su vida dependía por completo de la supervivencia del grupo.
​La plaza del letargo.
​Al cruzar el arco de piedra caliza que daba acceso a la plaza Mayor, el grupo se congeló en seco. El espacio central de San Miguel de las Piedras, habitualmente lleno de vida, se había transformado en un monumento al horror biológico.
​La neblina ocre flotaba aquí con menor densidad debido a las corrientes de aire del valle, pero la visión de la torre del ayuntamiento heló la sangre de los cinco supervivientes. El histórico edificio consistorial estaba completamente tapizado por una costra viva, negra y brillante. Millones de ejemplares adultos de insectos modificados permanecían apiñados, con las alas de obsidiana plegadas sobre sus caparazones segmentados, cubriendo desde las columnas coloniales de la base hasta la estructura de hierro del campanario. El enjambre principal estaba en estado de letargo, emitiendo un zumbido sordo de baja frecuencia que hacía vibrar el empedrado bajo las botas del grupo.
​—Es una colina artificial... Han tomado el ayuntamiento como la colmena madre —susurró Susana, su voz temblando sutilmente a través del modulador—. Están esperando a que la temperatura del aire baje con la madrugada para iniciar la dispersión masiva por todo el condado.
​—La entrada al túnel del ferrocarril viejo está al otro lado, detrás del edificio de la estación abandonada —indicó Jiménez, señalando con la pistola el extremo norte de la plaza, oculto tras unos jardines secos—. Son unos cien metros en línea recta. Tenemos que cruzar el empedrado en un silencio absoluto. Si el enjambre de la torre despierta, no habrá suero ni traje NBQ que nos salve de ser devorados vivos.
​Avanzaron con una parsimonia agónica. Cada pisada sobre el suelo sembrado de esporas muertas y cristales rotos de los faroles derretidos sonaba, en sus oídos saturados de adrenalina, como una detonación. Pedro apretaba los dientes con tanta fuerza que sentía la mandíbula entumecida, arrastrando su pierna herida con un cuidado milimétrico para no rozar las piezas de hierro esparcidas por el suelo.
​A mitad de camino, justo al pasar junto a la gran fuente de piedra del centro de la plaza, el alcalde Santos, ciego de terror al mirar la masa palpitante del ayuntamiento, tropezó con una de las mangueras de riego abandonadas. Cayó de rodillas sobre el empedrado con un golpe seco que resonó con un eco espantoso en el vacío acústico del lugar.
​Al instante, el zumbido de la torre del ayuntamiento cambió de tono.
​Miles de caparazones negros comenzaron a frotarse entre sí, produciendo un chasquido metálico y estridente que erizó la piel de los fugitivos. En la cúspide del campanario, las primeras filas de la Colonia Beta desplegaron sus alas, sus abdómenes translúcidos encendiéndose en un brillo violeta de alerta máxima.
​—¡Santos, maldito seas! —rugió Lorenzo, levantando al alcalde de un tirón violento de la cuerda mientras este sollozaba descontrolado.
​—¡Ya vienen! —gritó Vanesa, apuntando con la linterna hacia el cielo, donde una densa marea negra comenzaba a desprenderse de la fachada del ayuntamiento como una catarata de alquitrán vivo que caía en picado hacia la plaza.
​—¡Corred hacia los jardines de la estación! —bramó el Teniente Jiménez, situándose en la retaguardia y abriendo fuego con su pistola reglamentaria. Los fogonazos de los disparos iluminaron las figuras de terror de los insectos que se abalanzaban sobre ellos, iniciando la última y más desesperada batalla por la supervivencia en el corazón de San Miguel. Parte 3: La barrera de fuego y la retirada.
​El tableteo de la pistola reglamentaria del Teniente Jiménez retumbó entre las paredes de piedra de la plaza Mayor, rompiendo por completo el letargo de la colmena. Cada detonación dejaba un destello blanco que iluminaba la masa negra cayendo desde el campanario. Los proyectiles impactaban contra el enjambre, reventando caparazones y esparciendo fluidos purpúreos que siseaban al tocar el suelo empedrado, pero la marea biológica era sencillamente abrumadora. Eran demasiados.
​—¡No dejes de correr, Lorenzo! —bramó Jiménez, su voz distorsionada por el modulador de la máscara mientras retrocedía de espaldas, disparando con una mano y arrastrando al alcalde Santos con la otra—. ¡Sácalos de la plaza!
​Lorenzo, cargando con la pesada maleta de aluminio donde tintineaban los viales del suero neurovascular, empujó a Vanesa y a Pedro hacia el paseo de los castaños, la zona ajardinada que precedía a la estación de tren abandonada. Pedro apoyaba el pie con desesperación, cada pisada arrancándole un gemido que quedaba atrapado dentro de su respirador. Susana se detuvo un segundo al llegar al primer arco de los jardines. Miró hacia atrás y vio cómo la densa nube de la Colonia Beta, guiada por el rastro térmico que dejaban los cuerpos de los fugitivos, cubría ya la fuente central. Las criaturas batían sus alas de obsidiana con un ritmo frenético que generaba una corriente de aire caliente y viciado, cargado de esporas ácidas.
​—¡Teniente, a su derecha! ¡Los depósitos de mantenimiento! —chilló Susana, apuntando con su linterna hacia un grupo de bidones de pintura y disolventes industriales que los operarios municipales habían dejado junto a las obras de restauración de los soportales.
​Jiménez captó la idea de inmediato. Esquivó a la primera línea del enjambre, cuyos aguijones quitinosos arañaron la lona reforzada de su hombro izquierdo, y se parapetó detrás de los bidones metálicos. Con la última bala de su cargador, apuntó directamente al tanque de imprimación asfáltica, un contenedor de gas comprimido altamente inflamable por el calor del verano.
​—¡Al suelo! —rugió el oficial a través del intercomunicador.
​El disparo perforó el metal. Una chispa estalló en el interior del tanque, desatando una violenta explosión térmica que iluminó la plaza Mayor con un hongo de fuego anaranjado y denso. La onda expansiva barrió la calima ocre en un radio de veinte metros, calcinando instantáneamente a miles de insectos de la vanguardia y transformándolos en una lluvia de ceniza negra y crujiente. El calor fue tan intenso que el traje NBQ de Jiménez alertó con un pitido agudo en el panel de su muñeca debido al pico de temperatura exterior.
​El fuego creó una barrera temporal entre la torre del ayuntamiento y los jardines de la estación, dándoles los segundos de ventaja que necesitaban.
​—¡Moveos, muévanse todos! —ordenó Jiménez, surgiendo de entre el humo negro con la cara del visor empañada por el hollín, empujando a un Santos completamente mudo por el terror—. La barrera de fuego no los contendrá mucho tiempo. La reina Beta enviará a las obreras periféricas en cuanto disminuya el calor. ¡La entrada del túnel está ahí delante!
​Lorenzo golpeó con el hombro la vieja puerta de madera astillada de la oficina de billetes de la estación. El cierre cedió con un estruendo limpio, permitiendo que el grupo se colara en el vestíbulo abandonado, donde el polvo de las décadas flotaba en el aire estancado, ajeno, al menos por unos instantes, a la tormenta biológica que rugía en el exterior.
​Fin del Capítulo 5.




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