La Plaga Tétrica.

Capítulo 6: El umbral del subsuelo.

​El vestíbulo de la estación vieja de San Miguel de las Piedras olía a madera podrida, hollín acumulado y a las décadas de olvido que habían precedido a la cuarentena. Las linternas del grupo barrían los techos altos, donde las molduras de yeso se caían a pedazos, mezclándose con el polvo que flotaba en suspensión. Fuera, tras los gruesos muros de piedra y las ventanas de cristales ahumados, el rugido sordo de la Colonia Beta y el crepitar del incendio provocado en la plaza Mayor amortiguaban la realidad inmediata.
​El Teniente Jiménez se apostó junto al marco de la entrada principal, vigilando el exterior a través de una rendija, mientras cambiaba el cargador de su arma. El indicador digital de su traje NBQ parpadeaba levemente debido a la saturación del entorno, emitiendo un sonido electrónico constante.
​—La barrera de fuego está perdiendo intensidad —anunció Jiménez, sin apartar la vista de los jardines—. El humo negro las está desorientando temporalmente, pero el enjambre periférico ya está rodeando los andenes exteriores. Lorenzo, ¿dónde está ese acceso?
​Lorenzo dejó la maleta de aluminio sobre el mostrador de madera de la antigua taquilla de billetes. Con sus manos enguantadas, extendió el plano analógico arrugado que habían rescatado del búnker de la gasolinera.
​—Según el esquema de la red municipal, el túnel de servicio del ferrocarril viejo no tiene acceso directo desde los andenes de pasajeros —explicó Lorenzo, apuntando con el haz de su linterna hacia una trampilla de hierro reforzado situada en el suelo, justo detrás de la zona de equipajes—. Esta esclusa baja directamente a la sala de calderas y a las galerías técnicas subterráneas. El problema es que el sistema de apertura es hidráulico y requiere presión manual desde abajo para liberar los cierres magnéticos de seguridad que el alcalde Santos activó antes de huir.
​Pedro se dejó caer contra la pared, respirando con dificultad. El dolor de su tobillo era ya un martirio insoportable, y el sonido de su respirador mecánico (Fshhh... Tsuk...) denotaba la agitación de su organismo. Susana se arrodilló a su lado, revisando las válvulas de presión de su traje para asegurarse de que la atmósfera ácida exterior no hubiera comprometido el sellado de la goma.
​—No nos queda mucho tiempo —advirtió Susana, mirando de reojo al alcalde Santos, que permanecía esposado y temblando en un rincón del vestíbulo—. Si la esclusa está bloqueada magnéticamente, necesitamos los códigos manuales o tendremos que volar la trampilla, y el ruido atraerá a la colmena directamente al interior del edificio.
​Santos levantó la cabeza lentamente, sus ojos inyectados en sangre fijos en la maleta de aluminio que contenía las últimas dosis del suero neurovascular. Una sonrisa amarga y desesperada se dibujó tras el plástico transparente de su máscara de emergencia.
​—Los códigos... —articuló el alcalde, su voz distorsionada por el modulador de seguridad sonando como un chirrido metálico—. Yo tengo la secuencia de desbloqueo en la memoria del terminal de mi muñeca... Pero no os la daré a menos que Lorenzo me libere de estas malditas esposas y me entreguéis la mitad de los viales de la maleta. No voy a entrar en ese túnel a oscuras como vuestro prisionero. Si el enjambre entra aquí, moriremos todos juntos en este vestíbulo.
​Jiménez se dio la vuelta despacio, el cañón de su pistola apuntando directamente al pecho del político. La tensión en el interior de la estación abandonada acababa de alcanzar el punto de ebullición.
​Fin de la Parte 1 del Capítulo 6. Parte 2: El colapso de las vidrieras.
​El frío acero del cañón de la pistola de Jiménez se apoyó firmemente contra el visor de la máscara del alcalde Santos, silenciando de golpe sus exigencias de chantaje.
​—No estás en posición de negociar absolutamente nada, Agustín —siseó el teniente, con una calma gélida que resultaba más aterradora que cualquier grito a través del modulador—. Tus opciones son muy simples: o introduces la secuencia de desbloqueo en esa trampilla ahora mismo, o te dejo esposado a esa misma columna para que seas lo primero que encuentre el enjambre cuando reviente las puertas. Elige rápido.
​Antes de que el político pudiera responder, un estrépito violento sacudió la parte superior de la estación. Una de las grandes vidrieras modernistas del techo, debilitada por los años de abandono y sometida a la intensa presión del calor exterior, estalló en mil pedazos. Una cascada de cristales rotos cayó sobre el suelo de madera del vestíbulo, y con ella, una densa avanzada de la Colonia Beta.
​Las criaturas cayeron batiendo sus alas de obsidiana con furia, sus abdómenes translúcidos brillando con ese tétrico color violeta que delataba la carga de esporas ácidas. El zumbido masivo inundó el espacio cerrado, rebotando en las paredes altas.
​—¡Están entrando! —chilló Vanesa, cubriéndose la cabeza mientras Lorenzo levantaba la maleta de aluminio para protegerla de los fragmentos que seguían cayendo.
​—¡Santos, a la trampilla ya! —bramó Jiménez, agarrando al alcalde por las cadenas de las esposas y arrastrándolo hacia el mostrador de las taquillas, donde la compuerta de hierro permanecía sellada.
​Pedro, ignorando el dolor lacerante de su tobillo, alzó el tubo de hierro galvanizado que había conseguido traer consigo y golpeó con fuerza a uno de los insectos que se abalanzaba en picado hacia Susana. El impacto fragmentó el caparazón segmentado, esparciendo un fluido purpúreo que comenzó a corroer los tablones del suelo con un siseo humeante y un olor penetrante a azufre.
​Con las manos temblorosas y la pistola de Jiménez apuntándole a la nuca, el alcalde Santos presionó la pantalla parpadeante de su terminal de muñeca, transfiriendo la señal de radiofrecuencia a la cerradura magnética de la compuerta. Un chasquido metálico, profundo y pesado, resonó bajo sus pies cuando los pernos de seguridad de la trampilla finalmente se retrajeron.
​—¡Está abierta! ¡Ayudadme a levantarla! —gritó Lorenzo, soltando la maleta y tirando de la pesada argolla de hierro de la esclusa.
​Un espeso vaho subterráneo, frío y con olor a óxido, ascendió desde la negrura de la sala de calderas, ofreciendo al grupo un último y desesperado santuario bajo tierra mientras el resto de la techumbre de la estación comenzaba a ceder bajo el peso insoportable de la marea negra.
​Fin del Capítulo 6.




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