El descenso por la escala de hierro de la sala de calderas fue un ejercicio de pura supervivencia ciega. Lorenzo bajó primero, sosteniendo la maleta de aluminio con una mano mientras con la otra se aferraba a los peldaños oxidados. Justo detrás, Susana y Jiménez ayudaron a descolgar a Pedro, cuyo tobillo ya no resistía el menor apoyo, mientras Vanesa empujaba al alcalde Santos hacia el pozo de negrura.
Arriba, en el vestíbulo de la estación, el estrépito de las maderas crujiendo y el zumbido ensordecedor de la marea negra se cortaron de golpe cuando Jiménez tiró de la trampilla interior, encajando los pestillos manuales de la esclusa.
El silencio subterráneo los envolvió como una losa de hormigón. El aire aquí abajo era frío, rancio y arrastraba un denso olor a lodo y herrumbre. Las linternas halógenas comenzaron a trazar líneas de luz blanca en la oscuridad, revelando un pasadizo de bóveda de ladrillo viejo y tuberías de fundición cubiertas de condensación. Las máscaras de gas continuaban con su monótono compás. Estamos en la galería de ventilación del ferrocarril de la línea minera —explicó Lorenzo, alumbrando el suelo, donde los rieles medio sepultados por el fango se internaban en la penumbra—. Si seguimos esta vía en línea recta, cruzaremos el subsuelo de la colina norte y saldremos a la antigua cantera, ya fuera del perímetro urbano de San Miguel. Son casi dos kilómetros de túnel.
—El terreno está cediendo por tramos —advirtió Susana, agachándose para examinar las grietas de los arcos de ladrillo—. Las vibraciones de la colmena en la superficie y la humedad de los tanques de purga están debilitando el apuntalamiento. Tenemos que movernos rápido.
Jiménez obligó al alcalde Santos a ponerse a la cabeza de la línea, justo detrás de Lorenzo. El político, privado de su altanería y con el traje NBQ manchado de lodo, avanzaba tiritando, con las esposas tintineando suavemente en la oscuridad.
Caminaron durante quince minutos en una tensa calma, esquivando las traviesas podridas y los desprendimientos de cascotes del techo. Sin embargo, al alcanzar la mitad del trayecto, el túnel se ensanchó en una antigua cámara de bifurcación de vías, y las linternas iluminaron un obstáculo imprevisto: un enorme derrumbe de rocas y vigas de hierro bloqueaba el paso por completo de suelo a techo.
—Está totalmente taponado —dijo Pedro, dejándose caer sobre una caja de herramientas oxidada, exhausto por el esfuerzo de la caminata.
—Hay un pozo de inspección lateral que sube hacia los sótanos de la destilería vieja, alcalde —dijo Santos de repente, con la voz temblorosa a través de su modulador—. Podríamos rodear el derrumbe por ahí... Es la única alternativa si queremos salir al otro lado del puerto.
Susana miró al teniente con desconfianza. El mapa térmico que habían visto en el despacho de la alcaldía indicaba que las galerías de la destilería conectaban peligrosamente con los subniveles del Sector Norte, el epicentro de la fuga original. Parte 2: El pozo de la destilería.
El Teniente Jiménez sopesó las palabras del alcalde Santos mientras el haz de su linterna recorría el bloque de rocas y vigas retorcidas que obstruía el túnel minero. El eco de los respiradores (Fshhh... Tsuk...) rebotaba en las paredes de ladrillo, recordándoles que el aire purificado de sus trajes tenía fecha de caducidad.
—La destilería vieja lleva cerrada desde los años noventa, Santos —dijo Jiménez, bajando el arma pero manteniendo la guardia—. Si el mapa térmico del ayuntamiento mostraba que los sótanos comunican con el Sector Norte, significa que nos estás metiendo de cabeza en la boca del lobo.
—¡Es la única vía, teniente! —insistió el alcalde, pegando su visor al de Jiménez en un gesto de pura desesperación—. El derrumbe de este túnel tiene metros de espesor. Si nos quedamos aquí a excavar con herramientas viejas, los filtros de carbono de vuestros trajes se saturarán antes de mover la tercera roca. En la destilería hay conductos de ventilación independientes que suben a la superficie limpia de la colina.
Susana se acercó a la trampilla del pozo de inspección lateral que Santos había señalado. Con la punta de la llave inglesa, levantó la pesada tapa de hierro fundido. En lugar del olor a óxido y fango del ferrocarril, del hueco emergió un aire extrañamente cálido, impregnado de un intenso aroma a fruta fermentada y alcohol industrial, mezclado con el ya familiar matiz azufrado de la plaga.
—El fluido de la Colonia Beta ha reaccionado con los viejos tanques de melaza de la superficie —advirtió Susana, iluminando la escala de piedra que bajaba hacia la oscuridad del pozo—. Han convertido los sótanos de la destilería en un caldo de cultivo térmico. Si bajamos por aquí, Pedro no podrá avanzar al mismo ritmo.
—Yo puedo seguir —intervino Pedro, incorporándose a duras penas con el tubo de hierro como apoyo—. No nos vamos a quedar aquí abajo para que nos sepulte el techo. Lorenzo, ayúdame con el tramo de bajada.
Lorenzo asintió en silencio, pasando el brazo de Pedro sobre su hombro reforzado mientras Jiménez obligaba a Santos a descender primero por la angosta apertura. Uno a uno, los cinco supervivientes se introdujeron en el pozo vertical, abandonando la seguridad del túnel ferroviario para adentrarse en las tripas de una fábrica muerta que la biología modificada había decidido reclamar como su propio laboratorio de incubación. El calor comenzó a subir dentro de sus trajes, y con él, el miedo a lo que les aguardaba en los niveles superiores.
Fin del Capítulo 7.