La Plaga Tétrica.

Capítulo 8: Los crisálidas de melaza.

​El calor en el subsuelo de la antigua destilería era casi insoportable, una masa de aire denso y estancado que hacía que el sudor corriera a chorros por el interior de los trajes NBQ. Las linternas halógenas apenas lograban cortar los vapores alcohólicos y azucarados que emanaban de los viejos tanques de fermentación. El ritmo de los respiradores (Fshhh... Tsuk...) se había vuelto más errático a medida que el grupo avanzaba por las pasarelas metálicas corroídas.
​Lorenzo iba en cabeza, sosteniendo con firmeza la maleta de aluminio. De repente, se detuvo y alzó una mano enguantada, haciendo una señal de alto absoluto.
​—Mirad el techo de la sala de cubas —susurró Lorenzo, su voz distorsionada vibrando con un temor genuino.
​Al enfocar los potentes focos hacia la parte superior de la inmensa nave industrial subterránea, Susana y Pedro ahogaron un gemido. Los enormes tanques de cobre y hierro estaban completamente envueltos en una red de filamentos negros y pegajosos, similar a una descomunal telaraña. De las estructuras colgaban decenas de sacos ovoides gigantescos, de más de dos metros de largo cada uno. Eran crisálidas traslúcidas en cuyo interior se perfilaban las siluetas de ejemplares de la Colonia Beta mucho mayores que los vistos en la plaza, dotados de aguijones hipertrofiados y pinzas quitinosas.
​—Están mutando... —musitó Susana, acercándose al borde de la pasarela—. La mezcla de los compuestos químicos del laboratorio con el alcohol industrial y la melaza azucarada de la fábrica ha acelerado su ciclo biológico. Estas no son obreras, son soldados. Si eclosionan, la cuarentena del valle ya no servirá de nada; romperán cualquier cerco militar.
​El alcalde Santos, aprovechando que Jiménez inspeccionaba el perímetro de la pasarela para buscar una salida hacia las escaleras de emergencia, dio un paso atrás sigilosamente. Sus manos esposadas se posicionaron junto a una válvula de purga de seguridad de la cuba principal, una manivela de bronce que regulaba el flujo de los vapores de destilación retenidos durante décadas.
​—Si no me dais la maleta con el suero, abro la válvula —amenazó Santos, con los ojos desorbitados y la voz quebrada por una locura desesperada—. El silbido de la alta presión romperá las membranas de todas las crisálidas a la vez. No saldréis vivos de aquí.
​Pedro dio un paso al frente, levantando el tubo de hierro galvanizado a pesar del dolor lacerante de su tobillo, pero Jiménez fue más rápido. El teniente dio un salto felino sobre las rejillas metálicas, interponiéndose entre el alcalde y la válvula, mientras Vanesa localizaba la puerta de acceso al hueco de la chimenea exterior, la última vía de escape hacia la superficie limpia de la colina. El zumbido sordo de una de las crisálidas superiores empezó a acelerarse, indicando que el tiempo de las amenazas se había agotado en el subsuelo.
​Fin de la Parte 1 del Capítulo 8. Parte 2: El laberinto de vapor y el precio de la traición.
​La mano enguantada del Teniente Jiménez se cerró como una garra de acero sobre la muñeca del alcalde Santos, deteniéndolo a milímetros de hacer girar la manivela de bronce. El político soltó un grito ahogado a través de su modulador de emergencia, intentando zafarse con torpeza, pero la fuerza física del oficial de policía, espoleada por la adrenalina de la supervivencia, lo aplastó contra el metal frío de la cuba de fermentación.
​—Se acabó el juego, Agustín —le espetó Jiménez a pocos centímetros de su visor, su respiración resonando agitada. Has pasado toda tu vida firmando decretos y vendiendo este pueblo a corporaciones que te veían como un peón desechable. No vas a hundirnos contigo en este pozo.
​Sin embargo, el forcejeo mecánico sobre la pasarela de rejilla no pasó desapercibido para el ecosistema modificado que se cocinaba en el techo. La vibración de los metales y el sutil incremento de las ondas de radio de los intercomunicadores actuaron como un resorte biológico.
​Sobre sus cabezas, la red de filamentos negros comenzó a contraerse rítmicamente. La crisálida gigante que colgaba justo encima de la válvula de purga emitió un crujido orgánico húmedo. La membrana translúcida, saturada por los vapores de la melaza azucarada, se rasgó verticalmente de arriba abajo, liberando una cascada de fluido amniótico purpúreo que cayó sobre la pasarela con un siseo corrosivo.
​—¡Ya está aquí! ¡Se está desprendiendo! —gritó Vanesa, dando un paso atrás y tropezando con los cables de la instalación eléctrica muerta de la fábrica.
​De la cápsula rota emergió el primer espécimen de soldado de la Colonia Beta. Duplicaba el tamaño de las obreras de la plaza; su caparazón segmentado no era simplemente negro, sino que presentaba unos reflejos metálicos azulados y espinas quitinosas de gran grosor a lo largo de sus extremidades articuladas. Sus alas, aún húmedas, comenzaron a batir a una velocidad neumática, generando un zumbido tan grave y potente que hizo vibrar los visores de policarbonato de los trajes NBQ.
​—¡Lorenzo, saca a Pedro y a Vanesa por la chimenea de ventilación! —ordenó Jiménez, desenfundando su arma con la mano libre mientras utilizaba su propio cuerpo para hacer de escudo humano—. ¡Susana, coge la maleta y mantén el antídoto a salvo! ¡Yo me encargo de la retaguardia!
​—¡No te voy a dejar aquí solo, teniente! —replicó Lorenzo, apretando los dientes tras la máscara mientras aseguraba la maleta de aluminio bajo el brazo izquierdo y pasaba el brazo de Pedro sobre su cuello para ayudarle a avanzar.
​—¡Es una orden, mecánico! —rugió Jiménez—. ¡Mueve a los muchachos!
​La criatura mutante fijó sus enormes ocelos compuestos en el rastro de calor del alcalde Santos. Con un movimiento felino y cegado por el instinto territorial de la colmena artificial, el soldado Beta se lanzó en picado. Su aguijón hipertrofiado, cargado de una variante concentrada de la neurotoxina destructiva, brilló en la penumbra con una luz violeta incandescente. El clímax de la destilería vieja acababa de estallar en una sinfonía de metal, fluidos ácidos y terror puro.
​Fin del Capítulo 8.




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