La Plaga Tétrica.

Capítulo 9: La garganta de metal .

​El estruendo del disparo de Jiménez rebotó contra los tanques de cobre, perdiéndose en el eco metálico de la fábrica, pero fue silenciado instantáneamente por el siseo agudo y chirriante del soldado Beta. Lorenzo no miró atrás. Su instinto era el de un animal acorralado que solo busca la salida. Empujó a Pedro hacia el interior de la chimenea de ventilación, un tubo de acero galvanizado de apenas ochenta centímetros de diámetro que se perdía en una negrura absoluta, llena de restos de hollín y telarañas sintéticas.
​—¡Dentro, vamos! —bramó Lorenzo, empujando los hombros de Pedro, que se movía con dificultad debido a la rigidez de su pierna herida.
​Vanesa fue la última en entrar, pero antes de sellar la escotilla de mantenimiento, echó un vistazo hacia atrás. La pasarela estaba envuelta en una neblina ácida, un vapor púrpura que devoraba la pintura desconchada de las paredes. En medio de aquel caos, vio una silueta humana luchar contra algo que, por un momento, pareció una mancha de tinta viva que se movía a una velocidad imposible. Luego, el silencio. Un silencio absoluto, interrumpido solo por el siseo de un conducto de vapor roto.
​—Jiménez... —susurró ella, con la garganta seca, mientras tiraba de la palanca de cierre. La escotilla se selló con un sonido metálico definitivo.
​Dentro de la chimenea, la atmósfera era opresiva, casi sólida. El aire estaba cargado de partículas de hierro oxidado y el olor dulzón de la melaza en descomposición. Debían subir a gatas, apoyando los antebrazos sobre la rejilla metálica que cubría el fondo de la chimenea. Lorenzo iba primero, con la maleta de metal golpeando rítmicamente contra la pared del tubo.
​—¿Puedes avanzar, Pedro? —preguntó Lorenzo, deteniéndose unos segundos. La luz de su linterna frontal, debilitada por la acumulación de polvo, apenas iluminaba un metro por delante.
​Pedro jadeó, el sudor le escocía en los ojos y se le mezclaba con la sangre que aún brotaba de su frente.
—Si... si me detengo, muero —respondió entrecortadamente—. Pero Lorenzo... escucha eso.
​Todos se quedaron paralizados. No era el ruido de la pelea en la planta baja. Era algo mucho más cercano, más sutil. Un rasgueo, rítmico y metálico, que provenía del propio conducto, justo encima de ellos. Era el sonido de garras quitinosas arañando la pared de acero del conducto. La criatura no solo los estaba persiguiendo desde la sala; había una patrulla de obreras que ya estaba ascendiendo por el interior de la chimenea, cerrándoles el paso.
​—Están aquí dentro —dijo Vanesa, su voz apenas un hilo de terror—. Han bloqueado la salida superior.
​Lorenzo levantó la mano, pidiendo silencio absoluto. Su luz frontal comenzó a parpadear, dejando la chimenea sumida en sombras que se alargaban y bailaban sobre las paredes curvas de metal. El rasgueo se detuvo. Unas antenas translúcidas y nervudas se asomaron por la curvatura del conducto, a escasos centímetros de la cara de Lorenzo, bloqueando la tenue luz que intentaba entrar desde el exterior.
​Fin del Capítulo 9.




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