La Plaga Tétrica.

Capítulo 10: El eco en la garganta fundida.

​El espacio confinado de la chimenea de ventilación se había transformado en una caja de resonancia para el terror. El aire, denso y saturado de un hollín centenario que se desprendía de las paredes curvas de acero galvanizado, obligaba a los tres supervivientes a medir cada inhalación. En el interior de los trajes NBQ, el sonido de los respiradores artificiales se había vuelto un coro descompasado y frenético.
Pedro sentía que el muslo izquierdo le iba a estallar. La quemadura química provocada por la resina ácida en el taller de la gasolinera ya no era un dolor sordo, sino una punzada incandescente que le recorría toda la columna cada vez que intentaba apoyar la rodilla sobre las frías rejillas transversales del conducto. El sudor le corría por la frente, empañando intermitentemente la zona inferior de su visor de policarbonato, obligándole a parpadear con desesperación para no perder de vista las botas de lona reforzada de Lorenzo, que avanzaba justo un metro por encima de él.
​—No os detengáis... —la voz de Lorenzo llegó a través del intercomunicador, distorsionada por el modulador magnético y entrecortada por el esfuerzo físico—. La pendiente del conducto se acentúa unos veinte metros más arriba. Si las lecturas del plano analógico son correctas, ahí deberíamos encontrar la bifurcación que da a la sala de soplado de vidrio de la planta superior. Es un área abierta, con ventanas que miran directamente a la ladera de la colina norte.
​—¿Y qué pasa con lo que viene detrás? —preguntó Vanesa desde la posición de retaguardia.
​Su linterna de mano, sujeta a la correa de su hombro con una pinza metálica, apuntaba hacia abajo, hacia la negrura vertical de la que acababan de ascender. El haz de luz blanca cortaba la suspensión de polvo, revelando cómo las paredes del tubo reflejaban un brillo violeta apagado y rítmico. No era una alucinación. El sutil zumbido de baja frecuencia que habían escuchado minutos antes en la sala de cubas se estaba propagando por el metal de la chimenea. Las vibraciones hacían que pequeños fragmentos de óxido repicaran sobre sus cascos como una lluvia seca.
​—Están ganando terreno —añadió Vanesa, intentando mantener la calma mientras arrastraba las palmas de sus guantes por el metal liso—. El aire aquí arriba está más caliente porque los soldados de la Colonia Beta están inyectando sus propios gases biológicos en el subsuelo para acelerar la maduración de los nidos periféricos. Si el conducto se satura de bioesporas, los filtros de carbono de nuestras máscaras empezarán a pitar en menos de diez minutos.
​Pedro apretó los dientes, aferrando el tubo de hierro galvanizado que utilizaba como apoyo improvisado.
—Lorenzo... la maleta. No dejes caer la maleta. Si el suero neurovascular se contamina o los viales se rompen por un golpe en esta bajada, todo lo que hizo el Teniente Jiménez en la plaza no habrá servido para nada.
​Lorenzo no respondió de inmediato. Utilizaba su brazo izquierdo para mantener la pesada maleta de aluminio pegada a su pecho, presionándola contra las costillas mientras avanzaba usando únicamente las rodillas y el antebrazo derecho para impulsarse hacia arriba. El esfuerzo era sobrehumano; la lona del traje NBQ crujía con cada movimiento y el indicador de presión de su botella de oxígeno de emergencia ya había entrado en la zona amarilla de advertencia.
​De repente, un chasquido agudo y seco resonó justo debajo de las botas de Pedro.
​Vanesa ahogó un grito. Una de las rejillas transversales de sujeción, debilitada por el óxido de las filtraciones de melaza y sometida al peso continuo del grupo, cedió por completo. El metal se rasgó con un crujido limpio, abriendo un hueco hacia el vacío de la chimenea de ventilación. El pie derecho de Pedro resbaló en el vacío, y por un instante que pareció congelar el tiempo en el subsuelo, quedó suspendido en el aire, sostenido únicamente por la fuerza de sus manos en las guías laterales del conducto.
​Abajo, a menos de tres metros en la vertical absoluta, la oscuridad pareció abrirse. Las linternas frontales iluminaron la vanguardia de la patrulla de persecución. Eran tres obreras de la Colonia Beta, cuyos caparazones segmentados de obsidiana relucían bajo la luz difusa. Sus antenas translúcidas y nervudas se agitaban en el aire, detectando el rastro térmico y las partículas de sudor que caían por el tubo. El sonido de sus mandíbulas quitinosas frotándose entre sí llegó con una claridad aterradora a través de la abertura del metal roto.
​—¡Pedro! ¡Dame la mano! —chilló Lorenzo, girándose sobre las rodillas en un movimiento arriesgado que hizo que la maleta de aluminio golpeara el lateral de la chimenea con un estruendo que resonó en todo el conducto.
​—¡No puedo! ¡Si suelto el tubo de hierro me voy abajo! —respondió Pedro, con los músculos de los brazos temblando por la tensión y el dolor de su tobillo herido nublándole la vista.
​La criatura más cercana de la plaga estiró sus extremidades articuladas, apoyando sus garras en las paredes del tubo para impulsarse en un salto limpio hacia el pie suspendido de Pedro. El aguijón de su abdomen, cargado de la variante neurotoxina destructiva, comenzó a brillar con esa intensa luz violeta que marcaba el inicio del fin. El espacio cerrado de la chimenea de ventilación se había convertido en el escenario de una lucha milimétrica donde cada segundo y cada palmo de metal valían una vida.
​Fin de la Parte 1 del Capítulo 10. Parte 2: La barrera de magnesio y el último tramo.
​El zumbido de las alas de la obrera de la Colonia Beta vibraba en las paredes metálicas de la chimenea como un motor a reacción confinado. El brillo violeta de su abdomen iluminó de forma tétrica el rostro pánico de Pedro, que colgaba a escasamente medio metro de las mandíbulas del insecto mutante.
​—¡Pedro, aguanta! ¡No te sueltes de las guías! —gritó Vanesa desde la sección inferior.
​Consciente de que no había espacio físico para que Lorenzo bajara a ayudarlos sin arriesgar la maleta de aluminio con los viales del suero, Vanesa tomó una decisión desesperada. Con los dedos enguantados y entumecidos por la tensión, hurgó en los bolsillos tácticos del chaleco de lona que llevaba sobre el traje NBQ, el cual pertenecía originalmente al equipo de rescate del Teniente Jiménez. Sus dedos palparon la silueta cilíndrica y rugosa de una bengala de señalización nocturna de alta intensidad a base de magnesio.
​Con un movimiento rápido, Vanesa extrajo el cilindro, golpeó el percutor contra la pared de acero de la chimenea y un fogonazo de luz blanca, cegadora e incandescente, inundó el tubo de ventilación de golpe. El calor emitido por la combustión química fue tan súbito que el sensor térmico de su visor comenzó a emitir un pitido de advertencia.
​—¡Cerrad los ojos! —chilló Vanesa, soltando la bengala encendida directamente en la vertical del pozo.
​El cilindro de magnesio cayó girando sobre sí mismo, impactando de lleno en la cabeza de la primera obrera Beta. La luz ultravioleta y el calor extremo disolvieron los ojos compuestos del insecto en cuestión de segundos, provocando que la criatura soltara un chirrido agudo y perdiera el agarre en las paredes del tubo. Al caer, el cuerpo en llamas arrastró a las otras dos obreras que ascendían detrás, precipitando la masa de quitina y fuego hacia los sótanos inundados de la destilería. Una densa columna de humo blanco y denso comenzó a subir por el conducto, amenazando con asfixiarlos si no salían de allí de inmediato.
​—¡Ahora, Pedro! ¡Sube! —rugió Lorenzo, estirando su brazo derecho hacia abajo con todas sus fuerzas.
​Aprovechando la distracción y el impulso de supervivencia, Pedro reunió las últimas fuerzas que le quedaban en los brazos. Apoyó el tubo de hierro galvanizado en un saliente lateral que aún resistía y, con un grito de dolor contenido, propulsó su cuerpo hacia arriba. La mano enguantada de Lorenzo se cerró sobre su muñeca con la fuerza de una prensa hidráulica, arrastrándolo hacia la sección estable del conducto justo antes de que el humo del magnesio bloqueara por completo la visibilidad.
​—¡Vanesa, muévete! ¡El humo va a saturar los filtros exteriores! —advirtió Lorenzo, reanudando la ascensión a gatas a una velocidad frenética, arrastrando a Pedro tras de sí.
​Cinco metros más arriba, la chimenea de metal terminaba abruptamente en un codo de noventa grados que conectaba con la sala de soplado de vidrio de la planta superior. Lorenzo golpeó la rejilla de salida con el talón de su bota, haciéndola saltar hacia el exterior. Uno a uno, los tres supervivientes reptaron fuera de la garganta de metal, cayendo exhaustos sobre el suelo cubierto de polvo, arena de sílice y cascotes de la fábrica alta.
​El aire en esta nave industrial, aunque cargado de la calima ocre del pueblo, no tenía la densidad tóxica del subsuelo. Al fondo de la sala, las inmensas cristaleras rotas daban paso a una vista imponente de la ladera de la colina norte. La estación de tren abandonada y la entrada del túnel ferroviario que buscaban se encontraban a escasos cincuenta metros de distancia, cruzando un terreno de matorrales secos. Sin embargo, la calma duró poco: al mirar hacia la plaza Mayor, una inmensa columna de fuego negro emergió del ayuntamiento. El edificio consistorial acababa de colapsar por completo, liberando al enjambre principal en una marea destructiva que oscureció el cielo de San Miguel como un eclipse de medianoche.
​Fin del Capítulo 10.




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