La Plaga Tétrica.

Capítulo 11: El eclipse de las alas de obsidiana.

​El suelo de la sala de soplado de vidrio estaba cubierto por una alfombra crujiente de arena de sílice, cascotes de ladrillo refractario y fragmentos de botellas carbonizadas que habían aguardado en el olvido durante casi cuatro décadas. Al salir de la agónica estrechez de la chimenea de ventilación, Lorenzo, Pedro, Susana y Vanesa se desplomaron sobre aquella superficie grisácea, jadeando con violencia. En el interior de sus cascos sellados, el aire espeso y con sabor a plástico recalentado era impulsado por el agónico y rítmico latido de los filtros mecánicos. Susana fue la primera en incorporarse de rodillas. Su traje NBQ estaba surcado de líneas negras provocadas por el hollín del conducto, y en su muñeca derecha, el sensor de presión ambiental emitía una parpadeante luz naranja. Se volvió de inmediato hacia Pedro, quien yacía de costado, abrazando el tubo de hierro galvanizado como si fuera un cabo de vida en mitad de un océano de esporas.
​—Déjame ver esa pierna, Pedro —dijo Susana, su voz distorsionada sonando grave y trémula a través del modulador—. No te muevas. Si la lona del traje se ha rasgado con el esfuerzo de la subida, la calima exterior entrará en contacto directo con la quemadura.
​Pedro negó con la cabeza, apretando los dientes tras el visor mientras Susana inspeccionaba la pantorrilla. Por fortuna, el tejido trenzado de la protección militar de dotación había resistido la abrasión del metal, aunque el tejido interior estaba empapado en una mezcla de sudor y el fluido purpúreo desprendido de la obrera que Vanesa había calcinado abajo con la bengala de magnesio.
​—El sellado aguanta —dictaminó Susana, exhalando un suspiro que empañó momentáneamente su pantalla de policarbonato—. Pero el tejido está perdiendo elasticidad por la acidez ambiental. No nos quedan más de veinte minutos de aislamiento efectivo si permanecemos estáticos en esta zona alta.
​Lorenzo, que no había soltado la maleta de aluminio con el brazo izquierdo, avanzó a gatas hasta los restos de la gran cristalera norte. Las ventanas de la nave industrial, diseñadas a mediados del siglo pasado para ventilar el calor de los hornos de fundición, carecían por completo de cristales; el tiempo y las pedradas de los adolescentes del pueblo los habían reducido a un marco de hierro oxidado y dentado. Desde esa posición elevada, la perspectiva de San Miguel de las Piedras era sobrecogedora y terrorífica.
​Un silencio pesado y antinatural pareció descender sobre el valle, un vacío acústico que duró apenas unos segundos, como si la propia naturaleza contuviera el aliento. Entonces, el suelo bajo sus botas vibró con una frecuencia sorda y profunda.
​La caída del consistorio.
​A lo lejos, en el centro geométrico del pueblo, la silueta señorial del ayuntamiento comenzó a deformarse. Las llamas anaranjadas que devoraban el piso superior desde los sótanos, donde el alcalde Santos había ocultado los reactivos químicos del proyecto, lamieron finalmente los tanques principales de destilación del subnivel.
​No hubo un estallido limpio. Fue una explosión térmica subsuperficial, una deflagración ahogada que expandió una onda de choque visible a través de la calima ocre. Las paredes de sillería del edificio consistorial se abrieron hacia fuera como los pétalos de una flor maldita, liberando un hongo de fuego negro y denso que se elevó más de cincuenta metros en el cielo nocturno.
​Pero lo peor no fue el fuego. Lo peor fue lo que el fuego liberó.
​La masa viva, la costra palpitante de millones de insectos que tapizaba la torre del campanario y las cornisas de la plaza Mayor, reaccionó de forma unísona al estímulo de la explosión. No murieron calcinados; la Colonia Beta utilizó la propia energía térmica como un resorte de dispersión masiva. Una inmensa nube negra, densa como el alquitrán líquido y tan vasta que cubrió por completo la luz de la luna, emergió de las ruinas del ayuntamiento.
​Eran millones de alas de obsidiana batiendo en una coreografía ciega y perfecta. El sonido que generaban al frotar sus caparazones segmentados cruzó la distancia que los separaba de la destilería, transformándose en un trueno seco y continuo que hizo vibrar las tuberías de la sala de soplado. La marea biológica comenzó a descender desde el cielo de la plaza como un manto asfixiante, extendiéndose hacia los límites exteriores del municipio, devorando la poca visibilidad que quedaba en las calles.
​—El enjambre principal... —consiguió articular Vanesa, que se había acercado al marco de la ventana junto a Lorenzo—. Ha despertado por completo. Ya no están en letargo. Están iniciando la fase de migración periférica que el diario de tu padre describía, Susana.
​—Si esa marea llega a la ladera de la colina antes que nosotros, el túnel del ferrocarril será nuestra tumba —sentenció Lorenzo, volviéndose hacia el grupo con una resolución sombría en la mirada—. La entrada está a cincuenta metros, cruzando el terreno de matorrales secos inferiores. Pedro, vas a tener que apoyarte en mí con todas tus fuerzas. Susana, quédate a la derecha de Vanesa. No uséis las linternas; la luz artificial en mitad de esta oscuridad llamará la atención de los soldados de vanguardia que vuelan por encima de la calima. Avanzaremos usando la sombra de los viejos vagones de carga abandonados que hay en la vía muerta.
​La travesía del terreno baldío.
​El grupo abandonó la sala de soplado a través de una rampa de descarga lateral que daba directamente a la ladera desolada de la colina norte. El aire exterior los golpeó de inmediato; estaba cargado de una ceniza fina y grisácea que caía del cielo como una nieve radiactiva, producto de la combustión del ayuntamiento. Cada partícula que se posaba sobre la lona de sus trajes NBQ dejaba una pequeña mancha blanquecina, un recordatorio de que la atmósfera de San Miguel se estaba volviendo letal a pasos agigantados.
​Lorenzo cargaba con el peso de Pedro, cuyo rostro tras el visor mostraba rictus de dolor indecibles. Cada paso sobre la tierra suelta y las raíces de los matorrales secos era una tortura, pero el joven mecánico de la gasolinera no emitía un solo gemido, concentrando toda su energía en mantener el tubo de hierro alzado para evitar tropezar con las piedras del camino.
​A su izquierda, a lo largo de la vía muerta que conectaba la destilería con la estación vieja, tres antiguos vagones de madera y hierro para el transporte de mineral permanecían alineados como espectros de otra época. La madera estaba carcomida y las ballestas de suspensión oxidadas, pero ofrecían una línea de cobertura visual idónea frente a la masa que zumbaba en las alturas.
​De repente, el intercomunicador de Lorenzo emitió una ráfaga de estática violenta. Un chirrido electrónico agudo rasgó los auriculares de los cuatro supervivientes, seguido de una voz que luchaba por abrirse paso a través de las interferencias electromagnéticas provocadas por la plaga.
​—...Lorenzo... Susana... ¿me recibís?... —la transmisión era débil, ahogada por un rítmico jadeo de emergencia—. ...El sótano... la estructura cedió... estoy en el canal de purga inferior...
​Susana se detuvo en seco, pegando la espalda a la chapa oxidada del primer vagón de carga.
—¿Teniente? ¿Teniente Jiménez, es usted? —preguntó, conteniendo el aliento.
​—...No hay tiempo... —la voz de Jiménez sonaba lejana, distorsionada por los daños obvios en su modulador—. ...El soldado Beta... lo destruí con el tanque... pero la reina... la reina no estaba en la torre del ayuntamiento... Está en los subniveles de la estación... justo donde vais... El alcalde Santos mintió... Los códigos que os dio activaron la exclusa de incubación... No entréis en el túnel... Repito: ¡no entréis en el túnel!...
​La transmisión se cortó con un chasquido definitivo, dejando paso de nuevo al monótono compás de sus respiradores y al aterrador zumbido de la marea de obsidiana que ya cubría los tejados de las primeras casas de la estación vieja, a escasos metros de su posición. El grupo se encontraba en mitad del terreno baldío, atrapado entre un cielo que se desplomaba y un refugio subterráneo que acababa de ser revelado como la verdadera boca del lobo. Parte 2: La encrucijada en la vía muerta.
​El silencio de la radio tras el mensaje del Teniente Jiménez cayó sobre el grupo con el peso de una losa de plomo. Pedro, Lorenzo, Susana y Vanesa se quedaron inmóviles, agazapados bajo el chasis oxidado del segundo vagón de carga. El tableteo lejano de la marea biológica en el cielo de San Miguel continuaba, pero ahora, el verdadero peligro latía a solo unos pasos de ellos, oculto tras la fachada de la estación vieja y la boca del túnel que tanto habían ansiado alcanzar.
​—Santos... ese miserable nos ha vendido hasta el final —masculló Lorenzo, apretando los dientes con tanta fuerza que el intercomunicador captó el rechinar de su mandíbula—. Nos mandó directos a la incubadora de la Reina para asegurar su propia huida o para darnos como cebo mientras él buscaba otra salida.
​—Pero no tiene sentido —intervino Vanesa, con la voz entrecortada por el pánico mientras miraba las ventanas oscuras de la estación ferroviaria—. Si Santos sabía lo que había ahí abajo, ¿por qué entró en pánico en el vestíbulo? ¿Por qué intentó chantajearnos con los códigos si la trampilla nos conducía a la muerte?
​—Porque no tenía opción —respondió Susana, arrodillándose junto a la maleta de aluminio para comprobar que el indicador de temperatura del suero neurovascular seguía en verde—. El enjambre de la plaza lo habría devorado de todos modos. Pensó que si nos metía en el territorio de la Reina, la Colonia Beta se concentraría en nosotros y él podría usar los pasadizos de mantenimiento laterales para cruzar la colina por su cuenta. Es un sociópata, Vanesa. Siempre ha jugado a salvar su propio pellejo.
​Pedro se apoyó contra una de las ruedas de hierro del vagón, exhalando un suspiro tembloroso que empañó su visor. Da igual cuáles fueran sus motivos —dijo Pedro, señalando con el tubo de hierro hacia el frente—. Mirad el cielo detrás de la estación. Si no entramos en el túnel, la marea negra que baja del ayuntamiento nos alcanzará en este descampado en menos de tres minutos. No tenemos dónde escondernos aquí fuera. Los trajes no aguantarán una descarga directa de esporas ácidas de ese tamaño.
​Lorenzo miró hacia atrás, confirmando las palabras de Pedro. La inmensa nube de insectos de la Colonia Beta ya estaba cruzando el paseo de los castaños. Los árboles centenarios se colapsaban y perdían sus hojas secas a medida que los caparazones de obsidiana pasaban sobre ellos, devorando la materia orgánica en una molienda ciega y voraz. El aire empezaba a oler a ozono y a azufre concentrado.
​—Susana —dijo Lorenzo, fijando sus ojos en los de ella a través del policarbonato—. El diario de tu padre... ¿Decía algo sobre el comportamiento de la Reina? Si la estación es la cámara de incubación principal, tiene que haber una entrada de aire o un sistema de sellado de emergencia para los convoyes militares.
​Susana cerró los ojos un instante, memorizando las páginas manuscritas que había estudiado antes de que la cuarentena aislara el valle.
​—El túnel del ferrocarril minero tiene compuertas de aislamiento neumático a cien metros de la entrada —explicó Susana con rapidez—. Se diseñaron en los años sesenta para contener escapes de gas en las galerías de la cantera. Si logramos cruzar el vestíbulo de la estación, entrar en la boca del túnel y activar esas compuertas manuales desde el búnker de control del andén, dejaremos a la Reina aislada en el sector profundo y al enjambre de la plaza fuera. Estaremos en medio, en una zona muerta, pero seguros.
​—Es una locura de triple dirección —concluyó Lorenzo, levantando de nuevo a Pedro con un movimiento firme y decidido—. Pero es la única que nos queda. Susana, tú llevas la maleta ahora. Vanesa, vigila el flanco izquierdo con el tubo de Pedro. Si algo se mueve en los matorrales, no disparéis, usad el metal. Nos movemos... ¡ya!
​El grupo abandonó la cobertura del vagón de carga y se lanzó a una carrera desesperada por el terreno baldío, con las siluetas recortadas contra el resplandor anaranjado del incendio del ayuntamiento. Cada paso era una apuesta contra el tiempo, mientras el zumbido de millones de alas en el cielo se transformaba en un rugido ensordecedor que amenazaba con sepultar sus últimas esperanzas de libertad bajo el suelo de San Miguel.
​Fin del Capítulo 11.




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