La Plaga Tétrica.

Capítulo 12: Las compuertas de la zona muerta.

​El aire exterior se había vuelto irrespirable. La lluvia de ceniza grisácea, cargada con las partículas del ayuntamiento calcinado, golpeaba los trajes NBQ de los cuatro supervivientes mientras cruzaban los últimos metros del terreno baldío. La masa negra que flotaba en el cielo del pueblo ya no era una nube distante; era una techumbre viva de caparazones de obsidiana que bloqueaba la escasa luz de la medianoche, tiñendo el entorno de un matiz violeta enfermizo y eléctrico. El sonido era un castigo constante, un zumbido grave que hacía vibrar el diafragma de los trajes y alteraba el compás de los respiradores. Lorenzo golpeó la puerta lateral de los talleres de la estación con el hombro, arrastrando a Pedro hacia el interior del edificio de piedra. Susana y Vanesa entraron inmediatamente detrás, atrancando el acceso con una viga de madera que descansaba junto al marco.
​El vestíbulo secundario de la estación vieja era un espacio de techos altos, vigas de hierro roblonado y paredes cubiertas de azulejos blancos desconchados por la humedad del norte. Al fondo de la nave, la vía principal se internaba directamente en la montaña a través de la boca del túnel, un arco de piedra monumental que parecía la entrada a un mausoleo.
​—Linternas abajo —ordenó Lorenzo en un susurro ahogado por el modulador—. No apuntéis al centro de la vía. Si el Teniente Jiménez tenía razón y la Reina ha colonizado los subniveles de los andenes, cualquier haz de luz directa hacia el foso despertará los sensores biológicos del nido.
​Susana, que mantenía la maleta de aluminio pegada a su costado con ambas manos, avanzó pegando la espalda a las taquillas de fundición. Sus ojos, fijos tras el visor de policarbonato, escudriñaban el suelo de hormigón. Una sustancia viscosa, similar a una brea traslúcida y tibia, cubría los rieles y subía por las columnas de soporte. No era la pasta negra de las obreras de la plaza; esta segregación tenía un matiz ambarino y desprendía un hedor químico que traspasaba los filtros de carbono de las máscaras, obligando a Vanesa a contener una arcada.
​—Es el fluido de incubación —murmuró Susana, deteniéndose junto al primer vagón de pasajeros abandonado en el andén—. La Reina está cerca, Lorenzo. Muy cerca. Este rastro tiene menos de una hora de vida.
​—Miren ahí... junto a la palanca de cambios —intervino Pedro, señalando con el extremo del tubo de hierro hacia la base de la cabina de señales del andén.

​A escasos cinco metros de la boca del túnel, un bulto informe yacía medio sepultado por una maraña de filamentos orgánicos de color ámbar. Las linternas de mano, atenuadas al mínimo, iluminaron los restos de un traje NBQ idéntico al de ellos, pero la lona reforzada estaba desgarrada de arriba abajo por cortes limpios y precisos. A través del plástico destrozado del casco, los ojos del alcalde Agustín Santos miraban fijamente al techo, congelados en un rictus de terror absoluto. Su terminal de muñeca seguía parpadeando en tono rojo, emitiendo un pitido electrónico intermitente que indicaba el fallo del sistema biológico.
​—Intentó cruzar el andén solo... —dijo Vanesa, cubriéndose el visor con una mano enguantada—. La vanguardia de la Reina lo atrapó antes de que pudiera alcanzar las escaleras de mantenimiento.
​—Le costó el pellejo su última traición —sentenció Lorenzo, sin un ápice de lástima en la voz mientras ajustaba el agarre sobre los hombros de Pedro—. Olvidaos de él. Susana, la cabina de control neumático está justo encima de ese muelle. Si las compuertas de los años sesenta siguen teniendo presión en los calderines independientes, esa es nuestra única línea de defensa.
​El grupo avanzó a paso rápido pero amortiguado, rodeando el cadáver de Santos para evitar pisar la red de filamentos que se extendía como una telaraña desde el foso de la vía. Cada segundo que pasaba, el rugido exterior de la plaza Mayor se intensificaba; los primeros enjambres periféricos ya estaban golpeando los ventanales altos de la fachada principal de la estación, provocando que los cristales vibraran con un repiqueteo seco y amenazante.
​El búnker de presión.
​Subieron los tres peldaños de hierro de la cabina de señales. El interior de la estancia era un reducto de arqueología industrial: paneles de baquelita negra, esferas de presión con agujas oxidadas y una gran palanca de fundición pintada de rojo que controlaba las válvulas de cierre del túnel.
​Susana dejó la maleta de aluminio sobre la mesa de mapas y limpió el polvo acumulado en el manómetro principal con el guante.
—Los calderines de nitrógeno auxiliar mantienen una presión de cuarenta bares —anunció Susana, con un hilo de esperanza en la voz—. El sistema es puramente mecánico, Lorenzo. No necesita la electricidad del pueblo para funcionar. Si tiramos de la palanca, los contrapesos de plomo soltarán las dos hojas de acero de la compuerta de la cantera a cien metros dentro del túnel.
​—¿Y qué pasa con la Reina? —preguntó Pedro, dejándose caer contra el panel de baquelita, con la pierna herida extendida sobre el suelo—. Si cerramos las compuertas, quedaremos atrapados en el tramo intermedio de la vía. Estaremos en la zona muerta, aislados del enjambre exterior, pero a merced de lo que haya en los subniveles si las galerías comunican por detrás.
​—Es un riesgo que tenemos que correr —respondió Lorenzo, situándose junto a la gran palanca roja—. Prefiero enfrentarme a una sola criatura en la oscuridad del túnel que ser disuelto por millones de ellas en el andén abierto. ¡Susana, Vanesa, ayudadme con esto! La fundición está agarrotada por las décadas de abandono.
​Los tres supervivientes unieron sus fuerzas, aferrando la barra de hierro con ambas manos. El metal crujió, oponiendo una resistencia brutal mientras los engranajes interiores rascaban el óxido acumulado.
​Fuera de la cabina, el desastre se desató. Las grandes cristaleras de la fachada principal de la estación cedieron finalmente bajo el peso acumulado de la Colonia Beta. Una avalancha de insectos adultos, con las alas extendidas y los abdómenes encendidos en un brillo violeta de ataque masivo, inundó el vestíbulo como una marea de alquitrán. Las criaturas cubrieron el suelo, las paredes y el cadáver de Santos en cuestión de segundos, orientándose por el rastro térmico de los trajes del grupo.
​—¡Está bajando! ¡Tirad con todas vuestras fuerzas! —bramó Lorenzo, sus músculos tensos al límite bajo la lona del traje NBQ.
​Con un chasquido metálico ensordecedor que resonó en toda la estructura de la estación, la palanca roja cedió, completando su recorrido hasta el tope del panel.
​Cien metros más adelante, en las entrañas del túnel de piedra, el mecanismo de escape se liberó. Dos inmensas planchas de acero reforzado de cinco toneladas cada una, diseñadas para resistir explosiones en las galerías mineras, cayeron desde las ranuras del techo abovedado. El impacto contra los rieles de la vía fue un cataclismo sordo que hizo temblar el hormigón bajo las botas del grupo, levantando una densa nube de polvo de sílice que cegó los focos de las linternas. Las compuertas de la zona muerta se habían cerrado, sellando su destino y separándolos de la pesadilla de la superficie, justo cuando el enjambre de la plaza Mayor comenzaba a arañar las paredes exteriores de la cabina de señales.
​Fin del Capítulo 12.




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