La oscuridad que reinaba en el tramo intermedio del túnel era de una densidad casi física, un vacío absoluto que devoraba la escasa potencia de las linternas frontales de los trajes NBQ. El polvo de sílice y el óxido desprendidos por el brutal impacto de las compuertas de cinco toneladas flotaban en el aire, formando una suspensión blanquecina que transformaba los haces de luz en conos lechosos y difusos. El ruido de la superficie, el estremecedor batir de millones de alas de la Colonia Beta que hacía solo unos instantes amenazaba con sepultarlos en el andén, se había reducido a un murmullo sordo, un eco lejano y amortiguado por los muros de piedra caliza y las planchas de acero reforzado.
El grupo permanecía inmóvil junto a la primera traviesa de madera de la vía interior. Los respiradores mecánicos continuaban con su monótono y agónico compás.. Pedro se sentó directamente sobre el riel de hierro fundido, abrazando su rodilla izquierda. El esfuerzo de la carrera por el terreno baldío había terminado de agotar las pocas reservas de energía que le quedaban; el tobillo le palpitaba con una cadencia febril y el sudor acumulado en el interior de su máscara le escocía en las comisuras de los ojos.
—Estamos atrapados... —la voz de Vanesa sonó a través del modulador, cargada de un cansancio que rozaba el colapso psicológico—. No hay salida por detrás, y la fachada de la estación está cubierta por la colmena. Si las compuertas neumáticas fallan o pierden la presión del nitrógeno, el enjambre entrará como un émbolo en este tubo.
—No van a fallar —respondió Lorenzo, dejando caer la maleta de aluminio sobre el balasto, el lecho de piedras que sujetaba las traviesas—. El mecanismo es de gravedad y cierre por contrapeso de plomo. Una vez que los pernos bajan y encajan en las ranuras del suelo, se necesitan herramientas de corte industrial de la cantera para mover esas hojas un solo milímetro. Estamos seguros frente al enjambre de la plaza. Al menos, por ahora.
Susana se arrodilló junto a él, entrelazando sus dedos enguantados sobre la superficie metálica de la maleta que contenía las últimas dosis del suero neurovascular. Su visor de policarbonato reflejó la débil luz de la linterna de Lorenzo.
—El problema no es lo que dejamos atrás, Lorenzo —advirtió Susana, bajando el tono de voz para que Pedro no se alarmara más—. Es el aire. Mira el medidor de partículas del traje. La concentración de bioesporas en este tramo intermedio está subiendo. No procede del exterior; las juntas de goma de la compuerta están selladas. Las esporas están filtrándose desde los conductos de drenaje del suelo de la vía.
Lorenzo dirigió el foco de su linterna hacia el canal de purga que corría paralelo a los rieles. Una sustancia ambarina, espesa y con un sutil brillo bioluminiscente de tono violeta, burbujeaba perezosamente entre las grietas del hormigón viejo. El hedor químico, similar al azufre mezclado con alcohol industrial que habían detectado en los sótanos de la destilería, era aquí mucho más concentrado. Las galerías técnicas de la estación conectaban directamente con el subsuelo de este túnel. La Reina de la Colonia Beta no estaba confinada en los andenes superiores; su nido real se extendía por debajo de la montaña como una red de arterias malditas.
Los golpes en el acero.
De repente, un impacto violento hizo temblar la estructura de la compuerta de acero que dejaban a sus espaldas. Un sonido metálico, agudo y seco, resonó en todo el conducto abovedado, como si un mazo de fundición hubiera golpeado la plancha de cinco toneladas. Parte 2: La bifurcación y el avance a oscuras.
El crujido del acero de la compuerta trasera continuó reverberando por las paredes de la bóveda, un lamento metálico que indicaba que la barrera neumática no resistiría un cuarto impacto. Lorenzo, con los músculos de los hombros entumecidos por el peso muerto de Pedro, aceleró el paso sobre el balasto inestable. Las piedras sueltas tintineaban bajo sus botas de lona, y cada pisada en falso arrancaba un gruñido sordo tras el visor de su compañero.
—¡Susana, busca esa galería número cuatro! —bramó Lorenzo, sintiendo cómo el indicador de su botella de oxígeno parpadeaba ahora en un rojo amenazante—. Si el teniente dice que el final del túnel está tapiado con hormigón, estamos metiéndonos en un callejón sin salida. ¡Tiene que estar por aquí!
Susana adelantó al grupo, arrastrando la maleta de aluminio. Su linterna frontal comenzó a barrer la pared derecha del túnel, donde las hiladas de ladrillo viejo daban paso a refuerzos de hormigón bruto y vigas de hierro estructural. El polvo en suspensión distorsionaba el haz de luz, pero tras unos segundos de agónica búsqueda, el reflejo de una placa de latón oxidada llamó su atención.
—¡Aquí! ¡Kilómetro 1.2, galería de ventilación secundaria! —chilló Susana, apartando con el guante una cortina de raíces secas que colgaba del techo.
El acceso no era más que un pasadizo estrecho y escarpado, una hendidura excavada directamente en la roca viva que ascendía en una pendiente de casi cuarenta y cinco grados hacia las capas superiores de la colina. A diferencia del túnel principal, el suelo de esta galería lateral estaba seco, exento del fluido ambarino de la Reina, lo que confirmaba que la plaga aún no había colonizado esta vía de escape técnica.
—Vanesa, ayuda a Pedro a subir el primer tramo —ordenó Lorenzo, dejando caer al muchacho con cuidado sobre el umbral de piedra—. Yo me quedo abajo para asegurar el cierre de la reja de acceso.
Antes de que Vanesa pudiera replicar, un estruendo definitivo sacudió el túnel a sus espaldas. A unos doscientos metros, en la penumbra de la vía muerta, la hoja izquierda de la compuerta de cinco toneladas voló hacia el frente, arrancada de sus pernos de anclaje por una fuerza de impacto descomunal. Las planchas de acero golpearon los rieles con un sonido de campana rota que ensordeció los intercomunicadores.
De entre la densa nube de óxido y polvo de sílice que se desató, emergió una silueta masiva. No era una obrera, ni tampoco uno de los soldados que habían visto en la destilería. Era una abominación de la Colonia Beta que superaba los tres metros de longitud; su caparazón no era liso, sino una coraza rugosa, calcificada y cubierta de excreciones óseas que protegían un tórax hipertrofiado. La criatura carecía de alas funcionales, habiendo evolucionado para el combate y la excavación subterránea en los entornos confinados del subsuelo.
La bestia alzó sus pinzas delanteras, rompiendo una de las tuberías de fundición del techo con un movimiento seco, y fijó sus ocelos ciegos pero termosensibles en la dirección del grupo. El aire de la zona muerta se llenó de un chasquido rítmico y estridente, el tamborileo de sus mandíbulas quitinosas anunciando una carga inminente sobre los rieles.
—¡Subid, subid ya! —rugió Lorenzo, desenfundando la llave de perro de su cinturón de herramientas y golpeando el cerrojo de la reja de la galería para encajarlo en el marco de piedra justo cuando la mole de quitina comenzaba a correr hacia ellos, haciendo saltar las piedras del balasto a cada zancada.
Fin del Capítulo 13.