El ascenso por la galería de ventilación número cuatro era una tortura vertical que desafiaba la resistencia de la lona reforzada de los trajes NBQ. La hendidura, excavada a golpe de dinamita y pico en la roca viva de la colina durante la actividad minera de mediados de siglo, apenas tenía la anchura suficiente para que un hombre adulto pasara de hombros. El suelo, una rampa escarpada de piedra caliza desmenuzada y raíces secas que se colaban por las grietas superiores, cedía bajo las botas de los supervivientes, obligándolos a clavar las rodillas y los guantes en las aristas cortantes de las paredes.
En los auriculares, el compás de la supervivencia se mantenía en un tono agudo y constante, acelerado por el esfuerzo cardiovascular. No miréis abajo... —jadeó Lorenzo, empujando con la coronilla de su casco la base de las botas de Pedro para servirle de apoyo humano—. Vanesa, mantén el tubo de hierro cruzado en la retaguardia. Si esa mole de quitina consigue meter la cabeza por el arco de la reja, la vibración estructural podría hacer colapsar el techo de este pasadizo.
Un rugido sordo, sibilante y cargado de odio biológico vibró desde la base de la chimenea. La abominación calcificada de la Colonia Beta había alcanzado la entrada de la galería. Al no poder introducir su tórax de tres metros por el angosto acceso de piedra, la criatura comenzó a golpear las vigas de soporte de la reja de latón con sus pinzas hipertrofiadas. El sonido de los impactos (¡CLANG!... ¡CLANG!...) ascendía por el tubo de ventilación como si fuera el interior de una campana, desprendiendo una fina lluvia de polvo calcáreo y arena que cegaba los visores de policarbonato.
Susana iba en vanguardia, arrastrando la maleta de aluminio con una correa de lona sujeta a su cintura. El indicador digital de la caja parpadeaba de manera intermitente, emitiendo un zumbido agudo que delataba que la batería del refrigerador interno estaba al límite.
—El suero está perdiendo temperatura —advirtió Susana, deteniéndose unos segundos en un pequeño rellano de piedra donde la galería se ensanchaba sutilmente—. Si los viales bajan de los cuatro grados centígrados, la base lipídica del compuesto neurovascular se cristalizará y el antídoto quedará completamente inutilizado. Tenemos que salir a la superficie limpia ya.
—La pendiente se está suavizando aquí arriba —anunció Pedro, cuyos dedos enguantados estaban cubiertos de una mezcla de sudor y polvo gris—. Veo... veo una estructura de ladrillo unos diez metros más adelante. Parece el búnker de salida de los viejos ventiladores de extracción.
El puesto de control olvidado.
El grupo reptó fuera de la chimenea de roca, cayendo sobre el suelo de hormigón de una pequeña caseta circular de ladrillo visto. La estancia, diseñada para albergar los antiguos motores eléctricos de la ventilación minera, estaba sumida en una penumbra ocre. Las aspas de hierro de un descomunal extractor de tres metros de diámetro permanecían congeladas por el óxido, recortándose contra la luz tenue y mortecina del exterior que se filtraba por las rendijas de las lamas de ventilación.
Sin embargo, lo que llamó la atención de Lorenzo no fue la maquinaria muerta, sino lo que yacía en el centro de la habitación.
Tres camastros de campaña del ejército de tierra permanecían alineados junto a la pared este. Sobre ellos, y esparcidos por el suelo de hormigón, reposaban los restos de un equipo de contención biológica avanzado. Cajas de munición de calibre 7.62 vacías, máscaras de gas con los visores reventados y dos fusiles de asalto HK con los cierres partidos daban testimonio de una última y desesperada defensa que no había quedado registrada en los informes oficiales del alcalde Santos.
Susana se acercó a uno de los cuerpos, cuya silueta estaba momificada bajo una fina costra de resina grisácea, el sello característico de las bioesporas cuando saturan un organismo vivo. Junto a la mano enguantada del soldado, una radio portátil militar de alta frecuencia seguía encendida, emitiendo un siseo constante de estática.
—Eran el equipo de avanzada del Sector Norte —musitó Susana, bajando el foco de su linterna hacia los galones del uniforme descompuesto—. Intentaron sellar la chimenea desde dentro cuando la plaga mutó en la cantera. Mira las lecturas de su cuaderno de bitácora, Lorenzo.
Lorenzo se agachó, recogiendo un portafolios de plástico impermeable que yacía junto a la radio. Al abrirlo, una serie de mapas topográficos del valle revelaron una verdad aún más alarmante que las palabras del Teniente Jiménez: el perímetro de San Miguel de las Piedras no estaba simplemente en cuarentena; el alto mando militar había clasificado el valle como "Zona de Erradicación Térmica Grado 4".
Si el suero neurovascular no cruzaba la línea de contención de la colina norte antes de las 06:00 de la madrugada, los bombarderos estratégicos de la base aérea periférica liberarían una carga de fósforo blanco sobre todo el municipio para esterilizar la plaga de raíz, borrando del mapa cualquier rastro de la Colonia Beta... y a los pocos supervivientes que aún respiraban tras las máscaras.
Fin de la Parte 1 del Capítulo 14. Parte 2: La cuenta atrás del fósforo.
Lorenzo observó las cifras del portafolios impermeable bajo el haz titilante de su linterna frontal. El segundero de su propio reloj de muñeca avanzaba sin piedad. Eran las 05:14 de la madrugada. Eso les dejaba exactamente cuarenta y seis minutos antes de que los cazas del ejército aparecieran sobre el horizonte de la colina norte para saturar el valle con fuego químico.
—No hay tiempo para intentar un enlace de radio —sentenció Lorenzo, soltando el portafolios y ajustando las correas de lona que sujetaban el traje NBQ a su cintura—. Estas radios militares utilizan frecuencias encriptadas con saltos de onda. Si tocamos los diales equivocados, el centro de mando exterior asumirá que la posición ha sido tomada por la plaga y podrían adelantar el ataque. Nuestra única opción es cruzar el bosque a pie y mostrar los trajes NBQ en los puestos de control de la carretera nacional.
—¡Lorenzo, el suelo! —gritó Vanesa, dando un salto hacia atrás mientras se apoyaba en el chasis de los viejos motores de ventilación.
El hormigón de la caseta circular comenzó a resquebrajarse en el centro geométrico de la estancia. Una red de grietas profundas se expandió radialmente, desprendiendo trozos de forjado hacia la negrura de la chimenea inferior. La abominación calcificada de la Colonia Beta no había desistido; incapaz de subir por el pasadizo, estaba usando su inmensa masa física para embestir los pilares de carga de la roca desde el subsuelo, demoliendo la estructura de soporte de la caseta.
¡CRAC... CRAC... CRAC...!!
Un hedor azufrado y calidísimo ascendió por las grietas, acompañado por un zumbido agudo. Las primeras obreras de vanguardia, trepando por el lomo de la gran bestia, comenzaron a asomar sus antenas de obsidiana a través de las roturas del suelo.
—¡Susana, coge la maleta! ¡Pedro, arriba! —bramó Lorenzo, pasando el brazo de su amigo sobre su cuello con una violencia nacida de la pura necesidad de supervivencia.
Vanesa utilizó el tubo de hierro galvanizado de Pedro para golpear con saña las lamas de hierro oxidado de la ventana de salida. El metal corroído cedió con un crujido seco, abriendo un hueco rectangular hacia la ladera exterior de la montaña. Uno a uno, los supervivientes saltaron a través de la abertura, cayendo sobre el colchón de hojas secas y tierra húmeda del bosque de pinos que coronaba la colina norte.
Detrás de ellos, el suelo de la caseta de ladrillo se colapsó por completo en un estruendo de hormigón roto y polvo. La estructura se hundió hacia el pozo minero, sepultando a las criaturas en una masa de escombros, pero bloqueando definitivamente cualquier posibilidad de regresar al subsuelo.
El grupo se encontraba por fin fuera del entorno asfixiante de la fábrica y los túneles, pero el escenario exterior no era más alentador. El bosque de San Miguel estaba sumido en una penumbra ocre y fantasmal; la inmensa nube negra del enjambre principal, que había ascendido desde las ruinas del ayuntamiento, flotaba como un techo de brea sobre las copas de los pinos. Una lluvia fina de ceniza gris caía continuamente, tiñendo el suelo de un tono espectral. A lo lejos, tras la densa masa de árboles, los focos de alta potencia del campamento militar de la carretera nacional recortaban sus líneas de luz blanca en el cielo, una salvación que parecía tan cercana y, a la vez, tan inalcanzable.
Fin del Capítulo 14.