La Plaga Tétrica.

Capítulo 15: El santuario de las agujas grises.

​El aire del bosque de pinos de la colina norte se sentía diferente al de los túneles, pero no era en absoluto aire limpio. La atmósfera estaba cargada de una neblina ocre que flotaba a ras de suelo, mezclada con la ceniza fina que continuaba cayendo desde el eclipse de alas de obsidiana que cubría el cielo del valle. Cada pino centenario parecía un espectro petrificado en la penumbra; las agujas de las ramas, habitualmente de un verde intenso, se mostraban cubiertas por una costra grisácea de bioesporas que crujía sutilmente con el paso del viento.
​El grupo avanzaba en una línea irregular, abriéndose paso entre la maleza seca. El compás de los respiradores mecánicos era lo único que rompía el silencio de la montaña. Lorenzo mantenía su hombro izquierdo bajo la axila de Pedro, cuyos pasos eran ya meros arrastres mecánicos sobre la hojarasca. La lona del traje NBQ de Pedro estaba tan desgastada en las articulaciones que el plástico empezaba a blanquearse por la tensión. A su lado, Susana lideraba la marcha, sosteniendo la maleta de aluminio con ambas manos contra su pecho, protegiendo los viales del suero neurovascular como si fueran el último tesoro de la Tierra.
​—Faltan treinta y ocho minutos —anunció Susana, consultando el cronómetro digital que parpadeaba en el lateral de la caja—. Lorenzo, el indicador térmico de los viales ha bajado otro grado. Si no los conectamos a una toma de corriente auxiliar o les inyectamos calor estabilizado en los próximos quince minutos, el compuesto se disociará. Todo este viaje habrá sido en vano.
​—La carretera nacional está al pasar este desfiladero —respondió Lorenzo, deteniéndose un instante para recuperar el aliento.
​Su propia botella de oxígeno emitió un silbido agudo, una vibración sorda que indicaba que el flujo estaba entrando en la reserva terminal. El sudor le empapaba las pestañas, pero sus ojos permanecían fijos en los haces de luz blanca que cruzaban el cielo a un kilómetro de distancia: los proyectores de los puestos de control del ejército.
​De repente, Vanesa, que cubría la retaguardia manteniendo el tubo de hierro alzado, alzó la mano libre y se pegó al tronco de un pino de gran grosor.
​—¡Alto! —susurró a través del modulador—. Apagad las luces de posición. Hay algo en el claro de los helechos.
​La patrulla fantasma.
​Lorenzo y Susana apagaron los diodos de sus cascos, sumiendo al grupo en la penumbra grisácea del bosque. Al enfocar la vista hacia el pequeño claro que se abría entre los pinos, a unos veinte metros de su posición, distinguieron las siluetas de un campamento improvisado.
​Un vehículo blindado ligero "Aníbal" de las fuerzas de contención militar permanecía varado en mitad de la pista forestal. Las puertas laterales estaban abiertas de par en par y los faros delanteros, rotos, apuntaban hacia el suelo cubierto de helechos calcinados. Alrededor del vehículo, tres figuras humanas con trajes NBQ pesados de dotación militar permanecían sentadas en el suelo, con las espaldas apoyadas contra las ruedas del eje trasero.
​—¿Soldados? —preguntó Pedro en un hilo de voz—. ¿Nos han visto?
​—No se mueven, Pedro —observó Lorenzo, dando un paso al frente con cautela, sin soltar el agarre de su amigo.
​El grupo se acercó al blindado a paso lento, con el calzado hundiéndose en la alfombra de agujas grises. Al llegar a la altura de las figuras, Susana ahogó un gemido tras su máscara. Los tres militares estaban muertos, pero sus cuerpos no presentaban impactos de bala ni desgarros por pinzas quitinosas. Al igual que los operarios de la caseta de ventilación, estaban completamente cubiertos por una gruesa capa de resina ambarina que se había solidificado sobre sus trajes, transformándolos en estatuas de cera orgánica. Las bioesporas los habían asfixiado al saturar los filtros de sus equipos tácticos desde el exterior.
​—Intentaron montar un puesto de escucha avanzado —dijo Susana, agachándose para examinar el interior del blindado—. Mira la consola central, Lorenzo. La radio del vehículo sigue recibiendo corriente de las baterías auxiliares.
​En el panel de mandos del blindado, una pantalla de fósforo verde parpadeaba con una serie de coordenadas y códigos militares. Junto al asiento del conductor, una toma de corriente continua de doce voltios permanecía intacta, conectada directamente al alternador blindado del motor diésel.
​—La toma de corriente... —los ojos de Lorenzo se iluminaron tras el policarbonato—. Susana, el cable de la maleta. Si el transformador de la caja de aluminio acepta la tensión del blindado, podemos reanimar el refrigerador del suero aquí mismo.
​—Sí, pero el alternador está apagado —advirtió Vanesa, señalando las llaves que colgaban del contacto—. Si arrancamos el motor del vehículo, el ruido del escape diésel resonará en toda la ladera de la colina. El enjambre principal que flota sobre los pinos nos localizará en cuestión de segundos.
​Lorenzo miró hacia el cielo del bosque, donde la inmensa masa negra de la Colonia Beta continuaba su rítmica ondulación, tapando las estrellas como un manto de brea viva. El segundero de su reloj seguía avanzando hacia las 06:00 de la madrugada. Se encontraban ante una elección a vida o muerte: arriesgarse a perder el antídoto por hipotermia térmica en la oscuridad del bosque, o encender el motor del blindado y llamar la atención de la colmena entera justo antes de iniciar el último tramo hacia la salvación.
​Fin de la Parte 1 del Capítulo 15. Parte 2: El puente de las baterías.
​Lorenzo soltó con cuidado el brazo de Pedro, permitiendo que su amigo se sentara contra una de las rocas cubiertas de líquen gris de la pista forestal. Luego, se volvió hacia Vanesa con la mirada fija tras el visor.
​—Arrancar ese motor diésel de cuatro cilindros sería firmar nuestra sentencia de muerte —dijo Lorenzo, con la voz firme del mecánico que conoce el comportamiento de cada máquina—. El bloque de hierro del Aníbal multiplicaría el eco contra los troncos de los pinos. El enjambre caería en picado antes de que el alternador diera la primera carga. Tenemos que hacer el puente a las bravas, usando la batería auxiliar en silencio.
​—¿Es posible pasar corriente sin encender el blindado? —preguntó Susana, colocando ya la maleta de aluminio sobre el capó texturizado del vehículo, junto a los restos de ceniza acumulada.
​—Las baterías de los blindados militares van por duplicado: una para el arranque y otra para los sistemas de radio y visión nocturna —explicó Lorenzo, metiendo la mano en su cinturón de herramientas y extrayendo un alicate de corte y un rollo de cable de cobre aislado que había rescatado del taller de la gasolinera en el Capítulo 3—. Si abro el compartimento lateral del chasis, puedo puentear la línea de accesorios directamente al transformador de tu maleta. No tendremos la estabilidad del motor en marcha, pero nos dará la energía directa para estabilizar los viales durante el tramo final.
​Con movimientos rápidos y precisos, Lorenzo se deslizó bajo el lateral del blindado Aníbal. Sus guantes enguantados de lona NBQ dificultaban el tacto, pero su memoria muscular suplía la falta de sensibilidad. Con tres giros secos de la llave de perro, soltó la contrachapa de hierro que protegía los acumuladores de plomo-ácido. Un sutil chispazo azul iluminó la penumbra del chasis, reflejándose en las esporas que flotaban a ras de suelo.
​—Susana, pásame el conector de bornes de la maleta. ¡Ya! —pidió Lorenzo desde abajo.
​Susana extrajo el cable trenzado del doble fondo de la caja de aluminio y lo deslizó por el hueco del motor. Arriba, en el cielo del bosque, el manto negro de la Colonia Beta pareció agitarse. El sutil chispazo eléctrico, o quizás el cambio de campo magnético por la manipulación de las baterías, atrajo la atención de la vanguardia. Dos obreras de tamaño descomunal se desprendieron de las ramas altas de un pino, cayendo sobre la lona del techo del blindado con un golpe seco: ¡Plaf... Plaf...!
¡Están aquí arriba! —advirtió Vanesa, levantando el tubo de hierro galvanizado y fijando sus botas en la hojarasca gris—. Lorenzo, daos prisa. Las antenas de esas cosas están buscando las juntas de las ventanas del coche.
​—¡Un segundo más! —rugió Lorenzo desde el suelo, uniendo el polo positivo con un giro de alicates.
​En el capó, la pantalla digital de la maleta de aluminio se encendió de golpe con un pitido agudo. El indicador de temperatura, que había rozado la zona crítica de los tres grados centígrados, se estabilizó de inmediato, activando los microcompresores internos con un ronroneo eléctrico casi inaudible. El suero neurovascular volvía a estar a salvo, con la carga térmica estabilizada a cuatro grados exactos.
​Lorenzo salió de debajo del chasis de un tirón, justo cuando una de las obreras Beta se deslizaba por el parabrisas roto del blindado, estirando sus mandíbulas quitinosas hacia la maleta. Sin pensarlo, Lorenzo descargó la pesada llave de perro de fundición directamente sobre el nexo del cuello del insecto. El impacto rompió el caparazón de obsidiana con un crujido seco, liberando una ráfaga de fluido purpúreo que siseó al tocar el metal del capó.
​—¡Coge la maleta, Susana! ¡Pedro, arriba! —bramó Lorenzo, volviendo a cargar con el peso de su amigo mientras el zumbido en las alturas se transformaba en un rugido unísono—. ¡Corred hacia el desfiladero! ¡El tiempo del mapa militar se agota!
​El grupo se lanzó a la carrera final por la pista forestal, abandonando el campamento de la patrulla fantasma. Detrás de ellos, los pinos comenzaron a agitarse con violencia a medida que miles de ejemplares de la Colonia Beta descendían en picado entre las ramas, cazando las firmas térmicas de sus trajes NBQ. El reloj marcaba las 05:27 de la madrugada; les quedaban exactamente treinta y tres minutos antes de que el cielo de San Miguel de las Piedras se tiñera con el fuego químico del fósforo blanco.
​Fin del Capítulo 15.




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