El avance a través del último tramo del bosque de pinos se había convertido en una carrera contra la asfixia y el cielo. Los insectos de vanguardia descendían entre las copas de los árboles como flechas de obsidiana, golpeando los troncos y la hojarasca con chasquidos secos y violentos. El aire, saturado por el polvo grisáceo y las microesporas ácidas que las criaturas desprendían en su frenesí, obligaba a los filtros de los trajes NBQ a trabajar al límite de sus capacidades mecánicas. En los auriculares, el compás de la respiración era ya un silbido ronco y desesperado: !!Fshhh... Tsuk... Fshhh... Tsuk...!!
Lorenzo sentía los músculos de la espalda completamente agarrotados. El peso de Pedro, sumado a la rigidez de la lona reforzada del traje, hacía que cada paso sobre la pendiente escarpada fuera una victoria de la pura fuerza de voluntad. A su lado, Vanesa mantenía el tubo de hierro galvanizado alzado, golpeando con saña cualquier rama o sombra que amenazara con romper su formación.
—¡Ya veo el final de la arboleda! —gritó Susana, que corría un par de metros por delante, asegurando la maleta de aluminio con ambas manos contra su pecho.
El denso bosque de pinos terminó de golpe, abriéndose hacia un terreno rocoso y escarpado: el Desfiladero de las Piedras. Este tajo natural en la montaña, de más de treinta metros de profundidad, era la última barrera geográfica que separaba la colina infectada de la carretera nacional. Al otro lado del abismo, a escasamente doscientos metros en línea recta, los potentes focos halógenos del campamento militar del ejército de tierra barrían la calima ocre, recortando las siluetas de los nidos de ametralladoras y los camiones de transporte blindados. La salvación estaba allí, al alcance de la mano.
Sin embargo, al llegar al borde del precipicio, Susana se detuvo en seco, y su respiración se congeló tras el visor.
El antiguo puente de hormigón y vigas de hierro que unía los dos lados del desfiladero ya no existía. Las fuerzas de contención militar, en un esfuerzo desesperado por asegurar la cuarentena absoluta del "Grado 4" antes de la llegada de los bombarderos, habían dinamitado la estructura central. Los bloques de cemento yacían destrozados en el fondo del foso, y solo quedaban los cables de acero de sujeción lateral, colgando sobre el vacío como hilos de una telaraña rota.
—¡Lo han volado! —chilló Vanesa, dejando caer el extremo del tubo de hierro contra una roca—. ¡Esos malditos nos han dejado atrapados aquí fuera!
—Faltan veinticuatro minutos para las seis —dijo Pedro, dejándose caer sobre las rodillas, con el rostro pálido y empapado en sudor tras el policarbonato—. Aunque intentáramos bajar al fondo del desfiladero a gatas, la marea de las alturas nos alcanzará antes de llegar a la mitad. Es el fin.
—¡No es el fin, Pedro! —bramó Lorenzo, obligándolo a incorporarse mientras su propia botella de oxígeno emitía el pitido intermitente de la reserva terminal—. Susana, mira los cables de acero que quedan en el margen derecho. Las guías de alta tensión de la antigua cantera siguen cruzando el abismo. Tienen las poleas de mantenimiento de hierro colgadas en el soporte de la roca.
El cruce sobre el abismo.
Lorenzo arrastró al grupo hacia la caseta de anclaje de los cables de la cantera, una pequeña estructura de hormigón que había resistido la voladura del puente. De la guía principal de acero, un cable grueso del tamaño de una muñeca humana, colgaba una vieja barquilla metálica de transporte de mineral, apenas una plataforma de rejilla de un metro cuadrado sujeta por dos poleas de fundición.
El zumbido en el cielo se intensificó hasta volverse ensordecedor. El enjambre principal de la Colonia Beta, alertado por el rastro térmico concentrado del grupo en el terreno abierto, comenzó a arremolinarse sobre el desfiladero, formando un embudo negro que descendía directamente hacia la caseta de anclaje. Las alas de obsidiana batían con tal fuerza que generaban una corriente de aire frío que esparcía la ceniza en círculos.
—Susana, tú y Vanesa subid primero con la maleta —ordenó Lorenzo, aferrando la palanca de freno manual de la polea, que estaba oxidada por las décadas a la intemperie—. Yo empujaré la barquilla desde el muelle de carga para daros el impulso inicial. El cable tiene inclinación hacia el otro lado; una vez que paséis la mitad del desfiladero, la gravedad os llevará directas al puesto avanzado del ejército.
—¡No te vas a quedar aquí con Pedro solo, Lorenzo! —replicó Susana, clavando sus botas en la plataforma mientras aseguraba la maleta—. El cable no aguantará un segundo viaje si el enjambre se posa sobre la línea.
—¡Es física pura, Susana! —gritó Lorenzo, con los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo físico tras el visor—. La barquilla solo soporta el peso de dos trajes NBQ a la vez con esta tensión de cable. Si subimos los cuatro, la guía cederá y caeremos todos al fondo. ¡Llevaos ese suero! ¡Mostradlo a los focos del ejército para que detengan el bombardeo de fósforo!
Vanesa tiró del brazo de Susana, obligándola a agacharse en el centro de la rejilla metálica. Con un movimiento seco de su llave de perro, Lorenzo golpeó la zapata del freno de la polea. El hierro rascó el óxido con un siseo agudo, y la barquilla se deslizó hacia el vacío del desfiladero, ganando velocidad a medida que se internaba en la niebla ocre que flotaba sobre el abismo.
Abajo, en la plataforma de roca, Lorenzo se volvió hacia Pedro, desenfundando su llave de herramientas y ayudando a su amigo a levantarse una última vez. Sobre sus cabezas, las primeras obreras venenosas del enjambre rompieron la línea de los árboles, con los abdómenes encendidos en un violeta incandescente y las mandíbulas abiertas, listas para cobrar su última pieza en el límite de San Miguel de las Piedras. El reloj marcaba las 05:41 de la madrugada. El clímax final de nuestra decimoséptima novela estaba ardiendo en mitad de la noche.
Fin del Capítulo 16.