La Plaga Tétrica.

Capítulo 17: El eco de los cañones en la niebla.

​El vacío del Desfiladero de las Piedras engulló la barquilla metálica en la que Susana y Vanesa se deslizaban hacia el sector norte. El cable de acero trenzado vibraba bajo el peso suspendido, emitiendo un siseo agudo, casi musical, que cortaba la densa calima ocre. A través de la rejilla del suelo de la plataforma, el abismo de treinta metros parecía un pozo de sombras del que ascendían ráfagas de aire cargadas con el hedor dulzón y azufrado de la plaga.
​Vanesa se aferraba con ambas manos a los tirantes de hierro de la barquilla, con los nudillos blanqueados por la presión tras los guantes del traje NBQ. Su linterna frontal estaba apagada, pero el resplandor violeta que descendía del cielo era suficiente para iluminar la silueta de Susana, que permanecía encorvada en el centro de la estructura, protegiendo la maleta de aluminio con su propio cuerpo. Fshhh....Tshk...Fshhh...Tshk..
El zumbido de los respiradores mecánicos se mezclaba con el traqueteo de la polea. A mitad del recorrido, justo cuando la barquilla entraba en la zona de máxima combadura del cable, un tirón violento sacudió la plataforma. Las ruedas de fundición saltaron sobre un nudo de óxido de la guía, deteniendo el avance de golpe. La barquilla comenzó a balancearse peligrosamente de izquierda a derecha sobre el vacío, a escasos cien metros de la orilla norte.
​—¡Nos hemos quedado encalladas! —gritó Vanesa, clavando las botas en la rejilla para no perder el equilibrio—. ¡El impulso no ha sido suficiente para remontar la pendiente de la orilla militar!
​Susana levantó la vista hacia el puesto avanzado del ejército. Al otro lado del abismo, los inmensos focos halógenos seguían barriendo la ladera de la colina, pero sus haces de luz blanca pasaban de largo, rozando las copas de los pinos sin llegar a enfocar la barquilla suspendida en mitad de la niebla. Las directrices de la Zona de Erradicación Térmica Grado 4 eran claras: los soldados tenían órdenes de disparar a cualquier silueta en movimiento que cruzara la línea de contención desde el sur.
​—¡Tenemos que llamar su atención sin que nos confundan con el enjambre! —dijo Susana, extendiendo el brazo para buscar el pestillo de la maleta de aluminio. El indicador térmico marcaba ahora 4.1 grados; la batería auxiliar del blindado Aníbal que Lorenzo había puenteado estaba agotando sus últimos voltios de carga estática.
​La última resistencia de la plataforma sur.
​Mientras tanto, en la estación de anclaje de la orilla sur, la situación se había vuelto insostenible. Lorenzo se interpuso entre la pasarela y el cuerpo de Pedro, blandiendo la pesada llave de perro de fundición como un escudo improvisado.
​La vanguardia del enjambre principal ya había caído sobre la caseta de hormigón. Tres obreras de la Colonia Beta, con sus caparazones segmentados reluciendo con un brillo aceitoso, se lanzaron en picado desde la cornisa. El aire se llenó del restallido neumático de sus alas y del goteo del fluido purpúreo que desprendían sus aguijones hipertrofiados, corroyendo los matorrales secos y el marco de madera de la caseta con un siseo inmediato.
​—¡Atrás! —rugió Lorenzo, descargando un golpe ascendente que impactó de lleno en el tórax de la criatura más cercana.
​El caparazón de obsidiana se fracturó con un sonido seco, liberando una ráfaga de toxina que salpicó la lona de su manga izquierda. El plástico reforzado del traje NBQ comenzó a emitir un humo blanquecino y acre a medida que el ácido devoraba la primera capa de protección. El sensor de su muñeca izquierda se encendió en un tono rojo fijo, acompañado por un pitido continuo: ¡BEEP... BEEP... BEEP...! Pedro, apoyado contra la roca viva con el tubo de hierro galvanizado entre las manos, utilizó el metal para golpear las patas articuladas de una segunda obrera que intentaba arrastrarse por el suelo hacia las botas de Lorenzo. El esfuerzo le arrancó un grito de dolor que distorsionó por completo el modulador de su casco:
​—¡Lorenzo... el cable! ¡Están atacando el cable de sujeción!
​En el techo de la caseta, una docena de insectos adultos de la plaga se habían concentrado alrededor del perno de anclaje de la guía de acero. Atraídas por la grasa industrial y el magnetismo de las líneas de alta tensión, las criaturas utilizaban sus mandíbulas de quitina endurecida para roer los hilos del cable trenzado. Las chispas de color azul y violeta saltaban en la penumbra a medida que los filamentos de acero se partían uno a uno con la tensión de un resorte roto. Tshhh...Pang.Pang.! Si el anclaje sur cedía, la guía entera se desplomaría en el fondo del desfiladero, arrastrando a Susana, a Vanesa y al suero neurovascular con ella.
​El fuego de cobertura.
​Justo en ese instante, una detonación ensordecedora rompió el silencio acústico de la montaña desde la orilla norte. Un fogonazo de luz roja cortó la niebla del desfiladero, seguido por el tableteo rítmico y pesado de una ametralladora pesada Browning de calibre .50 montada sobre uno de los camiones blindados del ejército. BUM...BUM..BUM...BUM...BUM...BUM...BUM...BUM...
Los soldados del puesto avanzado habían localizado finalmente el foco de actividad biológica en el desfiladero. Una cortina de proyectiles trazadores cruzó el espacio abierto sobre el abismo, pasando a escasos metros de la barquilla de Susana y Vanesa e impactando directamente contra la masa negra del enjambre que se arremolinaba sobre la caseta sur. Los impactos de alta velocidad destrozaban los caparazones de las criaturas en el aire, liberando una lluvia de fragmentos de quitina y fluido ácido que iluminó la ladera con destellos purpúreos.
​—¡Nos están viendo! —chilló Vanesa, agachando la cabeza mientras el eco de las detonaciones militares hacía vibrar el metal de la barquilla.
​El oficial al mando del puesto de contención militar, tras el parapeto de sacos de arena de la carretera nacional, bajó sus binoculares tácticos y agarró el megáfono de la consola de transmisiones. Su voz, amplificada por los altavoces de alta potencia del campamento, retumbó en las paredes de piedra caliza del desfiladero:
​—¡Atención a las siluetas en la guía minera! Identifíquense de inmediato o procederemos a la neutralización de la plataforma por peligro de vector biológico masivo. Tienen treinta segundos para mostrar confirmación de código de evacuación.
​Susana se incorporó sobre las rodillas en la rejilla tambaleante, levantando la maleta de aluminio con ambos brazos hacia los potentes focos halógenos del ejército. Con los dedos enguantados, presionó el interruptor de emergencia del refrigerador interno, activando la luz de baliza estroboscópica del equipo médico. Un destello azul cobalto, intermitente y codificado con el sello del Ministerio de Sanidad y Defensa Biológica, comenzó a pulsar en mitad de la calima ocre del desfiladero.
​Al ver la señal lumínica del antídoto, el fuego de la ametralladora pesada cesó de golpe. Hubo un segundo de silencio administrativo en las líneas militares, interrumpido únicamente por el lejano rugido del incendio del ayuntamiento en el centro de San Miguel.
​—¡Alto el fuego! ¡Es el equipo de extracción del subsector! —bramó el megáfono desde el norte—. ¡Lanzad los cabrestantes de tracción neumática a la línea del cable! ¡Sacad a esas mujeres de ahí antes de que lleguen los cazas!
​Dos cables de nylon reforzado con ganchos magnéticos salieron disparados desde el parachoques del camión militar, cruzando los últimos metros del abismo para encajar con un impacto seco en la estructura delantera de la barquilla. El motor del cabrestante comenzó a girar, arrastrando la plataforma metálica hacia la orilla norte a una velocidad frenética. Susana y Vanesa estaban a salvo, pero al mirar hacia atrás, hacia la silueta difusa de la caseta sur, la estructura de hormigón estaba colapsando bajo una masa negra de alas que tapaba por completo la posición de Lorenzo y Pedro. El reloj de la muñeca de Lorenzo marcó las 05:49 de la madrugada. Les quedaban exactamente once minutos antes del inicio del bombardeo táctico de fósforo blanco.




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